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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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Y ahora, la fiesta de la víspera de Todos los Santos resultaba inimaginable. Ahora era una noche de terror, en que las gentes, asustadas, tenían que poner dobles cerrojos en las casas, tapar la chimenea y colgar en el dintel dobles signos fetichistas para alejar los malos espíritus.

«Había sido una gran lástima», pensó Blaine. Era algo hermoso y tan divertido para la infancia. Recordaba especialmente aquella noche en que él y Charline Jones habían ido a llamar a la ventana del viejo Chandler y el anciano, gruñendo y simulando una rabia que no sentía, se había asomado con una escopeta en la mano… Salieron disparados con tanta prisa que cayeron de bruces en una pequeña zanja llena de agua de la casa del vecino Lewis.

Y aquí estaba ahora otro tiempo, sombrío, amenazador y lleno de fúnebres presagios, idea que a Blaine no se le podía apartar de la mente…

XXVIII

Se despertó entumecido, temblando de frío y confuso, sin recordar dónde se hallaba. Se fijó en las ramas que tenía encima y le parecieron algo que no había visto nunca antes. Tenía el cuerpo dolorido y se quedó mirando fijamente hacia las ramas de los árboles que tenía sobre él, hasta que al fin se aclaró su mente y supo dónde estaba.

Y por qué.

Nuevamente le asaltó el pensamiento de la fiesta de la víspera de Todos los Santos. Dio un respingo que le hizo darse con la cabeza contra las ramas de los árboles achaparrados que le habían servido de cobijo. Porque había algo más que la víspera de Todos los Santos.

¡Estaba el complot, la maquinación infernal de aquel día!

Se sentó un momento, helado y temblando de frío, mientras la rabia y el temor le rebullían en la sangre. Era algo diabólico y tan simple… era algo propio de una mente como la de Lambert Finn, imaginando una especie de asechanza criminal y sanguinaria como aquella. Era algo que no podía permitirse que ocurriera, ya que, de producirse, una nueva avalancha de hostilidad pública surgiría de nuevo contra los parakinos, y una vez surgida la acción brutal y sin control no habría leyes que lo restringieran. Podría ser el bárbaro comienzo de una matanza sin piedad, que podía costar la vida a miles de parakinos. Tal plan, concebido para la víspera de Todos los Santos, tendría como consecuencia una tormenta de público ultrajado como quizás nunca se había recordado antes, o escasas veces en la historia.

«Y existía una sola oportunidad», pensó Blaine. Tenía que llegar a Hamilton, ya que era la ciudad más próxima en que pudiera encontrar ayuda. Sin duda alguna, las gentes de Hamilton le prestarían toda su colaboración, ya que Hamilton era una población completa de parakinos, que vivía prácticamente del sufrimiento y de la incomprensión de los demás. De ocurrir una cosa así, Hamilton entero moriría y sería borrado del mapa.

Y la víspera de Todos los Santos, según sus cálculos, era dos días más tarde. Pensándolo nuevamente bien, vio que estaba equivocado: era el día siguiente. Si empezaba en aquel momento su acción, tenía delante dos días para tratar de evitarlo.

Salió del escondite en que había pasado la noche y ya el sol apuntaba sobre las colinas del este. En el fresco de la mañana, flotaba un aire puro, aunque frío, y una paz; absoluta le rodeaba por todas partes. Se frotó las manos y se golpeó los brazos para entrar un poco en calor.

Hamilton sería alcanzado andando hacia el norte, a lo largo del río, y según había calculado desde el motel de Plainsman, tendría que recorrer sobre una o dos millas de distancia. Se puso a andar de soslayo subiendo la ladera, y entre sus movimientos y el calor del sol naciente se reunieron para devolverle la fuerza y la agilidad que necesitaba. Llegó a un banco de arena situado a la margen del río y se adentró en él. El agua estaba allí pardusca con la arena y la arcilla. Blaine se encaminó hasta el borde y se agachó, bebiendo en el hueco de las manos, un agua sucia mezclada con arena. Cuando cerró la boca, los dientes le chirriaban con el roce de las partículas arenosas. Pero, al menos, era agua. Trató de refrescarse la cara y la cabeza para despejarse totalmente. Se quedó un momento agachado, comprobando la soledad y la paz que le rodeaban, como si aquel fuera el día siguiente al comienzo de la Creación del mundo, como si todo fuera nuevo, como si aún no hubiese comenzado el drama del hombre, con sus pasiones, sus odios, su ambición y cuantos pecados y desdichas habían plagado a todo el género humano.

Algo que aplastó el agua se oyó en la lejanía como un ruido insólito y Blaine se puso en pie rápidamente. No se veía nada por el momento, ni en el río, ni hasta donde le alcanzaba la vista, ni procedente del pequeño bosquecillo de sauces de una isla existente en el río más allá del banco de arena. «Sería un animal», pensó. Quizás un visón, una rata almizclera, una nutria, o a lo mejor algún oso, o tal vez un pez de gran tamaño…

El chocar sobre el agua le llegó nuevamente a sus oídos y repentinamente un bote apareció a lo lejos a su vista viniendo de la isla de sauces y en su dirección. A proa de la pequeña embarcación iba un hombre envuelto en una capa oscura, moviendo el remo con cierta dificultad. El peso del ocupante arqueaba el bote hacia delante y el pequeño motor fuera borda que llevaba trabajaba en falso la mayor parte del tiempo. A medida que el bote se aproximaba, Blaine comenzó a distinguir algo familiar en el aspecto de aquella persona.

En alguna parte había visto a aquel hombre que tan pesadamente movía el remo del bote, y sus vidas habían tomado contacto por primera vez, sin recordar exactamente dónde. El navegante saltó fuera de la embarcación cuando la proa quedó encallada suavemente en el banco de arena.

—Dios le guarde, hijo — dijo —. ¿Qué tal se encuentra usted esta mañana?

—¡Padre Flanagan! — gritó Blaine.

El anciano sacerdote le hizo un gesto bondadoso y lleno de humanidad cálida y cordial.

—Se encuentra usted ahora muy lejos del hogar, padre — le dijo Blaine.

—Yo voy donde Dios me envía, hijo mío — repuso el sacerdote.

Trató de desembarcar vacilante y con dificultad.

—¿Por qué no viene a echarme una mano? — invitó el anciano —. Que Dios me perdone; pero vengo cansado y molido del viaje.

Blaine se apresuró a tirar de la proa del bote y a situarlo más adentro en el banco de arena. Con sus fuertes brazos ayudó al sacerdote a salir de la embarcación. El padre Flanagan se apoyó con sus manos artríticas, pero suaves, en los hombros del joven.

—Me hace mucho bien volver a verle, padre.

—Y yo me encuentro lleno de confusión, hijo — r puso el sacerdote —, porque debo confesarle que he estado, siguiéndole a usted.

—Creo, sin embargo, querido padre Flanagan, que un hombre de su persuasión debería tener mejores cosas que hacer.

—Ah hijo, así son las cosas. No ha habido para mí mejor ocupación que seguirle el rastro.

Y el sacerdote anduvo unos pasos hacia delante, apoyándose las manos en sus cansadas piernas.

—Es muy importante — dijo — que usted comprenda. Tiene que escucharme con suma atención. Y no disgustarse, dejándome hablar cuanto deseo.

—Pues claro que sí, padre — repuso Blaine. —Habrá usted oído quizás — dijo el sacerdote — que la Santa Madre Iglesia es inflexible y rígida, que permanece aferrada a las viejas costumbres y al pensamiento antiguo, y que cambia muy lentamente, si es que realmente cambia. Que la Iglesia es austera, y dura, y…

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