Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 62
Перейти на страницу:

Y allí se encontraba, de nuevo metido en un aprieto, de nuevo en la estacada, sin ningún plan determinado que seguir, simplemente huyendo de nuevo. Aunque ahora la cosa era muy distinta. Había sabido batir a Finn e impedido que le siguiera las huellas. Le había sacado de la mente su horrible perfidia contra los parakinos y el peligro que suponía para ellos y había diluido algo en la mente de aquel fanático, que jamás, mientras Finn pudiera vivir, volvería a ser tan estrecha, mezquina y egocéntrica como lo había sido hasta entonces.

Se incorporó lentamente y anduvo varios pasos, convenciéndose de que sólo se oía el rumor de la corriente y los gritos de la lechuza escondida por el bosque, en la ribera. Repentinamente se apercibió de otro sonido distinto, algo que le hizo chocar los dientes con un nuevo temor y sentir un terrible escalofrío que le dejó paralizado por el momento. Era algo parecido al viejo terror del principio de los tiempos, cuando el hombre se refugiaba en la caverna y tenía que vivir constantemente sufriendo el terror de la noche. «Sería un perro, quizá, pensó Blaine, o un lobo de las praderas, ya que no existían los hombres-lobo de las antiguas supersticiones de la Edad Media». Sintió de nuevo el instinto de hallar refugio, de esconderse donde fuera, para huir del peligro delator de la luna. Permaneció en pie, tenso, esperando oír de nuevo aquel extraño ruido; pero no volvió a sentirlo más. Tenía el cuerpo agarrotado y los nervios a punto de estallar, y habría corrido de haber creído que con aquello se hubiera salvado mejor. Era un reflejo sencillo, primero creerlo y después correr. Aquello era lo que hacía a los hombres de Finn tan peligrosos. Se comportaban con el instinto humano que yace bajo la piel… el instinto del temor, y tras el temor, el odio.

Abandonó el boscaje de cedros y caminó con cuidado a lo largo de la colina, procurando no engañarse por la luz. de la luna, entre la media sombra que engaña el paso, haciendo rodar piedras y evitando caer dentro de los hoyos que sólo se advierten cuando ya se ha caído en ellos. Y pensó nuevamente en la única cosa que seguía dándole vueltas en el cerebro y que tan profundamente le había herido, desde que había hablado con Finn. Lambert le había dicho que Harriet Quimby era una espía del Anzuelo. Aquello no podía ser verdad, en absoluto, ya que había sido ella quien se había arriesgado a permitirle escapar precisamente de las garras del Anzuelo.

Y con todo… ella había estado con él en aquel pueblo donde había estado a punto de ser ahorcado. Ella había estado con él cuando Stone había sido asesinado. Y también había estado en su compañía en la carretera general, cuando Rand le había atrapado en el cobertizo.

Era ridículo. Harriet no podía ser una espía. Era una chica valiente y decidida, dedicada a su profesión con verdadero entusiasmo, y una maravillosa muchacha, incapaz de una ruindad semejante. Harriet habría sido una buena espía, de habérselo propuesto y haberlo deseado; pero aquello era contrario a su naturaleza. En Harriet no había subterfugios.

La colina fue cayendo lentamente hasta la misma orilla del río, donde había un espeso matorral y una maraña de árboles retorcidos y mezclados con otros arbustos y maleza. Blaine caminó hasta la misma orilla, pudiendo apreciar el fluir de la masa oscura acuosa, plateada por la luz de la luna, y el bosque del valle que formaba el río en la orilla opuesta, más oscuro que la corriente, mientras que las elevaciones del terreno, con sus fantásticas formas surgiendo a ambos lados, parecía un sepulcral cortejo de fantasmas plateados.

La lechuza había dejado de cantar; pero entonces había aumentado de tono el murmullo de la gran corriente del río, ya que podía oír el gorgoteo de las aguas en su rápida corriente, al deslizarse lamiendo los bancos de arena y rozando las raíces de los árboles ribereños, que parecían anclas echadas como seguridad de su vida vegetal, en la misma orilla. Aquello no parecía un lugar adecuado para pasar la noche, no tenía manta ni cobertor para cubrirse; aunque los árboles podrían prestarle al menos un buen refugio y ocultarle. Y estaría más seguro que en los demás sitios que había utilizado hasta la fecha. Se acurrucó buscando el refugio entre la broza existente bajo los árboles. Removió varias piedras, apartó un tronco, y en la oscuridad desplazó un gran montón de hojas caídas. Tras toda aquella faena, pensó repentinamente en las serpientes de cascabel, «aunque, pensó después, la estación ya avanzada del Otoño era demasiado fría para la presencia de aquellos temibles reptiles». Se acomodó lo mejor que le fue posible al abrigo de las hojas. Aquello resultaba pasable y de todos modos no tendría que permanecer, muchas horas en tal situación, ya que el sol saldría relativamente pronto. Permaneció sin movimiento en su improvisado refugio y los sucesos del día comenzaron a danzarle en la mente, como un resumen de las cosas que había tratado de conseguir sin éxito. Si pudiera detenerlas de algún modo y pensar en algo que le ayudase… Y aquel algo en que pensaba estaba en su cerebro. Era la mente de Lambert Finn.

Cautelosamente rebuscó en ella hasta encontrar su rostro, un rostro frío, y una mezcla de temor y de odio que se removía enmarañadamente como un balde de gusanos. Y en el centro de aquella masa apareció el horror extrahumano, el horror perteneciente a un mundo extraño y lejano que había sido el causante de transformar a un observador humano, viajero de las estrellas, en el maníaco loco de atar que había salido de la máquina estelar, hacía años, con los ojos de enajenado, las facciones descompuestas y las manos agarrotadas como garras de una fiera. Resultaba algo repulsivo y obsceno, algo opuesto a lo humano, farfullando cosas con el aspecto de una cabeza de muerte, era un espectro horrible, que nada tenía en detalle apreciable que fuese limpio o claro; sino un conjunto repelente de maldad abismal. Blaine procuró alejar aquella visión, con un tremendo esfuerzo mental, que le hizo sentirse angustiado de horror. La visión se apartó del foco central de sus pensamientos; pero quedó persistiendo otra visión terrible, otro pensamiento flotando.

Era la víspera de la fiesta de Todos los Santos, la imagen que lo representaba.

En la mente de Blaine quedó firmemente expuesta aquella idea, rodeada de un horror extrahumano, como si hubiera sido añadida al paso inacabable de un film de ideas. La víspera de Todos los Santos, la suave noche de fin de octubre, con sus montones de hojas de árboles humeando en las calles de las poblaciones, alumbradas por las luces callejeras o la gran iluminación natural del plenilunio, por encima de las copas desnudas de los árboles, con una luna más grande de lo que jamás había recordado, como si quisiera aproximarse más a la Tierra para espiar y divertirse con el espectáculo. Un coro de voces chillonas, agudas y excitadas, corrían a lo largo de las calles, llenándolo todo con su parloteo y el animado conjunto de sus bailes y danzas, y sus correteos de nerviosos pies, yendo de un lado a otro, mientras que los grupos vestidos de hadas o duendes de los bosques hacían su alegre ronda, gritando su alegría y llamando a todas las puertas. Las luces de las casas estaban encendidas en todo; los portales como una alegre invitación a la fiesta de la chiquillería, que con sus sacos al hombro, se divertían hasta la saturación, y que engrosaban más y más con los regalos de los vecinos a medida que transcurría la noche Blaine recordó con todo detalle la alegre fiesta tradicional, como si hubiera sido ayer, en que siendo un chico feliz, recorría con sus amiguitos toda la ciudad gozando de la típica fiesta anual. Pero, desgraciadamente, aquello había quedado ya demasiado lejos. Aquella hermosa fiesta de la infancia había existido antes de que el temor se hubiera esparcido como una mala semilla, cuando lo mágico todavía era un capricho y una maravillosa diversión y se hallaba placer en ello y los padres no sentían temor alguno, dejando a sus hijos gozar de la víspera de Todos los Santos, que llegaba para feliz acontecimiento de la chiquillería.

1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)