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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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—Le ha costado bastante echarme el guante encima, Rand — dijo Blaine —. ¿Está usted, quizá, perdiendo facultades? ¿O es que se ha estado divirtiendo?

Rand frunció el ceño.

—Casi le perdimos a usted, Shep. Lo habíamos localizado en aquel pueblo donde estuvieron a punto de ahorcarle.

—¿Estaba usted también allí aquella noche?

—Bien, no personalmente — dijo Rand —; pero sí que tenía allí algunos de mis hombres.

—¿Y habría usted permitido que me hubieran ahorcado?

—Bien, le diré a usted honradamente, las opiniones estuvieron divididas. Pero usted supo tomar una determinación con sus propias manos.

—Pero si no…

—Creo más verosímilmente que le habríamos dejado ahorcar. Existía la posibilidad, por supuesto, de que habiéndole liberado, nos habría usted conducido hasta la máquina estelar. Pero en tal punto de vista, confiamos en nosotros mismos para localizarla.

Y dejó el vaso con cierta rabia sobre la mesa.

—¡Valiente lío de cosas estúpidas y sin sentido! — dijo irritado —. Conducir una máquina así en ese cacharro destartalado que llevaban ustedes…

—Era una cosa sencilla — dijo Blaine respondiendo por Stone —. Y usted sabe la respuesta igual que yo. A nadie se le habría ocurrido buscarla allí. Si usted hubiera tomado una cosa de tanto valor, lo habría hecho igual…

—Sí, seguramente…

Rand observó el gesto de Blaine y se dirigió nuevamente a él.

—Shep — dijo —, sea claro conmigo. Fuimos una vez muy buenos amigos. Quizá, por lo que yo recuerdo, los mejores amigos.

—¿Qué es lo que quiere saber?

—Usted tomó esa máquina de algún sitio.

Blaine afirmó con un gesto de cabeza.

—Y podría usted devolverla al punto de partida.

—No — repuso Blaine — Estoy completamente seguro de no poder hacerlo. Era… bien, cuestión de jugarle una broma pesada a alguien.

—¿A mí, quizá?

—No a usted. A Lambert Finn.

—¿No es usted muy amigo de Finn, verdad?

—No le he visto nunca.

Rand tomó nuevamente la botella y volvió a escanciar dos vasos. Se bebió la mitad del licor del suyo y se puso en pie.

—Tengo que marcharme— dijo poniéndose en pie y consultando su reloj —. He de asistir a una de las fiestas de Charline. No me la perdería por nada del mundo. ¿Está usted seguro de que no quiere venir? Creo que a Charline le encantaría volverle a ver de nuevo.

—No, gracias, me quedaré aquí. Ah, dele mis recuerdos a Freddy.

—Freddy — dijo Rand glacialmente — ya no está con nosotros.

Blaine se levantó y acompañó a Rand hasta el transo Rand abrió la puerta. El interior era muy parecido al de un montacargas.

—Es lástima — comentó Rand — que no podamos usar esto en el espacio. Eso nos ahorraría una enorme cantidad de energía humana.

—Supongo que estarán trabajando de firme en el asunto.

—Ah, si, claro — dijo Rand —. Es cuestión de perfeccionar los controles.

Con la mano hizo una señal de despedida a Rand.

—Hasta la vista, Shep. Volveremos a vernos.

—Adiós, Kirby. No será así, si puedo evitarlo.

Rand hizo una mueca indescifrable y se adentró en el transo, cerrando la puerta. No se produjo ningún destello luminoso, ni ningún signo que indicaba que la máquina funcionaba; pero Blaine estuvo convencido de que en aquel instante Rand ya se encontraba de vuelta en el Anzuelo. Blaine se volvió y tomó asiento en su silla, junto al fuego.

Se abrió la puerta del almacén y Grant entró en la estancia trayendo una prenda sobre el brazo.

—He conseguido la prenda ideal — dijo —; no recordaba que la tenía aquí.

Y levantó aquella prenda, mostrándola a Blaine.

—¿No es una maravilla? — preguntó.

Y lo era, en efecto. Era una piel de alguna especial procedencia, que tenía el fascinador encanto de brillar como si estuviera sembrada con polvo de diamantes al fuego de la chimenea. Tenía un color amarillo dorado, estriada con franjas negras en diagonal, pareciendo más bien algo sedoso que una piel animal.

—Hace muchos años que está aquí — comentó Grant —. Un hombre que hacía impingase en el río vino a encargarla. Nosotros tuvimos dificultades para localizarla; pero finalmente nos la sirvieron del Anzuelo. Como usted sabe, señor, siempre lo consiguen todo.

—Sí, ya sé — repuso Blaine.

—Y aquel individuo no volvió más. Pero la piel era tan maravillosa, que no la devolví más y se quedó en este Puesto. La guardé en el inventario de las existencias suponiendo que cualquier día tendríamos oportunidad de venderla; pero hasta ahora no ha sucedido, por supuesto. Cuesta demasiado dinero para que cualquier patán de este pueblo pueda adquirirla.

—¿Y de qué es?

—Es la más cálida, ligera y suave piel que existe en el universo. Los que van de exploración y de camping suelen usarla como un saco de dormir.

—No la usaré,meo da pena — dijo Blaine — Me bastará con cualquier manta.

—Oh, sí, hágalo, señor — dijo Grant —. Hágame el favor, se lo ruego. Mi acomodación para usted es tan pobre que me siento un poco avergonzado Al menos me satisfará la idea de que duerme usted con algo lujoso.

Blaine se sintió complacido y levantó una mano para tomarla.

—De acuerdo, y muchas gracias.

Grant le dio la lujosa piel y Blaine la sopesó en las manos, comprobando la extremada ligereza de peso de la prenda.

—Bien, espero que lo pase bien. Voy a. continuar ultimando algunos trabajos, si no le importa, y me marcho de nuevo. Puede usted ponerse a su gusto donde quiera.

—Sí, claro; vaya a sus ocupaciones — dijo Blaine —. En cuanto termine este trago, me acostaré ¿Quiere usted beber conmigo?—Más tarde — repuso el factor —. Siempre lo hago antes de irme a dormir.

—Llévese la botella, Grant.

—Buenas noches, señor — dijo este último —. Lo veré por la mañana.

Blaine se sentó nuevamente, poniéndose a gusto en la silla y dejando la maravillosa piel sobre las piernas. La estrujó con las manos, y resultaba suave y tan tibia que daba la impresión de hallarse todavía viva. Tomó el vaso, que apuró trago a trago, pensando en Rand.

Aquel individuo era, sin duda, el hombre más peligroso de la Tierra, a despecho de lo que Stone había opinado sobre Finn; era personalmente el elemento más peligroso que había conocido, astuto y feroz como un «bull-dog», un cazador frío y sanguinario de cuantos elementos se apartaban de su garra en el Anzuelo, y el cerebro del ejército de policías y agentes secretos de la Organización que se hallaba a sus órdenes. Ni un solo enemigo del Anzuelo se hallaba jamás seguro de Rand Kirby.

Y a pesar de todo, era sorprendente que no hubiera insistido en que él hubiese vuelto en su compañía. La invitación la había hecho casi casualmente como si se hubiera tratado de una simple cuestión social, y no había mostrado resentimiento alguno ante la negativa de Blaine. Ni había intentado la menor acción de forzarle a seguirle, aunque Blaine estuvo seguro de que Rand, más que verosímilmente, no dejaba ningún cabo suelto. No le había perdido el rastro ni un momento y Blaine se imaginó si no sería algún nuevo procedimiento dentro de la infinita astucia y maldad del untuoso Rand. «Algo tenía escondido en la manga, pensó Blaine, algo escondido que equivaldría a una trampa mortal, de algún modo». De aquello no le cupo duda alguna. Blaine terminó finalmente su bebida. Quizá sería una locura permanecer en el Puesto y lo mejor sería salir fuera y huir de nuevo. Pero sería seguramente la clase de actitud que Rand esperaría que hiciese. Lo más seguro es que la trampa se hallaría en el exterior de la factoría, acechándole, y no dentro del Puesto Comercial precisamente. A lo mejor, aquella habitación sería el lugar más seguro del mundo para poder pasar aquella noche.

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