El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
Tenía necesidad de un refugio. Aunque no tuviera que dormir. Lo mejor de todo sería permanecer allí; pero sin dormirse. Podría descansar en el suelo, con aquella magnifica piel abrigándole; pero sin quitar el ojo de encima a Grant, por lo que pudiera suceder, ya que de existir la trampa allí, podría reaccionar convenientemente al instante.
Dejó el vaso sobre la mesa junto al que Rand había dejado, removió los troncos del fuego para reavivarlos. Decidió acostarse junto a la chimenea de forma que la luz de la fogata le permitiera ver cualquier movimiento que Grant pudiera intentar, mientras decididamente permanecería despierto toda la noche. Extendió cuidadosamente la bella piel sobre el suelo, hizo un paquete con la chaqueta y se la puso bajo la cabeza como una almohada. Se quitó los zapatos y se echó sobre la piel. Era suave y cómoda, casi en cierta forma como un colchón a despecho de su falta de grosor suficiente Se la envolvió sobre el cuerpo, como un saco de dormir. Se sentía tan confortable como desde hacía mucho tiempo no lo había experimentado.
Se quedó mirando fijamente a la oscuridad que existía en las profundidades del almacén, observando la débil silueta de los grandes cajones, las balas y los barriles almacenados en el gran local. Todo permanecía en el mayor silencio, excepto el ocasional chasquido de los troncos de madera, que lentamente iban consumiéndose en el fuego de la chimenea. Poco a poco fue apercibiéndose de los extraños perfumes que flotaban invisiblemente en la atmósfera del almacén, perfumes procedentes de objetos de lejanos mundos. No era un perfume molesto, ni exótico, nada que pudiera molestarle, sino el olor de algo totalmente extraño a la Tierra, el olor combinado de tejidos, especias, maderas y alimentos y otras muchas cosas reunidas, provenientes de las lejanas estrellas. De todo ello allí había sólo un pequeño depósito para las necesidades de uno de los innumerables Puestos Comerciales, como era aquél, si bien gracias al transo, disponía en cualquier momento de cualquier mercancía de la gigantesca organización del Anzuelo. Aquello sólo era una pequeña parte del tráfico con las estrellas.
Había luego lo más importante del Anzuelo, lo no visto y no comprobado por la gente y lo más importante de la función del Anzuelo; la reunión y archivo de los secretos conocimientos del espacio. En las Universidades del Anzuelo, estudiantes de todas las partes del mundo se afanaban bajo la dirección de profesorado competente, en el estudio analítico de tales conocimientos, que con los años irían formando en generaciones venideras la estructura del destino de la humanidad. Pero había en todo ello algo más, Lo primero de todo eran los conocimientos revelados e ideas accesibles, y lo segundo estaba compuesto por los archivos secretos y los hechos e investigaciones guardados bajo llave en los lugares más recónditos de la gigantesca organización, ya que el Anzuelo, en nombre de la Humanidad y en el de sus propios intereses no podía dejar saber en público todas las cosas que iba encontrando en los mundos lejanos que exploraba. Existían una serie de descubrimientos, de ideas y conceptos filosóficos, que aunque fuesen válidos en la estructura social particular, no eran humanos en ningún sentido que pudieran ser considerados por su origen, ni adaptables a la raza humana ni al humano sentido del valor. Y había otros que, aunque aplicables, debían ser estudiados cuidadosamente por los posibles y ulteriores efectos que pudieran tener sobre lo humano, desde el punto de vista estrictamente biológico, antes de ser introducidos y dados a conocer en una pauta humana general. Y otros todavía, completamente aplicables, que no podían dejarse libremente ser difundidos por quizá cien años de duración, ideas tan en vanguardia y tan revolucionarias, que deberían esperar para que la raza humana pudiese ir asimilándolas con ella.
En este particular debió pensar Stone cuando había decidido crear una cruzada de lucha contra el Anzuelo, para destruir el monopolio terrible de la Organización, haciendo que las gentes paranormales que se hallaban fuera del Anzuelo gozasen de una licencia que les pertenecía por sus cualidades especiales y en virtud de sus capacidades.
En aquello Blaine estaba completamente de acuerdo con la opinión de Stone, «porque no había derecho, pensó, que todos los privilegios de la condición Paranormal-Kinética (PK), pudiesen permanecer por siempre controlados y sujetos por un monopolio, que en el curso de cien años de existencia había hecho perder el fervor de su creencia y su fuerza de propósito humano en una especie de mezquino comercialismo, que jamás en toda la anterior historia del hombre se había conocido».Por todas las reglas de decencia, los parakinéticos eran poderes paranormales que pertenecían al Hombre en sí mismo, no a una banda ni a un grupo de hombres ni aun a sus descubridores, a sus herederos y continuadores de tales herederos, por el hecho de haberlos descubierto, y no podía consentirse que en ningún caso fuese la labor de un reducido grupo de hombres solamente. Era algo que debía existir dentro del más amplio dominio público. Era un fenómeno verdaderamente natural, más peculiarmente una fuente de recursos y de poderes naturales, que lo que podían ser el aire o el agua. Tras Blaine los troncos humeantes de la chimenea se apagaron hasta el punto de caer en colapso y cayeron cada uno por su lado en un fuerte chasquido Se volvió hacia ello., o al menos trató de hacerlo.
Pero no pudo volverse.
Allí debía existir algo fuera de lo normal.
De una forma o de otra, la maravillosa piel que tenía alrededor de su cuerpo le había maniatado inmovilizándole.
Hizo un esfuerzo con las manos para liberarlas del sitio en que las tenía, pero le resultó imposible moverlas de su lugar.
Estaban más bien ligadas y firmemente sujetas pudiendo sentir su inmovilización.
Aterrado, trató de incorporarse hacia delante, sentándose.
Pero no pudo.
La piel le retenía firmemente amarrado aunque con aparente suavidad. Lo estaba como si en realidad estuviese sujeto por una cuerda La piel aquella, sin que se hubiera dado cuenta, se había convertido en una camisa de fuerza que le retenía preso e indefenso.
Continuaba tendido sobre su espalda sintiendo un escalofrío que le recorría todo el cuerpo, mientras por la frente le corrían heladas gotas de sudor.
Aquello era una trampa espantosa. Era la trampa a la que tanto había temido y contra lo que tanto se había puesto en guardia.
Y, no obstante, por su propia voluntad, había caído en manos de la más insospechada y terrorífica trampa que jamás pudo haber imaginado.
XXV
Rand había dicho «Le veré más tarde», cuando se había despedido de Blaine y entrado en el transo. Sus palabras tenían el sonido cordial y amistoso de una persona contenta y confiada y realmente había tenido razón para conducirse de aquella forma, si como parecía evidente había planeado todo aquello calculada y fríamente. Había sabido exactamente qué debería ocurrir y había dispuesto la forma más diabólica de atrapar a un hombre que ya le había proporcionado bastantes preocupaciones.
Blaine continuaba por el suelo, agarrotado, incapacitado de moverse y prisionero de la bella y endiablada piel, como por la más fuerte camisa de fuerza, excepto el hecho de que no era tal. Era más bien una de aquellas fantásticas conquistas y descubrimientos misteriosos del Anzuelo, para tal propósito. Blaine rebuscó en su memoria y no encontró nada parecido, nada que pudiese comparar a aquella cosa en forma de vida parásita que por tiempo indefinido pudiese actuar en semejante forma, parecido a una camisa de fuerza y que despertase a la vida, en cuanto entraba en contacto con un cuerpo cálido y viviente. Aquello podía tener también después un ulterior y trágico desenlace, seguramente, al cambiar de acción. Era inútil, comprendió Blaine, luchar para desasirse de la garra tremenda de la hermosa piel, ya que a cada movimiento que hacía en tal sentido, la sentía más y más fuertemente ligada a su cuerpo. Se rebuscó en su mente una pista o una clave de aquel misterio, y en el acto, con su poderosa mente paranormal, la creyó hallar: era un planeta brumoso y extraño, con una vegetación enmarañada y residentes fantásticos que en él pululaban, se movían y luchaban. Era un lugar de horror, visto a través de las brumas de su memoria; pero la cosa más espantosa acerca de aquel mundo lejano del espacio, fue la de no tener la suficiente memoria del mismo. No había estado nunca allá, y nunca había hablado tampoco a quien hubiera estado, aunque tenía algunas nociones recogidas del dimensino. En una sesión pasada hacía tiempo, en unas horas aburridas de asueto, y que se hallaban enterradas dentro de lo más profundo de su mente, y que no había sospechado hasta aquel preciso instante.