El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
La imagen creció más clara y más brillante, como si en algún lugar de su mente alguien dispusiera un juego de lentes que le permitiera reconocer mejor todo aquello, y apreciase en mejores detalles lo concerniente a la caótica vida de aquella jungla hirviente, en tan misterioso y alejado planeta. Era algo horrendo y repulsivo, habiendo por todas partes una estudiada ferocidad en todas las formas de vida allí existentes, la crueldad de lo desconocido e insospechado, impulsado todo ello por los primitivos instintos del hambre y del odio. Blaine se quedó paralizado por la visión de horror de aquel mundo, ya que le parecía estar viviéndolo en aquel momento presente, como si parte de él estuviese allí precisamente junto a él en la chimenea, mientras la otra parte permaneciese en toda su realidad, dentro de la temible jungla original de su mundo de partida.
Le pareció oír un ruido, o su otra parte mental pareció haberlo oído, y aquella otra parte de él mismo miró hacia arriba en lo que parecía ser un gran árbol, aunque parecía demasiado enmarañado, demasiado retorcido para ser un árbol, y allí estaba aquella piel, colgando de una rama brillando con el resplandeciente fulgor del polvo de diamantes, lanzando destellos en su piel y a punto de lanzarse sobre él.
Gritó horrorizado o creyó hacerlo y el planeta y sus horribles criaturas se desvanecieron de su mente, como si una mano dentro de su cerebro hubiese girado las lentes fuera del foco adecuado. Y se encontró nuevamente sobre el suelo en que yacía inmóvil, en aquella factoría del Puesto Comercial, junto al fuego y con el transo en la esquina. La puerta que daba al exterior se movió lentamente y momentos después apareció ante su vista la corpulenta y siniestra figura de Grant, que le miraba desde arriba satisfecho y maligno.
—Señor Blaine, señor Blaine — dijo suavemente —. ¿Está usted despierto?
Blaine no respondió.
—Tiene usted los ojos abiertos, señor Blaine. ¿Le ocurre algo fuera de lo normal?
—Nada. Estaba pensando, sencillamente.
—¿Buenos pensamientos, señor?
—Muy buenos, ciertamente.
Grant se adelantó lentamente con pasos de tigre, acolchados, y se aproximó a la mesa, de la que tomó la botella. Se tomó un trago largo tranquilamente. Después la dejó a un lado.
—Señor Blaine, ¿por qué no intenta usted levantarse? Podríamos sentarnos aquí tranquilamente, tomarnos un trago y charlar amistosamente. Tengo pocas oportunidades de hablar con la gente. Vienen por aquí y compran, desde luego, pero apenas me hablan sino lo indispensable.
—No, gracias — repuso Blaine — Me encuentro realmente muy bien así.
Grant se sentó en una de las sillas que había junto al fuego de la chimenea.
—Ha sido una vergüenza que no haya querido usted volver al Anzuelo — comentó Grant, como la cosa más natural —. Podría usted haber vuelto con el señor Rand, el Anzuelo es uno de los lugares más hermosos del mundo.
—Oh, sí, tiene usted mucha razón — contestó Blaine, respondiéndole automáticamente, sin prestarle atención.
Porque en aquel momento Blaine había adquirido el pleno conocimiento del lugar en que debía situar la imagen atisbada momentos antes del planeta extraño en que había visto una piel idéntica a la de la fantástica criatura que le tenía prisionero. La información la había tomado del Color de Rosa que llevaba íntimamente anidada en su mente, formando una parte de él. Entonces lo vio claro, él no había visitado nunca aquel planeta, pero el Color de Rosa sí. Y entonces ya no funcionó la memoria, sino la mágica fotografía verdadera del lugar exacto de aquel mundo lejano. Y apareció en su mente un archivo completo de datos relativos acerca del planeta y de sus formas de vida. No obstante, se hallaban un tanto desordenados, sin clasificar, como si aún le costara trabajo poner en justo orden.
Grant se echó hacia atrás en la silla, con aire burlón. Se aproximó a la fantástica piel y tamborileó los dedos contra ella.
—Y bien, señor Blaine, ¿qué tal le va en este momento? —Podré decírselo cuando me deje las manos libres.
Grant se aproximó a la mesa haciendo un exagerado gesto al aproximarse al cuerpo caído de Blaine tomando la botella y otro trago.
—No querrá usted poner las manos sobre mí — dijo —, porque dentro de un minuto voy a enviarle tal y como está al Anzuelo a través del transo.
Se volvió a echar otro trago al cuerpo con la misma botella que dejó sobre la mesa.
—No sé lo que habrá usted hecho — continuó Grant — ni sé para qué le quieren, lo único que sé es que tengo que cumplir las órdenes que me han dado.
Levantó la botella; pero a medio camino lo pensó mejor. La volvió a dejar y se dirigió resueltamente sobre Blaine.
Y entonces se produjo otra vivida imagen de otro planeta, donde había una cosa que caminaba a lo largo de un camino. Aquella cosa era algo que Blaine no había visto jamás. Aquello era algo parecido a un cáctus viviente que se movía como una criatura dotada de movimiento propio; pero no era un cáctus exactamente y resultaba dudoso también que se tratara de un vegetal. Pero ni la criatura ni el camino eran demasiado significativos. Lo que sí lo era aparecía tras los talones mismos de la criatura que se movía a lo largo de aquella especie de camino, y eran precisamente una media docena de aquellas pieles brillantes y llenas de vida «Perros cazadores» — pensó Blaine —. Aquella criatura debería ser una especie de cazador y las pieles que le seguían fielmente, sus perros acompañantes. O bien debería ser un trampeador y las pieles sus trampas o señuelos. Pieles animadas, domesticadas, para hacer tal servicio y quizá procedentes de otro planeta, quizá recogidas por un viajero del espacio y que hubieran sobrevivido a las radiaciones estelares y traídas a aquel planeta con algún propósito de interés determinado. «Quizá, Blaine pensó a marcha rápida con su fantástica mente, habría sido de aquel planeta de donde había sido traída la piel que le apretaba como una camisa de fuerza, por haber sido encontrada por los del Anzuelo». Había algo más martilleándole el cerebro, una especie de frase, quizá una expresión hablada propia del lenguaje del cáctus viviente. Eran unas palabras difíciles de articular en un lenguaje bárbaro en el que era preciso retorcer materialmente la lengua para su pronunciación y que, desde luego, no tenía el menor sentido; pero mientras Grant se disponía a ponerle las manos encima para levantarle, Blaine disparó repentinamente la extrahumana expresión con toda su fuerza.
Y al terminar de hacerlo, la piel se relajó totalmente, dejándole en libertad. Ya no le oprimía en absoluto. Blaine rodó, con un poderoso retorcimiento del cuerpo, por el suelo y dirigió sus piernas en un golpe potente contra el hombre que estaba agachado contra él. Grant se tambaleó y salió despedido y acabó cayendo de cara contra el suelo, con un rugido de rabia. Blaine, con las manos y los pies libres, se arrastró unos metros yendo a incorporarse más allá de la mesa. Grant se levantó y acometió a Blaine; pero éste le disparó un puñetazo salvaje que le reventó la nariz, que empezó a gotearle sangre. Se tambaleó nuevamente; pero se rehizo y atacó nuevamente con los brazos abiertos como un oso enfurecido y con el rostro contraído con una expresión de rabia y de miedo, el miedo de un hombre que se había sabido liberar del abrazo fatídico de la piel extrahumana y el de perder su empleo, habiendo fracasado en su cometido con el Anzuelo. Se lanzó sobre Blaine con su enorme estatura y sus poderosos brazos, acosado por la desesperación que le hacía doblemente peligroso.