Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– ¡Au! -Gemma se estremeció al pensarlo.
Lucy añadió sonriendo:
– Además fue en la mano derecha y tuve que hacerlo todo yo durante semanas. No le gustó nada. Pobre mamá. Pero al menos hizo que no se mordiera las uñas.
Kincaid miró la hora.
– Supongo que es mejor que no sigamos esperando. ¿Te importa que haga una llamada desde el estudio de Alastair?
Cuando hubo salido de la cocina, Lucy sonrió un poco tímidamente a Gemma.
– Es muy agradable. Tiene suerte de trabajar con él todos los días.
Desconcertada, Gemma buscó una respuesta. Una semana atrás ella lo hubiera reconocido fácilmente, incluso con aire de suficiencia. Sintió una punzada tan aguda por la sensación de pérdida que se quedó sin respiración. No obstante fue capaz sonreír.
– Por supuesto. Tienes toda la razón -dijo finalmente tratando de sonar convincente. Luego hizo lo posible por ignorar la mirada desconcertada de Lucy.
– ¿Bien? -dijo Gemma cuando llegaron al camino-. Pienso que podemos estar casi seguros de que Gilbert llamó a Malcolm Reid.
– Tendría que haberme dado cuenta antes -dijo Kincaid con el ceño fruncido.
Gemma no le dio importancia.
– Decir eso es inútil. Es como decir que deberías haber recordado lo que olvidaste. ¿Qué viene ahora?
– Tengo la dirección de los Reid, pero primero vayamos a ver a Brian.
Dejaron el coche en el camino y caminaron hasta el pub, pero lo encontraron cerrado. Kincaid golpeó la puerta, pero no hubo respuesta.
– Supongo que el domingo por la mañana a primera hora no es el mejor momento para desafiar al dueño de un pub. Recuerdo haberle oído decir a Brian que no era mañanero. -Se dio la vuelta y añadió-: Tendremos que volver. Vayamos a ver a Malcolm y señora.
– Creo que era allí. -Gemma miró atrás, al hueco en el seto que acababan de pasar-. Hazel Patch Farm. He visto un pequeño cartel escrito a mano en el poste.
– Maldita sea -blasfemó entre dientes Kincaid-. No hay sitio para dar la vuelta. -Redujo la marcha y siguió adelante lentamente por las curvas cerradas buscando una entrada accesible o una pista a una granja. Estaban en la cima de las colinas arboladas entre Holmbury y Shere y Gemma opinó que habían encontrado el lugar bastante rápidamente, teniendo en cuenta de que sólo disponían de las indicaciones del empleado de un garaje de Holmbury St. Mary.
Llegaron a un apartadero y mediante una hábil maniobra Kincaid logró cambiar de sentido. Al poco rato ya estaban cruzando la puerta de la granja. Kincaid detuvo el coche en un área cubierta de grava junto al seto.
– Diría que no se trata de una granja en funcionamiento -comentó mientras salían del coche y miraban a su alrededor. La casa estaba junto a unos árboles y lo poco de la construcción que era visible tras las enredaderas no parecía pretencioso.
Malcolm Reid salió por la puerta en tejanos desgastados y un viejo suéter. Su aspecto no era tan de revista como le había parecido a Gemma en la tienda. Pensó no obstante que quizás se le veía más guapo. Si estaba sorprendido por verse interrumpido un domingo por la mañana en su casa, consiguió disimularlo. El par de springer spaniels que tenía a sus pies fueron a olerlos a los dos con equitativa cortesía.
– Pasen por detrás -dijo amablemente y los acompañó por un pasaje poco iluminado.
Entró a la casa primero y anunció:
– Val. Son el comisario Kincaid y la sargento James.
Cualquier otra cosa que el anfitrión estuviera diciendo sobre ellos se le pasó por alto a Gemma. Estaba demasiado extasiada para oír la conversación. Se encontraban en una cocina alicatada en terracota y era mucho menos intimidante de lo que había imaginado después de ver la exposición high-tech de la tienda. Los armarios eran azul viejo. Había una cocina Aga de color girasol, al igual que una encimera de gas. Del techo pendía un colgador donde había expuesta una colección de cazuelas de cobre. La habitación se abría a un solárium cuyas ventanas daban a una abrupta ladera. A lo lejos se veía la cadena montañosa de North Downs.
Kincaid le dio un leve codazo y Gemma se concentró en la mujer que se estaba levantando de entre un montón de periódicos que cubrían la mayor parte de un cómodo sofá.
– Nos han pescado en plena práctica de nuestro vicio de las mañanas de domingo -dijo riendo mientras se acercaba a ellos con la mano extendida-. Los leemos todos: los intelectuales, los populares, los insoportablemente dirigidos a la clase media. Soy Valerie Reid.
Incluso descalza, con unas mallas y lo que parecía ser una de las viejas camisetas de rugby de su marido, la mujer rebosaba sex-appeal. Morena, de ojos oscuros, piel cetrina y una luminosa sonrisa que la hacía parecer tan mediterránea como su cocina. Sin embargo su acento tenía trazas de escocés.
– ¿Le gusta? -le preguntó a Gemma apuntando a la cocina. No había pasado por alto la mirada embelesada de la sargento.- ¿Cocina…?
– Querida -dijo su esposo-, no están aquí para hablar de cocina, por difícil que te sea imaginarlo. -Le dio un apretón afectuoso en los hombros.
– Sin embargo no pueden hablar sin tomar algo. Los bollos integrales todavía están calientes y voy a preparar café con leche.
Kincaid abrió la boca para protestar.
– No, en serio, es usted muy…
– Siéntese -ordenó Valerie y Kincaid se sentó obedientemente en un hueco despejado en el sofá. Gemma se entretuvo en la cocina, olisqueando cuando Valerie abrió el horno caliente.
– Debe de estar preguntándose cómo logro mantenerme en forma -dijo Malcolm mientras se sentaba junto a Kincaid. Apuntó a los dos perros que se habían estirado a la luz del sol sobre el suelo de baldosas-. Si no fuera porque llevo a correr a esos dos por las colinas dos veces al día probablemente no sería capaz de pasar por la puerta y mucho menos entrar en mi ropa. La cocina de Val es irresistible.
El silbido de la máquina de café expreso llenó la habitación y después de que Valerie llenara dos tazas, Gemma la ayudó a llevar el café y los bollos al solárium. Tras sentarse en una cómoda silla, Gemma probó el bollo. Valerie la estaba mirando expectante.
– Maravilloso -dijo Gemma con sinceridad-. Mejor que cualquier cosa hecha en una panadería.
– Se tarda diez minutos en preparar la masa y sin embargo la gente compra la mezcla hecha de los supermercados. -Valerie arrugó la nariz y su tono parecía denunciar el crimen organizado-. A veces pienso que los ingleses son incorregibles.
– Pero usted es inglesa, ¿no? -preguntó Gemma con la boca llena de migas.
– Por favor, llámeme Valerie -dijo cogiendo ella misma un bollo-. Mis padres son italianos britanizados. Se instalaron en Escocia y abrieron la cafetería más británica posible bajo el principio de que «todo lo que ustedes hagan, nosotros lo hacemos mejor». Esto se extendió incluso a los nombres de sus hijos. -Se dio un golpecito en el pecho-. Si creen que Valerie suena exagerado, sepan que llamaron a mi hermano Ian. ¿Pueden imaginar algo menos italiano que Ian? Y aprendieron a freír todo en grasa rancia, siguiendo la mejor tradición inglesa.
»Pero los perdoné porque todos los veranos me enviaban a Italia con mi abuela y así aprendí a cocinar.
– Val. -La voz de Malcolm sonó divertida-. Dale una oportunidad al comisario, ¿quieres?
– Lo siento -dijo Valerie nada avergonzada-. Haga lo que tenga que hacer. -Se acomodó en su nido de periódicos con una taza de café con leche en una mano y el plato con el bollo sobre sus rodillas.
Kincaid sonrió y dio un sorbo a su café antes de responder.
– Señor Reid. ¿No nos dijo que no tuvo contacto alguno con Alastair Gilbert antes de su muerte? -Antes de que Reid pudiera afirmar o negar esta pregunta más bien abierta, Kincaid prosiguió-: Pero de hecho creo que nos ha inducido a error. Usted tenía una cita con Gilbert a las seis del día anterior a su muerte y que él confirmó por teléfono. ¿Qué asunto tenía que tratar Gilbert con usted, señor Reid?