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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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Un buen farol, pensó Gemma, ¿pero funcionaría?

Malcolm Reid miró abiertamente a su mujer y luego se frotó las manos en los pantalones.

– Val dijo en su momento que no era buena idea, pero sencillamente no quería complicarle la vida más de lo necesario a Claire. Ya lo tiene difícil tal como están las cosas.

Como no continuaba, Kincaid dijo:

– Debe dejarnos a nosotros la interpretación. Haremos todo lo necesario para causar las mínimas molestias a Claire. Pero la única manera para que pueda proseguir con su vida es que este asunto se resuelva. ¿Lo entiende?

Reid asintió y volvió a mirar a su esposa. Pareció que iba a hablar, se detuvo y finalmente prosiguió:

– Todo esto resulta incómodo y embarazoso.

– Lo que mi esposo está tratando de decir -dijo Valerie con total naturalidad-, es que Alastair había llegado a la loca idea de que Malcolm estaba teniendo una aventura apasionada con su esposa.

Reid la miró agradecido mientras asentía.

– Eso es. No sé de dónde sacó la idea, pero se comportaba de manera bastante rara. No sabía cómo tratar con él.

– ¿Rara en qué sentido? -preguntó Gemma cuando terminó el bollo y pudo sacar su bloc de notas-. ¿Era violento?

– No… al menos, no físicamente. Pero no se portaba de manera racional. Por un lado me pedía pruebas y me amenazaba y al cabo de un rato estaba sonriendo y se mostraba jocoso y algo… obsequioso. -Reid se estremeció-. No pueden imaginar lo escalofriante que resultaba. No paraba de hablar de sus fuentes.

– ¿Mencionó algo, o a alguien en concreto? -Kincaid se inclinó hacia delante.

Reid negó con la cabeza.

– No, pero se regodeaba… Como si estuviera disfrutando con sus secretos. Y no paraba de decirme que si decía la verdad no tomaría medidas contra mí.

Kincaid arqueó las cejas al oír eso.

– Muy magnánimo. ¿Qué hizo usted?

– Le dije que no tenía nada que decirle y que se fuera a paseo. Sacudió la cabeza como si estuviera defraudado conmigo. ¿Se lo imagina? -Reid levantó la voz mostrando incredulidad.

– ¿Y se fue?

– No. -Reid restregó las manos en los tejanos y sonrió torciendo la boca-. Es muy melodramático. Me siento un idiota al repetir sus palabras. «Malcolm, hijo, te prometo que te vas a arrepentir». Me dijo eso cuando llegó a la puerta, como un personaje de una mala película. -Uno de los perros de Malcolm levantó la cabeza al notar el cambio en la voz de su amo y lo miró desconcertado y medio dormido. Se tranquilizó y se apoltronó de nuevo con un suspiro sonoro.

– ¿Qué hizo usted entonces? -preguntó Gemma-. Se debió de sentir un poco violento.

– Primero me reí. Pero cuanto más pensaba en ello más incómodo me sentía. Traté de llamar a Claire, pero no respondió y cuando pensé que Alastair ya estaría en casa, tuve miedo de que mi llamada agravara las cosas.

– Pero lo habló con ella al día siguiente. -afirmó Kincaid.

– Nunca tuve la oportunidad. Ella estuvo fuera por la mañana y nos vimos brevemente en la tienda a la hora de comer, cuando había clientes esperando. Cuando volví de mi cita de la tarde, Claire ya se había ido a casa.

– ¿Y desde entonces?

Reid se encogió de hombros.

– Me pareció inútil preocuparla con algo así. ¿Por qué habría de tener importancia ahora?

La mirada que echó Kincaid a Gemma era de escepticismo, pero se limitó a decir:

– Y la noche del miércoles usted dijo que su mujer tenía una clase de cocina, ¿cierto?

Valerie respondió antes de que Reid pudiera decir nada.

– No, no, comisario. Las clases han terminado hasta la semana próxima. El martes por la noche Malcolm estuvo conmigo en casa. Tomamos fideos al estilo de los Abbruzzi y una ensalada.

– ¿Siempre recuerda lo que ha cenado una noche concreta? -preguntó Kincaid.

– Por supuesto -dijo sonriéndole-. Y ésa era una receta nueva que hacía tiempo que quería probar pero que me costó un poco por la dificultad para encontrar flores de calabacín.

– Flo… -Kincaid se mostró confundido-. No importa. ¿Hay alguien que pueda corroborar esto?

– No, a menos que pregunte a los perros -dijo Malcolm tratando de introducir algo de humor.

– Bueno, aprecio su sinceridad. -Kincaid dejó su taza vacía y asintió-. Y agradezco su hospitalidad. Les haremos saber si tenemos más preguntas.

Valerie Reid se levantó con rapidez.

– Si han de irse tan pronto, los acompaño. No querido -dijo cuando vio que Malcolm se levantaba-, puedo hacerlo.

Cuando llegaron a la puerta principal, ella salió con ellos, tiró de la puerta y se paró con el pomo en la mano.

– Comisario -dijo en voz baja-, Malcolm… mi esposo a veces tiene la tendencia a portarse con nobleza. Lo admiro por ello, pero no estoy dispuesta a que se sacrifique por un código de honor. -Se mordió un labio-. Lo que intento decir es que si están interesados en el amante de Claire Gilbert, será mejor que investiguen donde les toque de cerca.

Se volvió adentro y cerró la puerta con firmeza, dejándolos en la tenue y veteada sombra.

* * *

– ¿Qué opinas? -dijo Kincaid cuando se abrocharon los cinturones y salieron a la carretera-. ¿Crees que es una maniobra bien coordinada para encubrirlo a pesar de sus desvíos?

Gemma negó con la cabeza.

– No lo creo. Quizás sea ingenua como un pollito, pero no veo a Malcolm Reid como un marido infiel. Tienen una buena vida y el afecto entre ellos parece sincero.

– Estaba avergonzado por las acusaciones de Gilbert, pero no estaba nada nervioso. ¿Te has dado cuenta?

– ¿Qué hay del amante que ha mencionado Valerie? -preguntó Gemma-. ¿Crees que lo ha inventado para que parásemos de hostigar a su esposo? ¿Quién podría ser?

– ¿Percy Bainbridge? -sugirió Kincaid-. Aunque me inclino a pensar que ese prefiere a los escolares.

Gemma continuó.

– ¿El vicario?

– No es mala idea. La mujer tiene cierto atractivo. -La miró de reojo arqueando las cejas.

Gemma, preguntándose qué aspecto podría tener, notó una punzada de celos.

– ¿Y qué hay de Geoff? -replicó-. Quizás sea una corruptora. O quizás…

– ¿Brian? -Lo dijeron al unísono con un creciente sentimiento de incredulidad. Kincaid la miró y los dos se rieron.

– Somos genios -dijo Kincaid reduciendo al entrar en otra curva.

– Pero nunca lo hubiera pensado. Brian no parece el tipo de Claire, mientras que Malcolm parece hecho a su medida.

– Uno nunca debería menospreciar la proximidad -dijo Kincaid con ecuanimidad y los ojos puestos en la carretera-. O la impredecible naturaleza del corazón humano. Qué… -Su teléfono empezó a sonar. Calló un momento mientras se lo sacaba del bolsillo y lo abría hábilmente con una sola mano-. Kincaid.

Tras escuchar un momento, dijo:

– Bien. Bien. Se lo diré. -Colgó.

Le echó una mirada de pesar a Gemma.

– Tendré que ocuparme de Brian Genovase sin ti. Jackie Temple ha intentado ponerse en contacto contigo. Dice que tiene que hablarte urgentemente.

* * *

Gemma miró las enormes manos cuadradas con las que Will agarraba el volante y se preguntó si los demás también lo encontraban apacible. Una llamada de móvil a la comisaría de Guildford lo había traído al pueblo, listo para llevarla a Dorking a coger el primer tren a Londres. En ningún momento intentó interrumpir la actitud reflexiva de Gemma y, sin embargo, en su silencio no había huella de agravio.

La sargento miró por la ventana mientras encaraban una curva. Los árboles altos y de troncos plateados cercaban ambos lados de la carretera y las hojas titilaban y formaban remolinos en el aire parecidos a enjambres de abejas. La belleza del momento la afectó de manera inesperada -repentinamente, dulcemente- y por un momento se sintió desprotegida y transparente como una medusa.

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