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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Nkata reflexionó mientras paseaba el caramelo de un lado a otro de la boca.

– Vamos a telefonear al jefe -dijo por fin. Se acercó al escritorio de Lynley y tecleó un número de la memoria. Al cabo de un momento se produjo la conexión con el móvil de Lynley-. Espere -dijo, y tecleó otro botón del teléfono. Barbara oyó por el altavoz la agradable voz de barítono de Lynley.

– ¿Qué tenemos hasta el momento, Winnie?

Más o menos lo que le habría dicho a ella. Se levantó y caminó hacia la ventana. No había nada que ver, excepto Tower Block, por supuesto.

Winston informó a Lynley de que Nicola Maiden había abandonado la facultad de derecho, conseguido un empleo en MKR Financial Management, abandonado su piso intempestivamente, le habló sobre la pelea previa a su mudanza y sobre la amenaza de muerte oída por la casera.

– Al parecer tenía un amante en Londres -fue la réplica de Lynley- Upman nos lo ha dicho. Pero no sabíamos que había dejado la facultad.

– ¿Por qué lo mantuvo en secreto?

– Tal vez debido a su amante. -A juzgar por la voz de Lynley, Barbara supuso que estaba pasando revista a todas las posibilidades-. Debido a los planes que tenían.

– ¿Un tío casado?

– Es posible. Investiga en la empresa de gestión financiera. El hombre podría trabajar allí. -Lynley resumió la información obtenida por su cuenta-. Si el amante de Londres es un tío casado -concluyó-, que le había puesto un piso a Nicola en Fulham, no creo que ella quisiera proclamarlo por Derbyshire. A sus padres no les habría hecho ninguna gracia la noticia. Y Britton se habría puesto como una moto.

– Pero ¿qué estaba haciendo en Derbyshire? -susurró Barbara a Nkata-. Sus acciones eran contradictorias. Díselo, Winston.

Nkata asintió y alzó la mano para indicar que la había oído. Sin embargo, no contradijo las observaciones del inspector. Se limitó a tomar notas. Como conclusión a los comentarios de Lynley, le proporcionó los detalles sobre Terry Cole. Considerando su profusión y teniendo en cuenta el escaso tiempo que Nkata había pasado en la ciudad, el comentario de Lynley fue:

– Caramba, Winnie, ¿cómo te lo has montado? ¿Trabajas por telepatía?

Barbara se volvió de la ventana para atraer la atención de Nkata, pero no lo consiguió antes de que el agente hablara.

– Barb ha investigado al chico -dijo-. Fue a Battersea esta mañana. Habló con…

– ¿Havers? -La voz de Lynley se hizo más severa-. ¿Está contigo, pues?

Los hombros de Barbara se hundieron.

– Sí. Está redactando…

Lynley le interrumpió.

– ¿No me dijiste que estaba investigando las detenciones efectuadas por Maiden?

– Lo estaba haciendo, sí.

– ¿Ha concluido esa investigación, Havers?

Barbara exhaló el aliento. ¿Mentira o verdad?, se preguntó. Una mentira serviría a sus propósitos inmediatos, pero a la postre la hundiría.

– Winston sugirió que me desplazara a Battersea -dijo-. Estaba a punto de regresar al ordenador, cuando apareció con la información sobre la chica. Estaba pensando, señor, que su trabajo para Upman carece de sentido, teniendo en cuenta el hecho de que dejó la facultad y había encontrado otro empleo en Londres, del que al parecer se despidió por algún motivo. Si es que tenía otro empleo, porque aún lo hemos de verificar. En cualquier caso, si existe un amante, como usted ha dicho, y si estaba dispuesta a que la mantuviera, ¿por qué coño se pasó el verano trabajando en los Picos?

– Ha de volver al ordenador -fue la contestación de Lynley-. He hablado con Maiden, y nos ha proporcionado algunas pistas sobre el tiempo que pasó en el SO10 que conviene investigar. Apunte estos nombres y ocúpese de ellos, Havers.

Empezó a recitarlos, y los deletreó cuando fue necesario. Eran quince nombres en total.

Una vez apuntados, Barbara dijo:

– Pero, señor, ¿no cree que los asuntos de Terry Cole…?

Lo que él creía, la interrumpió Lynley, era que, como agente del SO10, Andrew Maiden habría levantado piedras y descubierto babosas, gusanos e insectos de todo tipo. Tal vez durante aquellos años de topo había establecido una relación que se había demostrado fatal al cabo del tiempo. Por lo tanto, una vez hubiera terminado Barbara de buscar a sus víctimas ansiosas de venganza más evidentes, debía leer los expedientes de nuevo, en busca de una conexión más sutil, como un sabueso decepcionado porque sus esfuerzos no fueron suficientemente recompensados por la policía.

– Pero ¿no cree…?

– Ya le he dicho lo que creo, Barbara. Le he asignado una misión y me gustaría que se ciñera a ella.

Barbara captó el mensaje.

– Señor -asintió con formalidad. Se despidió de Nkata con un gesto y se dispuso a salir del despacho. Pero no dio más de dos pasos en dirección a la puerta.

– Ve a la empresa de gestión financiera -dijo Lynley-. Voy a echar un vistazo al coche de la chica. Si podemos encontrar el busca, y si el amante le telefoneó, el número nos lo entregará en bandeja.

– De acuerdo -dijo Winston, y colgó.

Barbara volvió al despacho de Lynley, como si jamás hubiera recibido la orden de hacer otra cosa.

– Entonces, ¿quién le dijo en Islington que prefería verla muerta antes de permitir que lo hiciera? ¿El amante? ¿Su papaíto? ¿Britton? ¿Cole? ¿Upman? ¿O alguien que aún no ha salido a la luz? ¿Y a qué se refería el susodicho? ¿A ser la querida de algún pez gordo? ¿A forrarse a base de chantajear al amante? Eso siempre es bonito, ¿verdad? Montárselo con más de un hombre. ¿Qué opinas?

Nkata levantó la vista de su bloc y su mirada se desvió hacia el pasillo, del cual Barbara acababa de volver como leve desafío a las directrices de Lynley.

– Barb… -dijo con tono de reprimenda. «Ya has oído las órdenes del jefe» fue la frase no verbalizada.

– Tal vez había más rollo en MKR Financial Management. Tal vez Nicola se beneficiaba a un tío de la empresa, cuando no se tiraba al novio de los Picos y cuando el novio de Londres estaba ocupado con su mujer. Pero no creo que debamos investigar ese ángulo directamente en MKR, con todo ese follón que hay ahora sobre el acoso sexual.

Nkata no pasó por alto el plural.

– Barb -dijo, la imagen perfecta de la delicadeza y la paciencia-, el jefe ha dicho que debes volver al ordenador.

– Que le den por el culo al ordenador. No me digas que te crees el cuento de que un tipo recién puesto en libertad saldó cuentas con Maiden a base de liquidar a su hija. Eso es una estupidez, Winston. Y una pérdida de tiempo.

– Tal vez, pero cuando el inspector te dice algo, lo más sensato es obedecer. ¿De acuerdo? -Como ella no replicó, repitió-: ¿De acuerdo?

– De acuerdo, de acuerdo -suspiró Barbara. Sabía que le habían concedido una segunda oportunidad con Lynley gracias a la mediación de Winston Nkata. No deseaba que la segunda oportunidad se concretara en una larga temporada sentada ante el ordenador. Intentó llegar a un compromiso-. ¿Qué me dices de esto? Déjame ir contigo a Notting Hill, déjame trabajar contigo, y me ocuparé del ordenador cuando proceda. Te lo prometo. Te doy mi palabra de honor.

– El jefe no lo aceptará, Barb. Y se cabreará como una mona cuando se entere de lo que estás haciendo. Y entonces, ¿qué pasará?

– No se enterará. Ni tú ni yo se lo diremos. Escucha, Winston, tengo una intuición. La información que hemos obtenido está enmarañada, hace falta desenmarañarla, y yo soy una experta en eso. Necesitas mi colaboración. Aún la necesitarás más cuando consigas más detalles en MKR. Te prometo que me dejaré los ojos ante el ordenador, te lo juro, así que déjame colaborar más en el caso.

Nkata frunció el entrecejo. Barbara esperó masticando su chicle con más energía.

– ¿Cuándo lo harás, pues? -dijo él-. ¿A primera hora de la mañana? ¿Por la noche? ¿El fin de semana? ¿Cuándo?

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