El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Estaba concentrada en la redacción, a punto de llegar a los puntos más destacados de la declaración de Cilla Thompson, en relación a la paternidad de Terry Cole y su propensión a medios cuestionables de apoyo (¿CHANTAJE?, acababa de escribir a máquina), cuando Winston Nkata entró en la habitación. Estaba devorando los últimos restos de un Whopper, cuya caja tiró a la papelera. El agente se limpió las manos minuciosamente con una servilleta de papel. Luego se metió un Opal Fruit en la boca.
– La comida basura te matará -dijo Barbara con tono santurrón.
– Pero moriré sonriente -fue la réplica de Nkata. Pasó una de sus largas piernas sobre una silla y sacó su libreta encuadernada en piel mientras se sentaba. Barbara consultó el reloj y después miró a su colega.
– ¿En cuánto tiempo recorres la M1? Estás batiendo récords de velocidad desde Derbyshire, Winston.
El hombre esquivó la respuesta, lo cual ya era una respuesta en sí. Barbara se estremeció al pensar lo que diría Lynley si supiera que Nkata conducía su adorado Bentley apenas por debajo de la velocidad del sonido.
– He ido a la facultad de derecho -dijo Nkata-. El jefe me pidió que investigara las andanzas de la Maiden en la ciudad.
Barbara dejó de teclear.
– Lo dejó.
– ¿Dejó la facultad?
– Eso parece.
Nicola Maiden, dijo, había desertado de la facultad de derecho el 1 de mayo, cuando se aproximaba la época de los exámenes. Lo había hecho de una forma responsable, después de haber informado a profesores y administradores. Varios habían intentado convencerla de continuar (casi era la primera de la clase y consideraban una locura que abandonara cuando tenía asegurado un futuro triunfal en la abogacía), pero ella se había mantenido en sus trece sin perder la cortesía. Y había desaparecido.
– ¿Suspendió los exámenes? -preguntó Barbara.
– Ni siquiera se presentó. Se fue antes.
– ¿Estaba asustada? ¿Se puso nerviosa? ¿Le salió una úlcera? ¿Sufría insomnio? ¿Empollar era demasiado para ella?
– Decidió que no le gustaba el derecho, eso dijo a su tutor personal.
Había trabajado a tiempo parcial durante ocho meses en una firma de Notting Hill llamada MKR Financial Management, prosiguió Nkata. Casi todos los estudiantes de derecho hacían eso: trabajaban a tiempo parcial durante el día para pagar sus gastos, y asistían a la facultad a última hora de la tarde o por la noche. Le habían ofrecido un empleo de jornada completa en la firma de Notting Hill, y como le gustaba el trabajo había decidido aceptarlo.
– Y eso fue todo -dijo Nkata-. Nadie volvió a saber de ella en la facultad.
– Entonces ¿qué estaba haciendo en Derbyshire si trabajaba todo el día en Notting Hill? -preguntó Barbara-. ¿Se tomó unas vacaciones antes de empezar en su nuevo empleo?
– Según el jefe no, y aquí es donde las cosas empiezan a complicarse. Estuvo trabajando para un abogado durante el verano, preparándose para el futuro y todo eso. Por eso me encaminé a la facultad de derecho.
– ¿Se dedica a las finanzas en Londres pero acepta un trabajo en un bufete de Derbyshire durante el verano? -reflexionó Barbara-. Eso es nuevo para mí. ¿Sabe el inspector que dejó la facultad de derecho?
– Aún no le he llamado. Antes quería hablar contigo.
Barbara sintió una oleada de placer al escuchar el comentario. Dirigió una mirada a Nkata. Como siempre, su expresión era ingenua, plácida, perfectamente profesional.
– ¿Le telefoneamos, pues? Al inspector, quiero decir.
– Antes exprimámosnos el cerebro un poco más.
– De acuerdo. Bien, de momento olvidemos lo que estaba haciendo en Derbyshire. El trabajo en MKR Financial Management debía de proporcionarle mucho dinero, ¿verdad? De modo que ¿para qué abandonar la facultad a menos que hubiera de por medio una jugosa suma contante y sonante? ¿Qué te parece?
– De momento lo acepto.
– De acuerdo. Bien, ¿necesitaba pasta con urgencia? Y si era así, ¿por qué? ¿Iba a comprar algo muy caro? ¿Debía pagar una deuda? ¿Hacer un viaje? ¿Vivir con más desahogo? -Barbara pensó en Terry Cole y añadió, al tiempo que chasqueaba los dedos-. Ah. ¿Y si alguien la chantajeaba? ¿Alguien de Londres que se desplazó a Derbyshire para saber por qué se retrasaba el pago?
Nkata movió la mano de un lado a otro, su gesto habitual para indicar «quién sabe».
– ¿Qué hacía en MKR, concretamente?
Nkata consultó sus notas.
– Auxiliar de gestión financiera.
– ¿Auxiliar? Venga, Winston, no habría dejado la facultad de derecho por eso.
– Empezó de auxiliar en octubre del año pasado. No digo que terminara en la misma categoría.
– Pero entonces, ¿qué estaba haciendo en Derbyshire, trabajando para un abogado? ¿Había cambiado de opinión respecto a la abogacía? ¿Iba a volver?
– Si lo hizo, nunca informó a la facultad.
– Humm. Suena raro. -Mientras reflexionaba sobre las aparentes contradicciones del comportamiento de la muchacha, Barbara sacó el paquete de Players-. ¿Te importa que fume, Winnie?
– Siempre lejos del alcance de mis pulmones.
Barbara suspiró y se conformó con una pastilla de Juicy Fruit, que encontró en el bolso pegada al resguardo de una entrada del cine del barrio. Despegó los restos de cartón y se metió el chicle en la boca.
– Muy bien. ¿Qué más sabemos?
– Dejó su piso.
– ¿Y por qué no, si iba a pasar el verano en Derbyshire?
– De forma permanente, quiero decir. Al igual que dejó la facultad.
– Vale, pero no me parece muy importante.
– Espera un momento. -Nkata sacó del bolsillo otro Opal Fruit y se lo metió en la boca-. La facultad tenía su dirección, ésta es la antigua, y fui allí para hablar con la casera. Está en Islington. Era un estudio con una pieza única.
– ¿Y? -le alentó Barbara.
– Dejó la casa, la chica, no la casera, cuando abandonó la facultad. Fue el diez de mayo. No avisó. Recogió sus cosas, dejó una dirección de Fulham para que le enviaran el correo y se esfumó. A la casera no le hizo ninguna gracia. Tampoco le hizo ninguna gracia la trifulca. -Nkata sonrió al anunciar esta última información.
Barbara reaccionó a la forma en que su colega le había transmitido los datos recogidos agitando un dedo ante sus narices.
– Rata sarnosa. Dime el resto, Winston.
Nkata lanzó una risita.
– Un tío y ella. Se enzarzaron como irlandeses en las conversaciones de paz, dijo la casera. Fue el nueve.
– ¿El día antes de su mudanza?
– Justo.
– ¿Violencia?
– No, solo gritos. Y palabrotas.
– ¿Algo que nos sirva?
– El tío dijo: «No lo harás. Te veré muerta antes de permitir que lo hagas.»
– Muy bonito. Así pues, ¿tenemos una descripción del tipo? -La expresión de Nkata fue suficiente-. Mierda.
– Pero es algo a tener en cuenta.
– Tal vez sí. O tal vez no. -Barbara repasó lo que Nkata le había contado antes-. Pero si dejó el piso después de la amenaza, ¿por qué se produjo el asesinato tanto tiempo después?
– Si se mudó de la casa de Fulham y abandonó la ciudad, tuvo que seguirle la pista -indicó Nkata-. ¿Qué has conseguido por aquí?
Barbara le contó sus conversaciones con la señora Baden y Cilla Thompson. Se concentró en la fuente de ingresos de Terry y en las descripciones contradictorias del joven proporcionadas por su compañera de piso y su casera.
– Cilla dijo que nunca vendió una mierda, y que no era probable que lo hiciera, y le doy la razón. Pero entonces ¿de qué vivía?