Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– Grupo de guardacostas de los cayos de Florida, grupo de guarda costas de los cayos de Florida, aquí el barco Faith. ¿Me reciben? Cambio.
Nada.
– Max, cuando nos rescaten, por favor, no me dejes.
Max no podía prometerle eso.
– ¿Max? -Lola levantó la cabeza y la miró.
Por primera vez, Max no hizo una promesa que no podía cumplir. Un crujido procedente de la radio le evitó responder. Se oyó la voz de un guardacostas.
– Faith. Guardacostas. Roger, Skipper, por favor, comunique su poción, cambio.
Max se quedó quieto y admiró el hermoso rostro de Lola Carlyle. Luego se acercó el micrófono y dio el primer paso hacia casa y hacia una vida sin ella.
CAPÍTULO 11
Lola llegó al Hospital Central de los Cayos de Florida aproximadamente a las dos de la madrugada. Era la primera vez en muchos días que sabía qué hora era. Le asignaron una habitación individual para que estuviera en observación durante la noche. Sentía los brazos y las piernas muy pesados y no podía levantarlos. Se preguntó por qué no se moría de ganas de saltar de alegría. Había estado esperando ese momento desde el sábado por la noche. Había pasado un infierno, había tenido que luchar para sobrevivir, y ahora no sentía más que aturdimiento. En esos momentos, tenía insensible algo más que las puntas de los dedos de las manos y de los pies.
Un estado letárgico se había apoderado de ella desde el momento en que ella y Max habían empezado a alejarse de la isla, y ese estado había ido empeorando cada hora. Pensó que debía de estar relacionado con la adrenalina que había consumido todas sus energías. Además, sólo había disfrutado de una comida decente en varios días.
No estaba segura de cuánto tiempo habían estado a bordo de la lancha de los traficantes de droga, pero cuando ella y Max subieron al bote de los guardacostas, el médico de a bordo la había examinado y le había diagnosticado hipotermia, deshidratación y agotamiento. El agotamiento era algo que ella misma podría haberse diagnosticado. Eso era fácil de detectar, pero la hipotermia y la deshidratación la habían sorprendido. En especial la deshidratación, porque todavía tenía el sujetador y las bragas empapados.
Le habían puesto el gota a gota y la habían obligado a quedarse tumbada en la enfermería. Mientras, Max había estado charlando con el comandante en algún lugar del puente. Se había quedado sola, pero por lo menos tenía a Baby consigo.
Cuando llegaron al puesto de guardacostas, Lola se sentía peor. Estaba tan cansada que le costaba pensar. Una ambulancia la esperaba, y la trasladaron hasta allí en una camilla, todavía envuelta en la manta que Max le había dado.
Alguien le quitó a Baby de los brazos y Lola rogó que lo dejaran con ella, pero fue en vano. Le aseguraron que le darían comida, bebida y una excelente atención médica en el centro de acogida de animales local.
Max habría podido hacer algo para que no se llevasen a Baby de su lado. Podría haberlos intimidado con la mirada, simplemente, pero Lola no veía a Max por ninguna parte. Se sentía extremadamente débil y desorientada y, aunque veía todo la que ocurría alrededor, era incapaz de encontrarle sentido.
Se fijó en el personal militar y médico, pero nada de lo que veía le resultaba familiar. Dirigió la vista más allá de las luces que iluminaban las instalaciones buscando a Max, ya que no podía controlar nada de la que le sucedía. Estaba segura de que si lo encontraba, él lo arreglaría todo. Pero no lo veía por ninguna parte.
Al fin, mientras la subían a la ambulancia, Lola distinguió a Max. Este le dirigió un rápido gesto de despedida y subió a un coche que le estaba esperando. Desapareció tras unas ventanillas oscuras y, luego, se marchó. Lola sintió un pánico inesperado en la boca del estómago y se dijo a sí misma que todo iba bien. Ahora se encontraba a salvo y no dependía de Max. Ya no lo necesitaba.
Entonces ¿por qué se sentía así? Incluso ahora, que estaba en un cómodo hospital y en una cálida cama, ¿por qué sentía que la necesitaba tanto?
– ¿Cómo se encuentra? -Una enfermera con una bata malva y turquesa le tomó el pulso.
«Confundida», pensó.
– Cansada -respondió y, mientras se rascaba el cuello añadió-: Y devorada por los bichos.
– Le traeré un poco de calamina -le dijo la enfermera y le soltó la muñeca.
Poco después de su llegada al hospital, habían avisado a sus padres y le habían comunicado que éstos se encontraban ya en camino hacia Florida.
– Podré irme cuando mis padres lleguen, ¿verdad?
– Eso tendrá que preguntárselo al médico. -La enfermera anotó algo en el informe de Lola- La cocina está cerrada, pero tenemos algo para picar en la nevera del fondo del pasillo. Si tiene hambre, tenemos pudin y zumos.
La confusión y el hambre le hicieron recordar que en los últimos días sólo había comido un poco de queso con galletas saladas. Tenía las manos y los pies fríos y sentía un vacío por dentro, como si fuera a desmayarse. No era en absoluto una sensación nueva, pero por primera vez en mucho tiempo oyó esa voz íntima y familiar que le decía que si no comía esa noche habría perdido un kilo al día siguiente.
– En realidad me muero de hambre, así que comeré la que haya.
– Voy a ver qué encuentro. -La enfermera sonrió y se giró hacia la puerta.
– ¿Hay alguien esperando para visitarme? -le preguntó Lola antes de que saliera.
La enfermera asomó la cabeza por la puerta y miró en ambas direcciones.
– No. Antes había un sheriff, pero parece que se ha marchado.
Lola sabía a quién se refería. Ese hombre había querido hacerle unas preguntas sobre lo ocurrido durante los últimos días, pero ella la había aplazado hasta la mañana siguiente. Al principio él había insistido, pero al final se había dado por vencido. Lola supuso que el hombre había cedido porque su aspecto era fiel reflejo de su malestar, pero le daba igual. Estaba cansada de verdad, pero por encima de su agotamiento, quería hablar con Max antes de declarar nada.
– ¿Ha visto a un hombre alto con un ojo morado y el pelo negro?
– No, creo que me acordaría de alguien así -contestó la enfermera y abandonó la habitación, haciendo rechinar la suela de goma de los zuecos sobre el suelo de linóleo a cada paso.
Lola se rascó una picadura de insecto que tenía en el cuello y luego el dorso de la mano, donde tenía la aguja del gota a gota. La enfermera le trajo una sopa de verduras, un trozo de pan, un poco de pastel y una Coca Cola. Después de comer, apartó la bandeja y pensó en Max. Se preguntaba adonde lo habrían llevado y cuándo volvería a verlo. No tenía la menor duda de que él le haría una visita antes de que se fuera del estado. Habían pasado demasiadas cosas juntos como para que se marchara sin decirle nada. Él le había salvado la vida y, además, habían hecho el amor. Y sí, Lola sabía que eso no había sido una muestra de amor para ninguno de los dos pero había sido una comunicación íntima de la que nunca se arrepentiría. Y de la que nunca se olvidaría, sobre todo porque había sido el único hombre a quien le había rogado que se acostara con ella. Bueno, quizá no rogado, pero sí había tenido que convencerlo.
Lola intentó permanecer despierta por si él venía, pero el agotamiento pudo con ella. Soñó que iba al centro de acogida de animales a recoger a Baby y que ambos quedaban atrapados allí. En ese sueño, Lola aporreaba la puerta del centro y llamaba a Max, pero éste no acudía. La despertó una suave y familiar voz con acento sureño:
– ¿Lola Faith?
Lola abrió los párpados y miró a los pies de la cama. Vio los ojos hinchados de su padre. Los tenía rojos y húmedos, como si llevase días sin dormir. Tenía las mejillas pálidas y las arrugas de la frente más pronunciadas.