En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
– Mi señora.
Retrocedió y Habondia le imitó.
– Mi señora -dijo casi con reverencia-, perdonad que haya sido la encargada de causaros dolor.
Geraldine, que sin duda era la jefa del grupo, me dedicó una reverencia y besó mi mano con fervor.
– Mi señora -dijo-, siempre estaréis a salvo aquí, con nosotros. Hemos jurado protegeros.
– ¿Qué sois? -pregunté asombrada-. ¿Sois brujas o cristianas?
Geraldine me dedicó una amplia sonrisa.
– Tal vez ni una cosa ni otra, mi señora. Tal vez las dos. Tal vez seamos mujeres, salvo nuestro valeroso obispo, pero no somos menos caballeros templarios.
Con un veloz movimiento, sacó de debajo del hábito y la toca un collar del cual colgaba un disco brillante, con estrellas y una inscripción en hebreo: un Sello de Salomón de oro.
– Lo más importante que debéis aprender ahora -dijo Geraldine, después de que el obispo y Habondia se marcharan-, es quién sois. Quizá sabéis algo. Quizá vuestra abuela os contó la historia tal como ella la aprendió de su maestra. Quizá no. Pero de niña, y después de joven, fuisteis a misa, y oísteis al sacerdote contar la historia de Dios hecho hombre.
»Permitidme que os cuente otra historia, igual de antigua, o quizá más, de una niña que se convirtió en mujer. Vivía junto a un lago llamado Galilea, en un país donde rugían los leones. Su nombre, Magdalena, significaba "torre de vigilancia", y los que la conocían de niña sabían que había recibido su nombre por la ciudad de donde procedía. Pero los que la amaban como mujer sabían que era debido a que su Visión era mucho más profunda que la de los demás.
»Y ella sabía quién era Dios hecho carne, porque ella, la Diosa, era su igual. Juntos, eran el Padre y la Madre de la Raza. Compartían un único destino: ayudar a la humanidad, enseñar compasión, guiar a quienes compartían su sangre y talentos para hacer lo mismo. Pero el peligro no tardó en acecharles, pues había quien sentía celos de su Poder y de su influencia sobre la gente. La maldad alzó la cabeza y declaró profano lo que habían declarado santo, con el objetivo de destruirles a ambos.
»Mi misión es advertiros de este mal, que ha robado la magia más elevada, e incluso ahora la utiliza con un fin perverso a fin de impediros que encontréis vuestro destino conjunto; y enseñaros a descubrir y perfeccionar los poderes que ya poseéis.
»Generación tras generación, la pauta se repite: los dos han de encontrarse mutuamente y unirse con un solo propósito, y derrotar así a la maldad que maquina contra ellos. A lo largo de las pasadas generaciones, vuestro Enemigo ha adquirido mayor fuerza porque algunos de los que poseían sangre santa y poderes santos se han visto atraídos hacia el mal. El peligro que afrontáis es muy grave. Porque ahora os enfrentáis a algo más que vuestra muerte, la destrucción de toda nuestra raza, para que los habitantes de la tierra se queden sin ayuda, atrapados en un presente y futuro contaminado de guerras y odio.
– ¿Todas las que vivís aquí sois templarias? -pregunté asombrada.
Ella sonrió.
– En efecto, mi señora. Es cierto que las mujeres no esgrimimos espadas ni lanzas. Nuestras batallas se dirimen en un reino diferente. Por otra parte, al ser hembras, no habríamos podido pertenecer a la Orden de los Caballeros del Templo de Salomón, pero los hombres que, junto con. nosotras, servían al Señor y a la Señora habían formado una orden interna dentro de los templarios, y fueron perseguidos por sus creencias. Por lo tanto, acabamos considerándonos como tales, porque servíamos con ellos. Su tarea era proteger y adiestrar al Señor; la nuestra, proteger y adiestrar a la Señora. Cuando la Orden fue oficialmente destruida, y los hombres ejecutados o repelidos hacia el norte, salvo algunos cuya relación nunca fue descubierta, las mujeres nos quedamos, pues ¿quién iba a sospechar que pertenecíamos a la orden interna? Sin embargo, durante el milenio anterior a esa época, solo nos llamamos discípulas. Algunas de las que vivimos aquí poseemos sangre rica en clones, la Visión, el Toque, el Sueño, y muchas más, pero la mayoría, menos dotadas para la magia, creen y desean servir en lo que puedan. La hermana Habondia es una de ellas. Aporta sus capacidades físicas y mentales, además de, como ya habréis notado, su peculiar talento histriónico.
– Pero yo no soy diferente de vosotras -contesté-. Conocéis a la Diosa mejor que yo. Sois más poderosa que yo. Sabíais que iba a venir, y yo ni siquiera estaba segura de que no me habíais traicionado.
– No es cierto, mi señora -repuso con semblante sombrío-. Yo no poseo ni una ínfima parte de vuestro poder, mejor dicho, el poder de la Diosa. ¿Es que todavía no comprendéis lo ocurrido con la muerte de vuestra abuela, vuestra suprema iniciación?
Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero me controlé.
– Sé que… sentí la presencia de la Diosa con más fuerza que nunca. Sé que recibí el poder del Toque.
– Recibisteis mucho más que eso.
Geraldine calló. Inclinó la cabeza, de manera que el velo negro de invierno resbaló por una mejilla, hasta caer sobre su mandíbula. Sus ojos seguían clavados en mí. Al mismo tiempo, miraban más allá de mi forma física para llamar la atención sobre algo profundo y magnífico. Su expresión se suavizó, y recordé de repente la estatua de madera de María en el olivar.
– Solo ha ocurrido una vez desde que la Raza empezó. Vos, querida hermana Marie, tanto si lo creéis en el fondo de vuestro corazón como si no, aunque todavía no lo hayáis descubierto en vuestro interior, os habéis convertido en la Diosa encarnada.
14
Durante los años siguientes, fueron muchas las cosas que me explicó la hermana Geraldine. Una, que los dos medios de iniciación, es decir, de obtener el poder mágico para el bien y el mal, eran la muerte y el amor, este último interpretado por los practicantes de la magia vulgar como acto de procreación. Era cierto, admitía, que solo el acto físico lograba cierto grado de iniciación, pero la consecución del poder superior residía en un acto de compasión que trascendía a la persona, y la cópula entre el Señor y la Señora había alcanzado elevados niveles de poder en pasadas generaciones. Perdonad que hable con tanta franqueza, hermano. No era mi intención haceros ruborizar.
Lo que Noni había hecho por mí era combinar el amor abnegado con una rendición voluntaria a la muerte. Mi iniciación era doblemente poderosa. Con el objetivo, dijo Geraldine, de encontrar e iniciar con mayor potencia a mi Amado.
En primer lugar, empero, tanto yo como el señor debíamos seguir un adiestramiento y preparación especiales, pues en esta generación el peligro era especialmente grave. Hasta entonces yo sería muy vulnerable a los ataques del Enemigo.
Empezó en un Círculo con las demás hermanas de la Raza, un Círculo muy parecido al que asistí con Noni. Se invocaba la Luz, y Geraldine la absorbía con palabras muy parecidas a las utilizadas por Noni. Hebreo, explicó Geraldine más tarde, no italiano como yo creía. Pues en los días en que los templarios se vieron obligados a huir para salvar la vida, muchas brujas les acogieron, y se enseñaron mutuamente sus conocimientos de magia. Estaban los seres gigantescos de diferentes colores (los arcángeles Rafael, Miguel, Gabriel, Uriel) y las estrellas y el Círculo.
Todo esto se llevaba a cabo en el sótano, en el legado dejado por las numerosas ocasiones que Carcasona había visto invasores, un pequeño escondrijo oculto tras las murallas. Rodeadas de piedra mohosa, labrada toscamente, sin una ventana que paliara la negrura, no llevábamos herramientas ni objetos mágicos, solo una lámpara de aceite y nuestros corazones. La hermana Geraldine ni siquiera se molestaba en trazar un círculo en el suelo, pero la presencia de la Invisible era muy vivida. Yo pensaba que en la oscuridad Veíamos mejor.
En esa pequeña cámara, bajo la protección de la abadesa y mis hermanas (y la de muchas otras invisibles diseminadas en muchas ciudades y países, que asistían en espíritu más que en cuerpo), di mis primeros pasos en aprender a concentrar la Visión.