Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Entonces, supongo que celebraremos la Navidad aquí —dijo Sven.
—Con todos los parientes habituales. La casa estará llena —confirmó ella, con los labios a un centímetro de los suyos—. Tú, yo… y Bluey. ¡Abajo, Blue! —exclamó Margery. El perro, que había creído que lo llamaba para comer, se había subido a la cama de un salto y había aterrizado sobre la colcha, donde se había puesto a caminar sobre sus cuerpos entrelazados con sus patas huesudas, lamiéndoles la cara—. ¡Ay! ¡Por favor, perro! Ya está bien. Vale. Haré el café. —Margery se sentó y empujó al animal, luego se frotó los ojos para espabilarse y apartó a regañadientes la mano que se había deslizado sobre su vientre.
—¿Me estás salvando de mí mismo, pequeño Bluey? —preguntó Sven, mientras el perro se tumbaba boca arriba entre ambos, con la lengua fuera, para que le hicieran cosquillas en la barriga—. Los dos lo estáis haciendo, ¿verdad?
Margery sonrió mientras el muy tonto mimaba al perro y siguió sonriendo hasta llegar a la cocina, donde se inclinó, temblando, para encender la estufa.
—Dime una cosa —le pidió Sven, mientras se comían los huevos con las botas entrelazadas bajo la mesa—. Pasamos casi todas las noches juntos. Comemos juntos. Dormimos juntos. Sé cómo te gustan los huevos, cómo quieres de fuerte el café y que odias la nata. Sé lo caliente que quieres el agua de la bañera, que te cepillas el pelo cuarenta veces, que te lo recoges y que no vuelves a hacerle el menor caso el resto del día. Diablos, si hasta sé cómo se llaman todos tus animales, incluida esa gallina del pico romo. Minnie.
—Winnie.
—Vale. Casi todos tus animales. Así que ¿cuál es la diferencia entre vivir así y seguir haciendo lo mismo pero con un anillo en el dedo?
Margery bebió un sorbo de café.
—Dijiste que no íbamos a pasar por esto nunca más. —Intentó sonreír, pero se trataba de una advertencia velada.
—No pienso pedírtelo, te lo prometo. Pero siento curiosidad. Porque a mí no me parece que haya tanta diferencia.
Margery posó el cuchillo y el tenedor juntos sobre el plato.
—Bueno, sí es diferente. Porque ahora mismo puedo hacer lo que me plazca sin que nadie pueda impedírmelo.
—Te he dicho que eso no cambiaría. Tenía la esperanza de que, después de diez años, te hubieras dado cuenta de que soy un hombre de palabra.
—Y lo he hecho. Pero no se trata solo de disponer de libertad para actuar sin tener que pedir permiso, se trata de ser mentalmente libre. De saber que no he de rendir cuentas a nadie. Que puedo ir a donde quiera. Hacer lo que quiera. Decir lo que quiera. Te quiero, Sven, pero te quiero como una mujer libre. —Margery se inclinó hacia él y le cogió la mano—. ¿No crees que saber que estoy aquí solo porque quiero, no porque un anillo me diga que tengo que hacerlo, implica un amor mucho mayor?
—Entiendo tu razonamiento.
—¿Entonces?
—Creo… —Sven apartó su plato—. Supongo que, simplemente…, tengo miedo.
—¿De qué?
El hombre suspiró e hizo girar su mano sobre la de él.
—De que un día me digas que me vaya.
¿Cómo transmitirle lo equivocado que estaba? ¿Cómo hacerle saber que él era, en todos los sentidos, el mejor hombre que había conocido y que, durante los pocos meses que había pasado sin él, cada día había sido el más crudo de los inviernos? ¿Cómo decirle que, incluso entonces, diez años después, el mero hecho de que él posara una mano sobre su cintura hacía que algo se revolucionara y chisporroteara en su interior?
Margery se levantó de la mesa y le rodeó el cuello con los brazos, sentándose en su regazo. Luego apoyó su mejilla en la de él para susurrarle al oído:
—Nunca jamás te dejaré. Es imposible que eso suceda, señor Gustavsson. Estaré contigo día y noche, todo el tiempo que seas capaz de aguantarme. Y sabes que nunca digo nada que no piense.
Sven llegó tarde al trabajo, por supuesto. Y tuvo que esforzarse para sentirse mal por ello durante todo el día.
Una corona de acebo, una muñeca de hojas de maíz, un tarro de frutas en conserva o una pulsera de piedra pulida; a medida que la Navidad se acercaba, las muchachas regresaban a diario con algún regalito de agradecimiento de las familias a las que visitaban. Los acumulaban en la biblioteca, ya que todas coincidían en que debían darle algo a Fred Guisler por el apoyo que les había prestado durante los últimos seis meses, aunque debían reconocer que las pulseras y las muñecas probablemente estaban un poco fuera de lugar. Margery sospechaba que solo había un regalo que pudiera hacerlo feliz, y era algo que no podía pedirle a Papá Noel.
La vida de Alice, últimamente, parecía girar en torno a la biblioteca. Era extremadamente eficiente, había memorizado todas las rutas de Baileyville a Jeffersonville y nunca se negaba a hacer algún kilómetro de más si Margery se lo pedía. Era la primera en llegar por las mañanas, caminando por la carretera oscura y cubierta de escarcha, y la última en irse por las noches, tras haber estado cosiendo con determinación los libros que Sophia desarmaba y reajustaba, después de que ella se hubiera ido. Se había quedado en los huesos, sus brazos se habían vuelto musculosos, tenía la piel curtida por los largos días de exposición a los elementos y el rostro tenso, de manera que su preciosa sonrisa ya raras veces iluminaba su cara y aparecía únicamente cuando era necesario y sin extenderse a sus ojos.
—Es la muchacha más triste que he visto jamás —declaró Sophia, mientras observaba cómo Alice metía dentro la silla y volvía a salir de inmediato, en la oscuridad, para cepillar a Spirit—. Algo no va bien en esa casa. —La mujer sacudió la cabeza mientras chupaba un hilo de algodón para volver a enhebrar la aguja.
—Yo antes creía que Bennett van Cleve era el mejor partido de Baileyville —comentó Izzy—. Pero le vi volviendo de la iglesia con Alice el otro día y la trata como si tuviera chinches. Ni siquiera la coge del brazo.
—Es un cerdo —opinó Beth—. Y la condenada de Peggy Foreman está siempre pavoneándose delante de él, toda emperifollada, con sus amiguitas, intentando atraer su atención.
—¡Chist! —dijo Margery, serenamente—. No está bien chismorrear. Alice es nuestra amiga.
—Lo decía de buena fe —protestó Izzy.
—No deja de ser un chismorreo —replicó Margery, antes de mirar a Fred, que estaba concentradísimo enmarcando tres mapas de las nuevas rutas que habían inaugurado esa semana. El hombre solía quedarse hasta tarde y buscaba excusas para bajar a arreglar cosas que no necesitaban ser arregladas mucho después de haber acabado con sus caballos. Se ponía a amontonar leña para la estufa o tapaba las grietas por donde entraba el aire con algunos trapos. No hacía falta ser un genio para saber por qué.
—¿Cómo le va, Kathleen?
Kathleen Bligh se secó la frente e intentó esbozar una sonrisa.
—Bueno, vamos tirando.
La ausencia de Garrett Bligh había dejado un extraño y pesado silencio. Sobre la mesa, había una serie de cuencos y cestos llenos de comida que los vecinos les habían regalado, así como algunas tarjetas de duelo en la repisa de la chimenea. Delante de la puerta trasera, dos gallinas se acicalaban las plumas sobre un gran montón de leña que había aparecido, sin previo aviso, durante la noche. Más arriba, en la ladera, la lápida recién tallada y blanqueada destacaba entre las demás. La gente de las montañas, dijeran lo que dijeran de ella, sabía cómo cuidar de los suyos. Así que en la cabaña hacía calor y había comida lista para comer, pero el interior estaba silencioso, en el aire impertérrito flotaban motas de polvo y los niños estaban inmóviles en la cuna, abrazándose unos a otros mientras echaban la siesta de la tarde, como si todo aquel retablo doméstico se hubiera quedado suspendido en el tiempo.