La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-��Adelante!
Charlie recibi� un impulso que la hizo recorrer involuntariamente los �ltimos veinte pies, sinti�ndose como feo rat�n mec�nico, de esos que funcionan con cuerda. Charlie pens�: �Finge que te ha dado un ataque, ponte las manos en el est�mago, di que tienes apendicitis. �Chilla!� Cuando Charlie entr�, los dos hombres se pusieron, simult�neamente, en pie de un salto. El delgado se qued� junto a la mesa, pero el corpulento avanz� decidido hacia ella, y su mano derecha se engarabit� en un movimiento propio de un cangrejo, cogiendo la mano de Charlie y estrech�ndola, antes de que �sta pudiera evitarlo.
Como si Charlie hubiera tenido que desafiar incendios forestales e inundaciones para llegar hasta ellos, Kurtz exclam� en veloz tono de felicitaci�n:
�Charlie, no sabe cu�nto nos alegra que est� por fin sana y salva entre nosotros!
Teniendo todav�a la mano de Charlie fuertemente asida por la suya, de modo que el contacto entre las dos pieles resultaba totalmente contrario a cuanto Charlie hab�a previsto, Kurtz dijo:
-�Mi nombre, a falta de otro, Charlie, es Marty, y cuando Dios termin� de hacerme quedaron unas cuantas porciones sobrantes, con las que hizo a Mike, a modo de posdata. Saluda a Mike, Charlie. Y en cuanto al se�or Richthoven, dicho sea utilizando el nombre que para su mayor comodidad escogi�, aqu� presente, a quien seg�n creo usted llama Joseph, creo que no hace falta decir m�s nombres, puesto que usted misma lo bautiz�.
Joseph seguramente hab�a entrado en el cuarto sin que Charlie se diera cuenta. Charlie recorri� la estancia con la vista, y le vio ordenando unos papeles sobre una mesa plegable, apartado de todos. Sobre la mesa hab�a una peque�a l�mpara de uso individual cuya luz, semejante a la de una vela, incidi� en la cara de Joseph cuando �ste se inclin� al frente.
Charlie dijo:
-�Pues ahora podr�a volver a bautizar a ese hijo de mala madre. Charlie pens� en atacar a Joseph, tal como antes hab�a atacado a Rachel. Le bastaba con dar tres r�pidos pasos y atizarle, antes de que pudieran imped�rselo, pero advirti� que no lo conseguir�a, por lo que se content� con lanzarle una andanada de obscenos insultos que Joseph escuch� con aire de recordar algo un tanto lejano. Joseph se hab�a puesto un jersey ligero. La camisa de seda propia de director de orquesta y los gemelos de oro, como tapones de botella, hab�an desaparecido, y parec�a que jam�s hubieran existido.
Sin alzar la cabeza y mientras segu�a ordenando sus papeles, Joseph dijo:
-�Te aconsejo que por el momento te abstengas de formular juicios y dejes de soltar palabrotas. Primero escucha lo que estos dos hombres quieren decirte. Est�s en manos de buena gente. Me atrever�a a decir que est�s en manos de gente mucho mejor que aquella con la que sol�as tratar. Tienes mucho que aprender y, si la suerte te acompa�a, tambi�n tienes mucho que hacer. As� es que conserva las energ�as.
Joseph pronunci� estas �ltimas palabras como si recitara para s� una advertencia medio olvidada. Sigui� con sus papeles.
Amargamente, Charlie pens�: �No siente el menor inter�s por m�; ha entregado su carga, y la carga era yo.�
Los otros dos hombres segu�an de pie, esperando que Charlie se sentara, lo cual era propio de locos. Es una locura ser cort�s para con una muchacha que acaba de ser raptada, es una locura darle lecciones de bondad, es una locura sentarse a una mesa para charlar con quienes te acaban de raptar, despu�s de tomar un vasito de t� y de arreglarte un poco en el lavabo. De todas maneras, Charlie se sent�. Kurtz y Litvak tambi�n lo hicieron.
Mientras se enjugaba una l�grima con los nudillos de una mano, Charlie pregunt� con voz insegura:
-��Qui�n es el que dirige el juego, aqu�?
Vio una vieja cartera para documentos, de color casta�o, situada en el suelo entre los dos hombres, con la tapa abierta, aunque no por ello pudo ver el contenido. Y s�, efectivamente, los pape-les que hab�a sobre la mesa eran recortes de prensa, y a pesar de que Mike los estaba guardando en una carpeta, Charlie no tuvo dificultad alguna en reconocer que aquellos recortes hac�an referencia a su carrera art�stica.
En tono decidido, Charlie pregunt�:
-��No se han equivocado de chica, supongo? �Est�n seguros?
Dirigi� estas palabras a Litvak, suponiendo err�neamente que era el m�s influ�le de los dos, en m�ritos de su endeble aspecto f�sico. Pero, en realidad, a Charlie le importaba muy poco cu�l fuera la persona a quien se dirig�a, siempre y cuando consiguiera conservar la serenidad. Charlie a�adi�:
-�Aunque les advierto que si van en busca de los tres enmascarados que asaltaron el banco de la calle Cincuenta y dos, les dir� que se fueron en direcci�n contraria a �sta. Yo era la inocente transe�nte que tuvo un parto prematuro.
Kurtz levant� de la mesa, al mismo tiempo, sus gruesos brazos, y grit� muy complacido:
-��Charlie, s�, usted es la chica que busc�bamos! �Y tanto que s�! Kurtz dirigi� una mirada a Litvak, y luego a Joseph, en el otro extremo del cuarto. Fue una mirada ben�vola, pero duramente calculadora. Y, en el instante siguiente, Kurtz se hab�a lanzado, hablando con la fuerza animal que de tal manera hab�a avasallado a uilley y a Alexis, as� como a innumerables colaboradores ins�litos, a lo largo de su extraordinaria carrera, hablando con los mismos recios acentos euronorteamericanos, y efectuando los mismos cortantes movimientos del antebrazo.
Pero Charlie era una actriz, y su instinto profesional jam�s le hab�a hablado tan a las claras. Ni la verborrea de Kurtz, ni los actos de violencia que en ella hab�an sido perpetrados, conduci�ndola a un estado de desorientaci�n, hab�an oscurecido sus matizadas percepciones de lo que en aquellos momentos ocurr�a en el cuarto. Charlie pens�: �Estamos en un escenario: nosotros por una parte y ellos por otra.� Mientras los j�venes centinelas se dispersaban dirigi�ndose a las tinieblas del per�metro, Charlie casi pod�a o�r el rumor de los pasos dados de puntillas de los espectadores llegados a �ltima hora en busca de sus butacas, al otro lado del tel�n. Charlie examin� el decorado, y tuvo la impresi�n de que se parec�a al dormitorio de un tirano depuesto. Los hombres que la hab�an capturado eran los luchadores por la libertad que hab�an depuesto al tirano. Detr�s de la ancha y paternal frente de Kurtz, sentado frente a ella, Charlie pudo distinguir en la mal enyesada pared la mancha de polvo que hab�a delimitado la cabecera de una desaparecida cama imperial. Detr�s del flaco Litvak colgaba un espejo con retorcida moldura dorada, estrat�gicamente situado para el mayor placer de enamorados separados. El desnudo piso de madera produc�a ecos enclaustrados, propios de un escenario. La luz pendiente del techo acentuaba las partes c�ncavas de las caras de los dos hombres, as� como la sordidez de sus ropas de luchadores clandestinos. En lugar de su lujoso traje de Madison Avenue -aunque debemos advertir que Charlie no conoc�a este t�rmino de comparaci�n-, Kurtz, ahora, luc�a una chaqueta de campa�a, del ej�rcito, carente de forma, con oscuras manchas de sudor en los sobacos, y una hilera de bol�grafos baratos en el abrochado bolsillo superior de la chaqueta, en tanto que Litvak, el intelectual del partido, iba con una camisa caqui, de mangas cortas, de las que sus delgados brazos sal�an cual peladas ramas. Sin embargo, a Charlie le bastaba con echar una ojeada a aquellos dos hombres para advertir los rasgos que compart�an con Joseph. Charlie pens�: �Han sido adiestrados a hacer lo mismo, comparten las mismas ideas y las mismas pr�cticas.� Kurtz ten�a su reloj de pulsera sobre la mesa, ante �l. Este reloj trajo a la memoria de Charlie la cantimplora de Joseph.
Dos ventanas cerradas daban a la parte delantera y otras dos ventanas igualmente cerradas daban a la parte trasera. Las puertas de doble hoja que daban a uno y otro lado tambi�n estaban cerradas, como si se temiera que Charlie intentara escapar, a pesar de que �sta sab�a, en la actualidad, que ser�a un intento vano, por cuanto, si bien los centinelas fing�an una languidez propia de simples trabajadores en un taller, Charlie hab�a ya advertido en ellos -y ten�a buenas razones- la presteza propia de los profesionales. En los m�s apartados confines del escenario ard�an cuatro enroscadas mechas contra los mosquitos, cual mechas de bomba, de lenta ombusti�n, que difund�an aroma a nuez moscada. Y a espaldas de Charlie brillaba la lamparilla de Joseph que, a pesar de todo, o quiz� debido a todo, era la �nica luz agradable.