Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Era un plan nítidamente ingenioso el trazado por Heyward, y a Alex le iba a ser difícil romperlo.
– Hay otra cosa que no he mencionado -dijo Heyward-. Ni siquiera a usted, Jerome. Puede tener peso en nuestra decisión de hoy.
Los otros le miraron con renovada curiosidad.
– Estoy esperanzado, de hecho la posibilidad es fuerte, de que pronto disfrutemos de negocios sustanciales con la Supranational Corporation. Es otro de los motivos por el que no me siento muy dispuesto a comprometer los fondos en otra parte.
– Es una noticia fantástica -dijo Orville Young.
Incluso Tom Straughan reaccionó con sorprendida aprobación.
La Supranational -o SuNatCo, como se la identificaba familiarmente en el mundo entero- era un gigante multinacional, la General Motors de las comunicaciones globales. Igualmente la SuNatCo poseía o controlaba docenas de otras compañías, relacionadas o no con su línea principal. Su prodigiosa influencia en gobiernos de todos los colores, desde las democracias hasta las dictaduras, se suponía mayor que la de cualquier otro complejo de negocios en la historia. Los observadores decían a veces que la SuNatCo tenía más poder real que muchos de los estados soberanos en los cuales operaba.
Hasta el momento la SuNatCo había confiado sus actividades bancarias en los Estados Unidos a los tres grandes bancos, el Bank of America, el First National City y el Chase Manhattan. Añadirse a este terceto exclusivo elevaría inconmensurablemente el status del First Mercantile American.
– Es una perspectiva muy seductora, Roscoe -dijo Patterton.
– Espero contar con más detalles para nuestra próxima reunión de política monetaria -añadió Roscoe-. Es posible que la Supranational quiera que abramos una línea sustancial de crédito.
Fue Tom Straughan quien les recordó:
– Todavía necesitamos votar sobre el Forum East.
– Así es -reconoció Heyward. Sonreía confiado, crecido ante la reacción provocada por su anuncio y seguro del camino que iba a tomar la decisión sobre el Forum East.
Como era previsible se dividieron en dos grupos: Alex Vandervoort y Tom Straughan se opusieron a que se cortaran los fondos, Roscoe Heyward y Orville Young estuvieron en favor del corte.
Las cabezas se volvieron hacia Jerome Patterton, que tenía el voto decisivo.
El presidente del banco vaciló sólo levemente, después anunció:
– Alex, en esto estoy con Roscoe.
2
– Quedarte aquí sentado lamentándote no te servirá de nada -declaró Margot-. Lo que tenemos que hacer es levantar el ánimo colectivo e iniciar algo.
– Podemos dinamitar ese maldito banco -sugirió alguien.
– Nada de eso. Tengo amigos allí. Además, hacer volar los bancos no es una cosa legal.
– ¿Y quién te ha dicho que debemos seguir en lo legal?
– Yo lo digo -cortó Margot-. Y si a algún tipo vivo se le ocurre otra cosa, es mejor que se busque otro portavoz y otra almohadilla.
El bufete de Margot Bracken, la noche de un jueves, era escenario de la reunión del comité ejecutivo de la Asociación de Inquilinos del Forum East. La asociación era uno de los muchos grupos dentro de la ciudad de los que Margot era asesora legal y que utilizaban su bufete para reunirse, facilidad que a veces le pagaban, aunque generalmente no era así.
Por suerte el bufete era modesto -dos cuartos en lo que había sido un almacén de barrio y algunos de los antiguos estantes de mercancías albergaban ahora libros legales. El resto del mobiliario, en su mayoría descabalado, comprendía chucherías y piezas que Margot había comprado baratas.
Caso típico de la situación general, otras dos antiguas tiendas, a ambos lados, habían sido abandonadas y alquiladas. Algún día, con suerte e iniciativa, la marea rehabilitadora del Forum East alcanzaría esa zona particular. Pero todavía no había llegado.
Aunque los acontecimientos en el Forum East les habían hecho reunirse.
Anteayer, en un anuncio público, el First Mercantile American había cambiado los rumores en hechos. La financiación de los futuros proyectos del Forum East iba a ser reducida a la mitad y hecha efectiva desde ahora.
La declaración del banco venía envuelta en jerga oficial y con frases eufemísticas, como «temporal disminución de fondos a largo plazo» y «será contemplada una periódica reconsideración», pero nadie creía esto último y todos, dentro y fuera del banco, sabían exactamente lo que la declaración significaba: el hacha.
La presente reunión era para determinar qué podía hacerse, si es que podía hacerse algo.
La palabra «inquilinos» en el nombre de la asociación, era un término amplio. Parte de los miembros eran inquilinos del Forum East; muchos otros no lo eran, pero esperaban serlo. Como había dicho Deacon Euphrates, un enorme obrero del acero, que había hablado antes:
– Hay muchos de nosotros que esperamos meternos, y que no nos meteremos si no nos dan el gran bocado.
Margot sabía que Deacon, su mujer y cinco hijos vivían en un apartamento pequeño y repleto, parte de un edificio infectado de ratas que debía haber sido demolido hacía años. Había intentado varias veces ayudarles para que alquilaran otro alojamiento, pero no lo había logrado. La esperanza en la que vivía Deacon Euphrates era la de mudarse con su familia a una de las nuevas unidades de viviendas del Forum East, pero el nombre de Euphrates estaba en la mitad de una larga lista y, si se detenía el ritmo de la construcción, era probable que permaneciera por mucho tiempo donde estaba.
El anuncio del FMA había sido también una sorpresa para Margot. Alex, estaba segura, había resistido cualquier propuesta de cortar fondos dentro del banco, pero evidentemente lo habían derrotado. Por este motivo todavía no había discutido el asunto con él. Además, cuanto menos supiera Alex de algunos planes que Margot cocía a fuego lento, tanto mejor para los dos.
– Tal como veo venir la pelota -dijo Seth Orinda, otro miembro del comité- me parece que, hagamos lo que hagamos, legal o no legal, no habrá manera, ninguna manera, de que esos bancos suelten el dinero. Es decir, si están decididos a guardarlo.
Seth Orinda era un profesor negro de colegio secundario, que ya estaba en el Forum East. Pero poseía un agudo sentido cívico y le importaban mucho los millares de personas que aguardaban fuera, esperanzados. Margot confiaba mucho en su estabilidad y ayuda.
– No esté tan seguro, Seth -contestó-. Los bancos tienen la barriga blanda. Clave un arpón en un lugar tierno y verá que pueden suceder cosas extraordinarias.
– ¿Qué clase de arpón? -preguntó Orinda-. ¿Un desfile? ¿Una huelga? ¿Una demostración?
– No -dijo Margot-, olvídese de todo eso. Es materia vieja. Ya nadie se impresiona con las demostraciones convencionales. No son más que una molestia. No consiguen nada.
Examinó el grupo que tenía ante ella en el repleto despacho, lleno de humo. Había una docena o más, blancos y negros, de variadas formas, tamaños y comportamientos. Algunos se columpiaban precariamente en desvencijadas sillas y cajones, otros estaban despatarrados en el suelo.
– Oigan todos con atención. He dicho que necesitamos hacer algo, y creo que hay un tipo de acción que puede dar resultado.
– Miss Bracken -una figurita en el fondo del cuarto se puso de pie. Era Juanita Núñez, a quien Margot había saludado al entrar.
– Escucho, mistress Núñez.
– Quiero ayudar. Pero usted ya sabe, creo, que trabajo en el FMA. Tal vez no deba oír lo que usted va a decir a los otros…
Margot dijo comprensiva:
– No, y debía haber pensado en eso en lugar de molestarla.
Hubo un murmullo general de entendimiento. Antes de que cesara, Juanita se dirigió a la puerta.