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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Alex Vandervoort no se enteró del comentario hasta la mañana del lunes, cuando su secretaria lo colocó, con un círculo en lápiz rojo, sobre su escritorio, junto con otros papeles.

En la tarde del lunes, Edwina D'Orsey telefoneó para preguntar si Alex había leído el comentario y si había algo detrás. La preocupación de Edwina no era sorprendente. Desde el comienzo del Forum East la sucursal que ella dirigía había trabajado con préstamos para la construcción, con muchas de las hipotecas involucradas y con el papeleo correspondiente. En la actualidad el proyecto representaba una parte importante de los negocios de la sucursal.

– Si hay algo en esos rumores -insistió Edwina- quiero estar enterada.

– Dentro de lo que sé -la tranquilizó Alex- nada ha cambiado.

Unos momentos más tarde tendió la mano hacia el teléfono, para averiguar la cosa con Jerome Patterton, pero cambió de idea. Las malas informaciones con respecto al Forum East no eran nada nuevo. El proyecto había generado mucha publicidad, e inevitablemente parte de esa publicidad no era exacta.

Era inútil, decidió Alex, molestar al nuevo presidente del banco con trivialidades innecesarias, especialmente cuando necesitaba el apoyo de Patterton para un proyecto mayor: la expansión en gran escala de la actividad de ahorros en el FMA, que estaba ahora a consideración del consejo rector.

De todos modos, Alex se preocupó unos días después, cuando apareció un comentario más largo, esta vez en la columna regular de noticias del diario «Times Register».

El informe decía:

Continúa la ansiedad sobre el futuro del Forum East entre crecientes rumores de que el apoyo financiero será muy pronto severamente reducido o retirado.

El proyecto del Forum East, que tiene como meta a largo plazo la total rehabilitación del centro de la ciudad tanto desde el punto de vista residencial como de los negocios, cuenta con el apoyo de un consorcio de intereses financieros encabezado por el banco First Mercantile American.

Un portavoz del First Mercantile American ha reconocido hoy los rumores pero no ha hecho comentarios, a no ser para decir: «En el momento oportuno, se hará un anuncio.» Bajo el plan del Forum East, algunas zonas residenciales del centro de la ciudad ya han sido modernizadas o reconstruidas. Un complejo residencial de apartamentos de bajo alquiler ya ha sido completado. Otro está en marcha.

Un plan principal de diez años incluye programas para mejorar las escuelas, asistir a los negocios menores, proporcionar empleo y preparación para obtener cargos, al igual que oportunidades culturales y recreo. La construcción en masa se inició hace dos años y medio, pero, hasta ahora, sólo se ha realizado en el papel.

Alex leyó la noticia por la mañana, en su apartamento, mientras desayunaba. Estaba solo, Margot hacía una semana que había salido de la ciudad por asuntos legales.

Al llegar a la Torre del FMA, convocó a Dick French. Como vicepresidente de relaciones públicas, French, un excomentarista financiero, fornido y de maneras directas, dirigía su departamento de manera notable.

– En primer lugar -preguntó Alex-: ¿quién fue el portavoz del banco?

– Fui yo -dijo French-. Y le digo desde ahora que no me gustó nada esa estupidez del «anuncio en el momento oportuno». Míster Patterton me dijo que usara esas palabras. También insistió en que no dijera nada más.

– ¿Y qué hay de más en la cosa?

– ¡Yo no sé, Alex! Evidentemente algo está pasando y, bueno o malo, cuanto antes lo saquemos a luz, mejor será.

Alex sofocó una creciente rabia.

– ¿Hay algún motivo para que no se me haya consultado sobre este asunto?

El jefe de relaciones públicas pareció sorprendido.

– Creí que le habían consultado. Cuando hablé ayer por teléfono con míster Patterton, me di cuenta de que Roscoe estaba con él, porque los oí hablar. Supuse que usted también estaba presente.

– La próxima vez -dijo Alex- no suponga nada.

Despidió a French y dio orden a su secretaria para que averiguara si Jerome Patterton estaba libre. Le informaron que el presidente todavía no había llegado al banco, pero que ya estaba en camino, y que Alex podría verlo a las 11. Alex gruñó con impaciencia, y volvió a su trabajo sobre el programa de expansión de los ahorros.

A las 11, Alex caminó los escasos metros que lo separaban de las oficinas de la presidencia -dos habitaciones de la esquina-, cada una con vista sobre la ciudad. Desde que el nuevo presidente se había hecho cargo, la segunda habitación generalmente tenía la puerta cerrada y los visitantes no eran invitados a pasar. Entre las secretarias corría el comentario de que Patterton hacía esto para ponerlos en la «amansadora».

El brillante sol de un cielo invernal sin nubes resplandecía desde las amplias ventanas sobre la cabeza rosada y casi sin pelo de Jerome Patterton. Sentado tras un escritorio, llevaba un traje ligero con diseños, un cambio en lugar de sus acostumbrados trajes de lana. Un periódico doblado ante él señalaba el comentario que había traído aquí a Alex.

En un sofá, en la sombra, estaba Roscoe Heyward.

Los tres se dieron los buenos días.

Patterton dijo:

– He pedido a Roscoe que se quede porque creo tener idea del motivo que le trae a usted aquí -tocó el periódico-. Usted ha visto eso, lógicamente.

– Lo he visto -dijo Alex-. También he hablado con Dick French. Me ha dicho que Roscoe y usted discutieron ayer los comentarios de prensa. Por eso la primera pregunta que hago es: ¿por qué no he sido informado? Lo del Forum East me concierne tanto como a cualquier otro.

– Se le hubiera informado, Alex -Jerome Patterton pareció incómodo-. La verdad es que nos aturrullamos un poco cuando las llamadas de la prensa demostraban que se ha deslizado algo…

– Se ha deslizado… ¿qué?

Fue Heyward quien contestó:

– Algo sobre una propuesta que presentaré ante el comité de política monetaria el próximo lunes. Sugiero reducir en un cincuenta por ciento el compromiso actual del banco con el Forum East.

En vista de los rumores que habían salido a la superficie, la confirmación no era sorprendente. Lo que sorprendió a Alex fue la cantidad del corte propuesto.

Se dirigió a Patterton.

– Jerome: ¿debo entender que está usted a favor de esta increíble locura?

El rubor cubrió la cara del presidente y su cabeza en forma de huevo.

– No es verdad ni mentira. Reservo mi juicio hasta el lunes. Lo que Roscoe ha estado haciendo aquí… ayer y hoy… son algunos cabildeos por adelantado.

– Exacto -añadió Heyward con blandura-. Es una táctica enteramente legítima, Alex. En caso de que usted objete, permítame que le recuerde que en muchas ocasiones presentó usted a Ben sus ideas antes de las reuniones de política monetaria.

– Si lo he hecho -dijo Alex-, es porque me parecían más sensatas que este proyecto.

– Esa, naturalmente, es su opinión.

– No sólo la mía. Muchos la comparten.

Heyward no se inmutó.

– Mi opinión personal es que podemos poner el dinero del banco en un uso sustancialmente mejor -se volvió hacia Patterton-. A propósito, Jerome, esos rumores que están circulando pueden sernos útiles si la propuesta de una reducción es aceptada. Por lo menos la decisión no cogerá a nadie de sorpresa.

– Si usted lo ve así -dijo Alex- es porque probablemente es usted quien ha hecho correr los rumores.

– Le aseguro que no es así.

– ¿Entonces cómo los explica?

Heyward se encogió de hombros.

– Pura coincidencia, supongo.

Alex se preguntó: ¿era coincidencia? ¿O bien alguien cerca de Roscoe Heyward había soltado un globo de prueba por cuenta de él? Sí. Probablemente Harold Austin, el Honorable Harold, quien, como jefe de una agencia de publicidad, tenía muchos contactos con la prensa. Era poco verosímil, sin embargo, que nadie lo pudiera probar nunca.

Jerome Patterton levantó las manos.

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