Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Les ruego, a los dos, que ahorren las discusiones hasta el lunes. Entonces lo analizaremos todo.
– No nos engañemos -insistió Alex Vandervoort-. El punto que decidimos hoy es: ¿cuánto beneficio es razonable y cuánto es excesivo?
Roscoe Heyward sonrió:
– Francamente, Alex, nunca me ha parecido que ningún beneficio sea excesivo.
– Tampoco me lo parece a mí -interrumpió Straughan-. Reconozco, sin embargo, que lograr un beneficio excepcionalmente alto es a veces indiscreto y puede acarrear molestias. Se sabe y es criticado. Al final del año financiero tenemos que publicarlo.
– Y es otro de los motivos -añadió Alex- por lo cual debemos lograr un equilibrio entre lograr beneficios y servir a la comunidad.
– Los beneficios sirven a nuestros accionistas -dijo Heyward-. Es esa clase de servicio la que es primordial para mí.
El comité de política monetaria del banco estaba reunido en una sala de conferencias de ejecutivos. El comité, que contaba con cuatro miembros, se reunía todos los lunes por la mañana, bajo la presidencia de Roscoe Heyward. Los otros miembros eran Alex y dos vicepresidentes efectivos, Straughan y Orville Young.
El propósito del comité era decidir los usos que podían darse a los fondos del banco. Las decisiones mayores eran luego referidas a la Dirección para su confirmación, aunque la Dirección rara vez cambiaba lo que el comité había recomendado.
Las sumas individuales aquí discutidas rara vez bajaban de las decenas de millones.
El presidente del banco asistía, ex-officio, a las reuniones más importantes del comité, aunque votaba sólo cuando era necesario para lograr un desempate. Jerome Patterton estaba hoy presente, aunque, hasta el momento, no había participado en la discusión.
Se debatía la propuesta de Roscoe Heyward de un drástico corte en la financiación del Forum East.
En los próximos meses, si el Forum East iba a continuar según estaba programado, se requerirían nuevos préstamos para la construcción y fondos para hipotecas. La participación del First Mercantile American en esa financiación debía ser de unos cincuenta millones de dólares. Heyward había propuesto reducir dicha cantidad a la mitad.
Ya había señalado:
– Debemos dejar en claro para todos los interesados que no abandonamos el Forum East y que no tenemos intención de hacerlo. La explicación que daremos es simplemente que, en vista de otros compromisos, hemos ajustado la fluencia de fondos. El proyecto no se detendrá. Simplemente marchará más lentamente de lo que se había planeado.
– Si se mira desde el punto de vista de la necesidad -protestó Alex- el progreso ya es más lento de lo que debía ser. Demorarlo es lo peor que podemos hacer, en todos los sentidos.
– Veo la cosa en términos de necesidad -dijo Heyward-. Las necesidades del banco.
La respuesta fue desusadamente tajante, pensó Alex, quizá porque Heyward confiaba en que la decisión iba a ser la que él quería. Alex estaba seguro de que Tom Straughan iba a unirse a él para oponerse a Heyward. Straughan era el principal economista del banco -joven, estudioso, con un amplio margen de intereses- a quien Alex personalmente había promovido sobre las cabezas de los otros.
Pero Orville Young, tesorero del First Mercantile American, era hombre de Heyward y sin duda alguna iba a votar con él.
En el FMA, como en cualquier banco importante, las verdaderas líneas de poder rara vez aparecían reflejadas en los planes de organización. La verdadera autoridad fluía de lado o daba vueltas, dependía de las lealtades de unos individuos hacia otros, de manera que los que preferían no mezclarse en las luchas por el poder eran dados de lado o quedaban anclados en el puerto.
La lucha de poder entre Alex Vandervoort y Roscoe Heyward era bien conocida. Debido a esto algunos ejecutivos del FMA habían tomado partido, y puesto sus esperanzas de adelanto en la victoria de uno u otro adversario. La división era también evidente en la línea del comité de política monetaria.
Alex argumentó:
– Las ganancias del año pasado fueron del trece por ciento. Eso es muy bueno para los negocios, como todos sabemos. Este año las perspectivas son todavía mejores… un quince por ciento en las inversiones, quizás un dieciséis. Pero: ¿conviene luchar para conseguir más?
El tesorero, Orville Young, preguntó:
– ¿Por qué no?
– Ya he contestado eso -retrucó Straughan-. Es de visión corta.
– Recordemos una cosa -urgió Alex-. En el negocio bancario no es difícil hacer grandes beneficios, y si un banco no los logra es porque está manejado por imbéciles. En muchos sentidos las cartas están a nuestro favor. Tenemos oportunidades, nuestra propia experiencia y razonables leyes bancarias. Lo último es quizá lo más importante. Pero las leyes no siempre serán tan razonables… es decir, si seguimos abusando de la situación y abdicando la responsabilidad ante la comunidad.
– No veo que seguir en el Forum East sea abdicar -dijo Roscoe Heyward-. Incluso después de la reducción que propongo, estaremos sustancialmente comprometidos.
– ¡Qué sustancialmente ni qué diablos! ¡Será una contribución mínima, como han sido siempre mínimas las contribuciones sociales de los bancos norteamericanos! En la financiación de las viviendas de bajo alquiler, lo que puede presentar este banco y cualquier otro es espantoso. ¿Para qué engañarnos? Durante generaciones los bancos han ignorado los problemas públicos. Incluso ahora hacemos el mínimo de lo que podemos…
El economista jefe, Straughan, revolvió unos papeles y consultó algunas notas escritas a mano.
– Quiero sacar el tema de las hipotecas de casas, Roscoe. Y ahora que Alex lo ha hecho, comunico que sólo el veinticinco por ciento de nuestros depósitos de ahorros están invertidos en préstamos hipotecarios. Es bajo. Podríamos aumentar al cincuenta por ciento, sin dañar la liquidez. Creo que deberíamos hacerlo.
– Apruebo eso -dijo Alex-. Nuestros gerentes de sucursales están pidiendo dinero para hipotecas. El porcentaje en las inversiones es bueno. Sabemos, por experiencia, que el riesgo que se corre con las hipotecas es insignificante.
Orville Young objetó:
– Pero ata el dinero durante largo tiempo, y es un dinero con el cual podríamos ganar promedios más elevados en otra cosa.
Alex, impaciente, golpeó con la palma de la mano la mesa de conferencias.
– Por una vez tenemos la obligación pública de aceptar promedios bajos. Éste es el punto en que insisto. Por eso protesto de que nos escabullamos tajantemente del Forum East.
– Hay otro motivo -añadió Tom Straughan-. Alex ya lo ha mencionado: la legislación. Hay rumores en el Congreso. Muchos querrían una ley similar a la de México… el requerimiento de un porcentaje fijo de los depósitos bancarios para ser usado en la financiación de viviendas de bajo alquiler.
Heyward se burló:
– Nunca dejaremos que pase. El grupo bancario es el más fuerte en Washington.
El economista jefe movió la cabeza.
– Yo no contaría con eso.
– Tom -dijo Roscoe Heyward-, le haré una promesa. De aquí a un año echaremos una nueva mirada a las hipotecas, y tal vez hagamos lo que usted defiende; tal vez volvamos a abrir el Forum East. Pero no este año. Quiero que éste sea un año de ganancias colosales -miró hacia el presidente del banco, que todavía no había participado en la discusión-. Y Jerome también lo quiere.
Por primera vez Alex percibió la estrategia de Heyward. Un año de excepcionales beneficios para el banco convertiría a Jerome Patterton, como presidente, en un héroe para los accionistas y directores. Todo lo que Patterton tenía era un año de reinado al final de una carrera mediocre, pero se retiraría con gloria y con el sonido de las trompetas. Y Patterton era humano. Por lo tanto era comprensible que la idea le atrajera.
La historia posterior era igualmente fácil de adivinar. Jerome Patterton, agradecido a Roscoe Heyward, iba a promover la idea de que éste fuera su sucesor. Y, debido a aquel año ganancioso, Patterton estaría en posición fuerte para realizar sus deseos.