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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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El juicio era ante el honorable juez Winslow Underwood, acompañado de un jurado.

Por consejo del abogado -un joven bien intencionado pero sin experiencia, nombrado por el tribunal cuando se demostró que los recursos personales de Eastin eran nulos- se inició una defensa basada en la no culpabilidad. Pero el consejo resultó ser malo. Un abogado de más experiencia, ante la cantidad de pruebas, hubiera reconocido la culpa, y tal vez hubiera llegado a un acuerdo con el acusador, antes de permitir que ciertos detalles -principalmente la tentativa de Eastin de acusar a Juanita Núñez- fueran revelados ante el tribunal.

Pero, tal como estaban las cosas, todo salió a la luz.

Edwina D'Orsey testimonió, al igual que Tottenhoe, Gayne, de la auditoría central, y otro colega auditor. El agente especial del FBI, Innes, presentó como prueba el reconocimiento de culpa firmado por Miles Eastin en lo referente al robo de caja, hecho en el cuartel general local del FBI después de la confesión que Nolan Wainwright le había arrancado en su apartamento.

Dos semanas antes del juicio, al descubrirse los procedimientos, el abogado defensor objetó el documento del FBI, e hizo una moción para que fuera retirado de la evidencia. La moción fue negada. El juez Underwood señaló que, antes de que Eastin hiciera la declaración, había sido adecuadamente alertado sobre sus derechos legales, en presencia de testigos.

La primera confesión obtenida por Nolan Wainwright, cuya legalidad hubiera podido ser rechazada más efectivamente, no era necesaria y, por lo tanto, no fue presentada.

Ver a Miles Eastin ante el tribunal deprimió a Edwina. Estaba pálido y consumido, con ojeras oscuras bordeándole los ojos. Su acostumbrada alegría había desaparecido y, en contraste con la meticulosidad inmaculada que ella recordaba, tenía el traje arrugado y el pelo revuelto. Parecía haber envejecido desde la noche de la visita de los auditores.

El testimonio de Edwina fue breve y circunstancial y lo dijo directamente. Mientras era suavemente interrogada por el abogado defensor, ella había mirado varias veces hacia Miles Eastin, pero él tenía la cabeza baja y evitó su mirada.

También testigo de la acusación -aunque de mala gana- fue Juanita Núñez. Estaba nerviosa y al tribunal le costó trabajo oírla. En dos ocasiones intervino el juez para pedir a Juanita que levantara la voz, aunque lo hizo de manera afable y gentil ya que, para entonces, su inocencia en todo el asunto había quedado demostrada.

Juanita no mostró rencor hacia Eastin al testimoniar, y sus respuestas fueron breves, de manera que el acusador tuvo que presionarla constantemente para que las ampliara. Era evidente que lo único que ella deseaba era terminar cuanto antes.

El defensor, con una sabia decisión tardía, rechazó el derecho a interrogarla.

Fue inmediatamente después de la declaración de Juanita cuando el defensor, tras consultar entre dientes con su cliente, pidió autorización para acercarse a la tribuna. El permiso fue otorgado. El acusador, el juez y el defensor se entregaron entonces a un coloquio en voz baja, durante el cual el último pidió autorización para cambiar la defensa original de Miles Eastin de «no culpable» por la de «culpable».

El juez Underwood, un patriarca de voz apacible, pero hecho de un acero que no estaba muy lejos de la superficie, examinó a ambos abogados y habló también en voz baja, de manera que el jurado no pudiera oír.

– Está bien, se reconocerá el cargo de «culpable» si el acusado así lo desea. Pero debo comunicar al abogado defensor que, al punto que hemos llegado, ese reconocimiento representa poca o ninguna diferencia.

Haciendo que el jurado evacuara el tribunal, el juez interrogó a Eastin, confirmó que el acusado deseaba cambiar la defensa y que comprendía las consecuencias. A todas las preguntas el prisionero contestó pesadamente:

– Sí, excelencia.

El juez volvió a llamar al jurado a la sala y lo despidió.

Tras un ardiente discurso del joven abogado defensor, pidiendo clemencia, donde incluso recordó que su cliente no tenía antecedentes criminales, Miles Eastin fue entregado a la custodia para ser sentenciado la semana siguiente.

Nolan Wainwright, aunque no había sido llamado a testimoniar, había estado presente en todas las actuaciones del tribunal. Cuando el ujier convocó para el caso siguiente y el contingente de testigos del banco salió del salón, el jefe de Seguridad se puso junto a Juanita.

– Mistress Núñez: ¿podría hablar unos minutos con usted?

Ella le miró con una mezcla de hostilidad e indiferencia, después movió la cabeza.

– Todo ha terminado. Además, tengo que volver al trabajo.

Cuando salieron del edificio del Tribunal Federal, situado sólo a unas manzanas de la Torre Central del FMA y de la sucursal, él insistió:

– ¿Va usted caminando hasta el banco? ¿En seguida?

Ella asintió:

– Por favor: me gustaría caminar con usted.

Juanita se encogió de hombros.

– Si quiere…

Wainwright observó que Edwina D'Orsey, Tottenhoe y los dos auditores, que también se dirigían al banco, cruzaban una esquina. Deliberadamente se demoró, dejando pasar una luz verde que daba paso a los transeúntes, para que los otros siguieran adelante.

– Mire -dijo Wainwright-, si hay algo que siempre me ha sido difícil es pedir perdón.

Juanita dijo con sequedad:

– ¿Por qué se preocupa? Es sólo una palabra, que no significa mucho.

– Porque quiero decirla. Y le pido perdón… a usted. Perdón. Por las molestias que le causé, por no creer que usted decía la verdad cuando la decía y necesitaba que alguien la ayudara.

– ¿Y ahora se siente mejor? ¿Ya se ha tragado la aspirina? ¿Se le pasó el dolor?

– Usted no facilita las cosas.

Ella se detuvo.

– ¿Acaso las facilitó usted? -La carita de elfo estaba levantada, sus oscuros ojos enfrentaron los de él, y por primera vez, él sintió por debajo de ella una corriente de fuerza y de independencia. También, sorprendido, sintió que era consciente de ella sexualmente, y con fuerza.

– No, no las facilité. Por eso quiero ayudarla ahora, si es que puedo.

– ¿Ayudarme en qué?

– Para que consiga que su marido le pase alimentos y dinero para mantener a su hija -le habló de las averiguaciones del FBI respecto a su marido ausente, Carlos, y de cómo le habían encontrado en Phoenix, Arizona.

– Trabaja allí como mecánico en motores y evidentemente está ganando dinero.

– Entonces me alegro por Carlos.

– Lo que estaba pensando -dijo Wainwright- es que debería usted consultar a uno de los abogados del banco. Yo podría arreglar eso. El abogado le aconsejará sin duda que inicie juicio a su marido y después yo me encargo de que no le cobren a usted los honorarios.

– ¿Y por qué va a hacer eso?

– Es algo que le debemos.

Ella movió la cabeza.

– No.

Él se preguntó si ella había entendido bien.

– Eso significa -dijo Wainwright- que habría una orden del tribunal y que su marido le mandaría dinero para el mantenimiento de su hijita.

– ¿Y acaso eso podrá convertir a Carlos en un hombre?

– ¿Y eso importa?

– Importa que no lo obliguen. Él sabe que yo estoy aquí y que Estela está conmigo. Si Carlos quisiera mandarnos dinero, lo mandaría. Si no, ¿para qué? -añadió suavemente.

Era como un combate de esgrima entre las sombras. Él dijo exasperado:

– Nunca la podré entender.

Inesperadamente Juanita sonrió.

– No es necesario que me entienda.

Caminaron la escasa distancia hasta el banco en silencio, mientras Wainwright calmaba su frustración. Hubiera deseado que ella le diera las gracias por su oferta; en caso de haberlo hecho la cosa hubiera significado, por lo menos, que le había tomado en serio. Procuró entender los razonamientos de ella y los valores en los que se basaba. Después de eso imaginó que ella aceptaba la vida tal como se presentaba, con suerte o con desgracia, con esperanzas que surgían o anhelos hechos trizas. En cierto modo la envidiaba y, por este motivo y por la atracción sexual que había experimentado hacía unos momentos, tuvo ganas de conocerla mejor.

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