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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Mistress Núñez -dijo Nolan Wainwright- quisiera pedirle algo.

– Diga.

– Si usted tiene un problema, un problema verdadero, algo en lo que yo pudiera ayudarla, ¿quiere usted recurrir a mí?

Era la segunda vez que le hacían esa oferta en los últimos días.

– Tal vez.

Aquella -hasta mucho tiempo después- fue la última conversación entre Wainwright y Juanita. Él sintió que había hecho todo lo que había podido, y tenía otras cosas en la mente. Una de esas cosas era un tema que había discutido con Alex Vandervoort hacía dos meses… implantar un espía encubierto para descubrir la fuente de las tarjetas de crédito falsificadas, que seguían provocando profundas heridas financieras en el sistema de tarjetas clave.

Wainwright había descubierto a un expresidiario, conocido como «Vic», que estaba dispuesto a correr el considerable peligro que suponía a cambio de dinero. Habían tenido un encuentro secreto, bajo cuidadosas precauciones. Preparaban otro.

La ardiente esperanza de Wainwright era llevar ante la justicia a los falsificadores de tarjetas, como lo había hecho unos días antes con el condenado Miles Eastin.

La semana siguiente, cuando Eastin compareció una vez más ante el juez Underwood -esta vez para escuchar la sentencia- Nolan Wainwright era el único representante del First Mercantile American que estaba en el salón.

Con el prisionero de pie, de cara a la tribuna, el juez se tomó tiempo para seleccionar varios papeles y tenderlos ante sí, después miró fríamente a Eastin.

– ¿Tiene usted algo que decir?

– No, señoría -la voz era apenas perceptible.

– He recibido un informe del oficial de pruebas… -el juez Underwood hizo una pausa y recorrió uno de los papeles que había elegido antes-… a quien parece usted haber convencido de que está genuinamente arrepentido por las criminales ofensas de las que se ha reconocido culpable…- el juez articuló las palabras «genuinamente arrepentido» como si tuviera que agarrarlas con asco entre el pulgar y el índice, demostrando claramente que no era tan ingenuo como para compartir esa opinión.

Prosiguió:

– El arrepentimiento, sin embargo, sea o no genuino, no sólo es tardío para mitigar su maligna y despreciable tentativa de echar la culpa de su mala acción sobre una persona inocente y que nada sospechaba… una mujer joven… ante la que, además, era usted responsable por ser funcionario del banco y porque ella confiaba en usted como en un superior.

»En base a las pruebas es evidente que usted hubiera continuado con ese intento, hasta llegar a hacer acusar a una víctima inocente, hacerla culpar y sentenciar en su lugar. Por suerte, gracias a la vigilancia de otros eso no ocurrió. Pero no fue debido a ningún seguro pensamiento ni a un "arrepentimiento" de su parte.

Desde su asiento en la platea del tribunal, Nolan Wainwright podía ver parcialmente la cara de Eastin, que se había puesto profundamente colorada.

El juez Underwood consultó de nuevo sus papeles, después levantó la vista. Sus ojos, nuevamente, clavaron al prisionero.

– Hasta ahora he mencionado la parte de su conducta que me parece más despreciable. Está, además, la ofensa básica… haber traicionado la confianza puesta en usted como funcionario del banco, no sólo en una sino en cinco ocasiones, ampliamente separadas. Un solo caso de deshonestidad puede ser considerado como resultado de un impulso loco. Pero tal argumento no puede mantenerse en el caso de cinco robos cuidadosamente planeados y ejecutados con perversa habilidad.

»Un banco, como empresa comercial, debe esperar probidad de aquellos a quienes elige, como usted fue elegido, para un cargo de confianza excepcional. Pero un banco es algo más que una institución comercial. Es un lugar de confianza pública, y, por lo tanto, el público tiene derecho a ser protegido contra aquellos que abusan de esa confianza… los individuos como usted.»

La mirada del juez se movió hasta incluir al joven abogado defensor, que esperaba con paciencia junto a su cliente. El tono de voz en la tarima se volvió cortante y formal.

– Si este hubiera sido un caso corriente, en vista de la carencia de antecedentes previos, hubiera impuesto libertad bajo fianza, como la defensa sugirió elocuentemente la otra semana. Pero éste no es un caso ordinario. Es un caso excepcional, por los motivos que he señalado. Por lo tanto, Eastin, irá usted a la cárcel, donde tendrá tiempo para reflexionar sobre las actividades que lo han conducido aquí.

»La sentencia del Tribunal es que será usted confiado a la custodia del Procurador General por un período de dos años.

Ante una señal de cabeza del ujier, un guardia se adelantó.

Una breve conferencia tuvo lugar, pocos minutos después de la sentencia, en un pequeño cubículo cerrado y custodiado detrás de la sala del tribunal, uno de los varios reservados para los presos y sus abogados.

– Lo primero que debe usted recordar -dijo el joven abogado a Miles Eastin- es que dos años de prisión no significan dos años. Podrá pedir usted un indulto tras haber cumplido una tercera parte de la sentencia. Es decir, menos de un año.

Miles Eastin, envuelto en la desdicha y con sensación de irrealidad, asintió pesadamente.

– Naturalmente, usted puede apelar la sentencia, y no es necesario que se decida ahora. Aunque, francamente, no le aconsejo que lo haga. En primer lugar, no creo que consiga usted indulto si hay una apelación pendiente. En segundo lugar, como se ha reconocido usted culpable, la base para la apelación es limitada. Además, para el tiempo en que se concediera la apelación, usted ya podría haber cumplido su sentencia.

– El juego está dado. No habrá apelación.

– De todos modos me mantendré en contacto con usted, por si cambia de idea. Y, cuanto más lo pienso, más lamento cómo han salido las cosas.

Eastin reconoció sardónico:

– Yo también.

– Fue su confesión, lógicamente, lo que nos liquidó. Sin eso no creo que la acusación hubiera podido probar el caso… por lo menos el robo de caja de los seis mil dólares, que pesó mucho para el juez. Comprendo, claro está, por qué firmó la segunda declaración, la del FBI; usted creía que la primera tenía valor, de manera que pensó que no tenía importancia. Pero la tenía. Mucho me temo que ese jefe de Seguridad, Wainwright, le haya engañado desde el principio.

El preso asintió.

– Sí, ahora lo sé.

El abogado miró el reloj.

– Bueno, tengo que irme. Tengo una cita pesada esta noche. Usted comprende.

Un guardia lo dejó salir.

Al día siguiente Miles Eastin fue trasladado a una cárcel federal, fuera del estado.

En el First Mercantile American, cuando se recibió la noticia de la condena de Miles Eastin, entre quienes lo conocían, algunos lo lamentaron, otros opinaron que era lo que merecía. Pero hubo una opinión unánime: no volvería a oírse hablar de Eastin en el banco.

Sólo el tiempo iba a demostrar hasta qué punto había sido errónea esa presunción.

SEGUNDA PARTE

1

Como una burbuja que sale a la superficie desde el fondo, la primera insinuación de dificultades surgió a mitad de enero. Era un comentario en una columna de chismes. Con la oreja en tierra, que aparecía en la edición dominical de un periódico local.

El periodista escribía:

«…Los murmullos que corren predicen pronto mayores reducciones en el Forum East… Se dice que el grandioso proyecto tiene problemas económicos. ¿Quién no los tiene hoy en día?»

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