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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¿Cuándo? -quiso saber Blanca.

– Hoy mismo, cuando ellos subían del valle…

– ¡Los muy sinvergüenzas! -estalló Ruda furioso.

– Volvamos, Ruda… estoy deshecha. Hoy ha sido un día inacabable… -murmuró Blanca.

– Sí, muchacha. No demoraremos más que el tiempo necesario para arreglar la salida de esa gente hasta el Paso. Quiero que lleven a Bernabé a la población sobre su caballo… ¡Quizás alguien lo quiso en vida después de todo! A decir verdad murió en su ley y ojalá lo entiendan así todos y Sandoval se llame a reflexión… De lo contrario el odio va a correr por las mesetas con más fuerza que el viento.

– ¡Ese hombre ambicioso y cruel es el verdadero culpable! -exclamó Blanca.

– Así es, muchacha; bueno ¡vaya!, valiente pequeña. Adelántese con Juan y Llanlil… hay que curar a nuestro campeón. Mañana haremos todo lo que convenga para dejar a salvo su responsabilidad… toda esta gente certificará la verdad de lo sucedido.

Se dispersaron.

La noche era tan completa y tan persistente la nieve, que a los pocos pasos los tres jinetes se diluyeron en las sombras.

CAPÍTULO XIII

1

Al día siguiente, gracias a la excitación provocada por el extraordinario suceso, las horas fueron pasando velozmente y nadie se dio descanso en la tarea de tejer comentarios. Llanlil había cobrado, a causa de su hazaña, una extraordinaria nombradía a los ojos de la peonada, que valoraba el coraje y la maestría en el manejo del cuchillo. A punta de cuchillo habían ellos desafiado a la muerte alguna vez y conocían bien la dura ley del valor.

Pero el asunto tenía para el padre Bernardo el aspecto tremendo de un caso de conciencia.

Disimulando su honda preocupación se mostró sereno y diligente con la primera claridad ofreció su diaria misa y en ella la meditación pareció encontrar la paz y la inspiración para ajustar su conducta. Rogó y obtuvo sin dificultad que tanto Blanca colmo Llanlil se dirigieran a él en confesión y ambos cumplieron la sagrada confidencia con devoción y sinceridad. A Ruda, en cambio, una singular tarea “por el campo”, así de indefinido y extenso, le impidió acceder a la solicitud del sacerdote, pero en realidad el viejo e irreductible librepensador, no encontraba argumento suficiente como para cohonestar una traición a sus convicciones. Prefirió recorrer las lindes de la estancia cubierta con un manto blanco, sintiendo en la cara y las manos el aguijón del frío. Su rebeldía cerebral y su apasionado corazón le reservaban de tiempo en tiempo semejantes pruebas de las que salía más fastidiado que fortalecido.

El padre Bernardo redactó con su hermosa letra, de rasgos casi femeninos, al extenso documento en el cual se daba cuenta de todo lo ocurrido, deslindando responsabilidades. La revelación, firmada por todos sus principales actores y avalada por don Guillermo Lunder, fue cuidadosamente guardada para su posterior envío a las autoridades de Colonia Sarmiento. Recién entonces el misionero reveló a Lunder y sus familiares su determinación de ir hasta el Paso Río Mayo para acompañar al muerto a su última morada. Nada ni nadie logró disuadirlo, y negándose a toda compañía partió sólo, llevando un caballo de repuesto.

Cuando, envuelto en un gran poncho pampa, se alejaba en busca del camino de la meseta, se encontró con el capitanejo Toro y algunos de los suyos que venían a negociar la entrega de víveres. También a ellas prometió visitarlos a su regreso y apretando bajo el brazo libre el pequeño cofre de cuero que contenía su minúsculo y conciso altar, se alejó todo lo rápido que la gruesa capa de nieve permitía a su caballo.

2

Tres días después y cuando la impaciencia de Lunder y sus familiares, agigantada por las singulares circunstancias de los últimos sucesos, cobraba proporciones de angustia, regresó el misionero. La tormenta de nieve que azotara la región había convertido la picada en un lodazal, especialmente en las numerosas depresiones del terreno y tanto el religioso como sus dos caballos, estaban cubiertos de barro.

Regresó casi simultáneamente con el rápido crepúsculo invernal que vestía con reflejos bermejos las casas y el campo circundante. Cuando se hubo apeado, las tres mujeres de la casa rodeáronlo con efusivas muestras de solícito interés. Aquel excelente padre era querido no tanto por su condición religiosa, cuanto por su simpatía y comprensión que atraían espontáneamente, ganando los corazones más reacios.

El padre Bernardo agradeció conmovido los cuidados que le dispensaban, pero al igual que al emprender el viaje, nada dijo respecto a sus andanzas en el camino, ni en el rudo ambiente del Paso, donde los hombres de Sandoval identificaban sus sentimientos con la aridez del paisaje.

A las preguntas de Guillermo Lunder, respondió entregándole un sobre que mostraba las huellas del peligroso viaje.

– Creo, don Guillermo -dijo suavemente, mirándolo con ojos que tenían la transparencia de las limpias aguas de los lagos-, que Sandoval ha puesto en ese papel respuesta a algunas de las preguntas que usted espera que yo satisfaga.

– ¡Caramba! Me intriga su tono, padre… aunque a la verdad no debiera causarme extrañeza. Yo no puedo esperar nada fácil o grato viniendo de esa gente… En fin, veamos qué dice la carta -y la sopesó pensativo como si quisiera adivinar su oculto contenido.

El padre Bernardo se levantó de la silla en la que desde hacía un rato acompañaba al enfermo, diciéndole:

– Lo dejo, don Guillermo… Lo que la carta contenga, solamente usted debe saberlo y resolver en consecuencia. Sin embargo vuelvo a recordarle que siempre tiene en mí al amigo… sobre todo para las acciones justas.

– Gracias, padre. Nunca he dudado de la excelencia de su corazón -respondió Lunder emocionado.

Pero Guillermo Lunder no reveló hasta muchos días después el contenido de la misteriosa carta. Grave y reconcentrado, mantuvo un silencio distante y casi agresivo ante todo el mundo. Por su parte tampoco el misionero fue más explícito y la gente de la casa terminó por habituarse al silencio alrededor de aquel viaje.

Entretanto el invierno habíase adueñado definitivamente del valle y los breves días trascurrían en la íntima quietud del hogar común, cuyo centro era la gran sala-cocina, en la cual la estufa de hierro no dejaba jamás de devorar los más heterogéneos materiales capaces de producir calor, especialmente leña y raíces celosamente racionadas, pues su almacenamiento era una paciente tarea de hormiga y el derroche podía resultar una experiencia peligrosa. La roja brasa de la estufa brillaba en las largas noches como un ojo esperanzado y alerta ante la frígida albura de la nieve que vestía el valle.

El padre Bernardo solía recorrer en las mañanas heladas las casitas de los peones y los corrales, y si al azar tropezaba con Llanlil, nunca faltaba para él una palabra afable, pero cada vez que ello ocurría, era fácil advertir que su expresión preocupada aumentaba y parecía enturbiar sus ojos una perplejidad casi dolorosa. Cuando Llanlil se alejaba seguíalo con la mirada como queriendo adivinar el secreto pensamiento que el indio encerraba en su digno continente. Si lo hallaba ocupado en alguna tarea, que realizaba con absorta dedicación, lo observaba de lejos, en un atento examen, paternal y dulcemente; pero luego la duda, la vacilante sensación de confusión ensombrecía su rostro y se iba, con las blancas pero fuertes manos, hechas para la bendición y el esfuerzo como lirios crecidos sobre la piedra, enlazadas bajo las amplias mangas de su hábito.

3

Ínterin junio limitaba la luz del sol y el campo, blanqueado por las continuas heladas mañaneras aparecía triste y monótono. La soledad era como un manto rechazando la presencia del hombre, que buscaba el calor bajo los techos acogedores. Hacía tiempo que las tribus de Maniquiquen se habían refugiado en sus tierras en Pastos Blancos, a soportar el largo invierno con la estoica y casi indiferente apatía con que veían sucederse las estaciones.

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