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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– Le tengo mucho cariño a mi Peugeot, el gran campeón -dijo ella, dando unas palmaditas al coche, como si fuera un soberbio caballo de carreras-. Espero que siga aquí por la mañana.

Él también lo esperaba, dijo Michael cortésmente, y le abrió la puerta del coche. Nunca había olvidado el aire otoñal de aquella noche, que fue enfriándose a medida que se acercaban a Jerusalén; la luna llena (ella había comentado que la luna despertaba en la gente deseos primarios, que no te podía dejar indiferente) y la absoluta oscuridad más allá del haz de luz de los faros.

Michael se enamoró de Maya sin darse cuenta, aunque debería haberlo sabido. En cuanto ella cerró la puerta, el coche quedó embalsamado por su aroma, una mezcla de limón y miel, el aroma que Michael llevaba tanto tiempo buscando, desde los dieciocho años. Entonces debería haber comprendido que no habría vuelta atrás. Maya llevaba una holgada falda azul y una blusa blanca de amplias mangas, y tenía la cara ancha y cubierta de pecas. El cabello castaño le caía recto hasta los hombros y tenía la voz ligeramente ronca. Le contó, entre Shaar Hagai y Kastel, que trabajaba preparando libros para su publicación en una editorial, que venía de un concierto (el violinista Shlomo Mintz era «jovencísimo y endiablado, un verdadero demonio»). Él sonrió a lo largo de todo el camino, como para sí, y cuando llegaron a Abu Gosh decidió que tenía que descubrir si aquel aroma procedía de su pelo, de un perfume, o de su piel. Junto al Colegio para Ciegos de Kiryat Moshe, a la entrada de la ciudad, frente al semáforo parpadeante, se inclinó sobre ella y le olió el cabello. Luego aparcó en Kiryat Moshe. Ella dejó de parlotear y puso una cara muy seria, pero en sus ojos, castaños, según Michael pudo apreciar a la luz de una farola, en sus ojos aún centelleaban los destellos dorados. Y cuando él abrió los ojos mientras se besaban, vio que ella también los tenía abiertos. Quiso preguntarle, sin atreverse, si usaba algún perfume, y luego la llevó a casa. Después ella siempre le recordaba sonriendo que le había pedido permiso para tocarle el pelo, y luego permiso para besarla. «Creía que esas preguntas sólo se hacían en las películas y que en el mundo real la gente era espontánea», le dijo aquella noche; y, más adelante, sus comentarios sobre la falta de espontaneidad de Michael se repetirían hasta llegar a convertirse en la manzana de la discordia entre ellos («¿Por qué me lo preguntas? Si después de siete años aún no sabes si puedes o no puedes, ¿qué estamos haciendo juntos? ¡A quién se le ocurre pedirle permiso a su mujer para besarla! No es una muestra de educación, es insultante. Significa que entre nosotros no hay intimidad»). Aquella noche Michael regresó a casa más feliz que en toda su vida. No sabía cómo se llamaba y, como es lógico, no habían comentado nada sobre volver a verse, pero Michael sabía que nada es casual, que el azar no existe, y no dudaba que, después de haberla encontrado, volvería a verla. Lo que no esperaba es que ocurriera tan pronto. Tres semanas después de haberla llevado a Jerusalén desde Shaar Hagai, se vio obligado a asistir a un concierto privado que ofrecía Tali Shatz, la hija del catedrático que le había dirigido la tesina en la universidad. Ya no era otoño. La lluvia azotaba las ventanas del gran salón de la flamante casa de Ramot, donde, como supo después, vivía el ex agregado cultural israelí en Chicago. El profesor Shatz mencionó de pasada que la anfitriona era prima segunda suya. Tali tocó el violín y su marido, con el que acababa de casarse, la acompañó al piano en la Sonata Kreutzer de Beethoven, una pieza por la que Michael sentía predilección.

Cuando se abrió la puerta y oyó su voz, Michael dio gracias al cielo por haber acudido solo. Maya llegó sin paraguas, calada hasta los huesos, y dejó huellas húmedas en la pálida alfombra que cubría de pared a pared el suelo del gran salón. La anfitriona, después de asegurarle que no había por qué preocuparse («No es más que agua»), la observaba avanzar llena de ansiedad. Michael la vio a plena luz. Vestía un sencillo traje negro que le marcaba la cintura, con un escote redondo y pronunciado, y mangas largas. No se podía decir que fuera guapa en un sentido convencional, pero en sus movimientos había delicadeza, atractivo, y tenía una cara radiante. Incluso sonrió efusivamente a la anfitriona, que, parada y frotándose las manos, le recordó a Michael a Ana Sergeievna, el personaje de «La señora del perrito» de Chéjov.

«No me reconoce», pensó Michael. Se la presentaron junto a la mesa grande y reluciente dispuesta en un rincón del salón. Sobre la mesa reposaba un postre muy elaborado, y la anfitriona, con sonrisa untuosa e insistencia, informó a sus invitados de que era una «Charlotte russe», había aprendido a hacerla pensando en su próximo destino. También había un juego de té, «Rosenthal», según le dijo la anfitriona a Maya en tono de velado reproche cuando a ésta se le cayó al suelo una taza, sin llegar a romperse. Mientras se apresuraba a diluir y secar el té derramado, la anfitriona estaba demasiado ocupada, pronunciando un discurso sobre la porcelana de Rosenthal y las dificultades que entrañaba reemplazarla, para reparar en Maya, que miraba fijamente a Michael y fruncía el ceño en aparente esfuerzo por recordar, las aletas de la nariz dilatándose y contrayéndose como si tuvieran vida propia. Y de pronto, como si acabara de acordarse o hubiera decidido cómo reaccionar, Maya sonrió y los destellos dorados bailaron en sus ojos. Michael, que estaba tomando un café pausadamente, notó que la mano le temblaba. Eso no era nada especial, se dijo. «Siempre me emociono y tiemblo cuando me encuentro con una mujer a la que deseo. Es la misma "emoción de la caza" que he sentido docenas de veces.»

Escaparon del concierto antes de que se sirviera el vino, pocos minutos después de que concluyera la música. En un café, una vez que hubo averiguado lo que ella llamaba «las circunstancias de la vida» de Michael, Maya le preguntó lisa y llanamente por qué no iban a su casa. Estaba segura, le dijo, de que la deseaba. «¿Estás casada?», le preguntó él entonces, mirando el anillo que llevaba en el dedo. Ella asintió con la cabeza, sin querer meterse en mayores explicaciones.

Esa misma noche, Maya le dijo que su vida conyugal no era relevante.

– No encontrarás ahí la explicación -dijo, y Michael no la presionó-. Pero seguro que esta situación te resulta cómoda y poco comprometida -comentó, y sólo la risa con que acompañó el comentario redujo su agresividad.

Se marchó de madrugada, sin decir nada sobre si volverían a verse, pero con una sonrisa radiante, cargada de promesas y de seguridad. Cuando lo llamó a la mañana siguiente, él no supo cómo se había hecho con su teléfono.

Y ahora estaba sentada en la butaca azul, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. No había cambiado de postura desde la llegada de Michael, quien, viendo la redondez de su rodilla, sintió deseos de tocarla, sin atreverse. Recordó lo que le había dicho Tzilla en el restaurante de Meir; que carecía de talento para percibir las cosas cuando no estaba investigando una situación delictiva, que en la «vida», tal como ella decía, era bastante ingenuo.

– ¿No tienes nada que decir? ¿Nada de nada? -preguntó Maya.

Y Michael percibió un sollozo ahogado en la voz rasposa y respondió que estaba pensando qué decirle, que parecía insensible porque estaba tratando de expresar con palabras el tumultuoso caudal de emociones que sentía.

– Y además -añadió lentamente-, me estoy preguntando si romper conmigo es lo que necesitas en estos momentos, y me estoy preguntando si de verdad soy incapaz de ayudarte; pero, sobre todo, estoy pensando en cómo has podido ocultarme esto durante los últimos siete años; y yo que creía que estábamos tan unidos, y durante todo el tiempo has guardado para ti este terrible secreto, y…

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