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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Tuvia asintió con la cabeza.

– Profesor Shai -siguió Michael, desesperado, sintiéndose como si estuviera tratando de resucitar a un muerto-, ¿ama usted a su mujer?

Shai hizo un gesto de asentimiento con el que no pretendía responder afirmativamente sino indicar que había comprendido la pregunta.

– Este asunto es más complejo que los que suele usted tener entre manos. Al parecer, no somos personas convencionales -dijo Shai, y Michael lo miró perplejo. Cuando menos esperaba que le facilitara una explicación de manera espontánea, Shai se la daba voluntariamente-. Supongo que no lo entenderá. Mi mujer y yo nunca hemos hablado del tema, y Shaul no me hizo el menor comentario al respecto, pero si yo fuera un investigador de la policía, me preguntaría: ¿Por qué iba a asesinarlo ahora, después de tantos años?

Esta vez fue Michael quien se quedó callado. Observó al hombre que tenía delante y pensó que en la prensa lo describirían como un pobre diablo, un desgraciado dispuesto a aceptar la «situación» a falta de otra alternativa; y, sin embargo, detrás de la desesperación, detrás del silencio, Michael percibía la fuerza de aquel hombre. «Olvídate de tu forma de pensar», se dijo Michael durante aquel silencio; aquí rigen otras reglas; trata de verlo desde su punto de vista. Si había aceptado que su mujer tuviera una aventura con Shaul Tirosh, ¿qué es lo que no aceptaría? ¿Qué podía haberle incitado al asesinato? Dijo en voz alta:

– Profesor Shai, ¿supongo que también estaba al tanto de la relación especial de Tirosh con Ruth Dudai?

Tuvia Shai no trató de disimular la ira que fulguró en sus ojos mientras respondía:

– No, no lo sabía. Pero ¿por qué me lo ha dicho?

– Se lo he dicho -repuso Michael Ohayon, midiendo sus palabras-, porque si el hecho de que Tirosh fuera el amante de su mujer no le incitó a odiarlo, tal vez el hecho de que la dejara sí le resultó insoportable. Quizá, para usted, fuera motivo suficiente para asesinarlo.

– ¿Y quién dice que la dejó? -replicó Shai-. Shaul era perfectamente capaz de mantener varias relaciones a la vez.

– A pesar de todo, está usted furioso -le comunicó Michael, y lo miró a los ojos. Advirtió con satisfacción que el desdén se había disipado sin dejar rastro.

– Sí -dijo Shai, al parecer sorprendido de su propia reacción-, pero no por lo que está usted insinuando.

– ¿Podría decirme qué estoy insinuando? -replicó Michael, inclinándose sobre la mesa.

– Usted cree que me había identificado tanto con Ruchama como para llegar al extremo de asesinar a Shaul si, como usted dice, la hubiera dejado. Es una idea interesante, incluso profunda, diría yo, pero no es correcta -una vez más, el interés se desvaneció de sus ojos y en su rostro se instaló una expresión inerte, y volvió a agachar la cabeza.

– Entonces, ¿le importaría decirme por qué está enfadado? -le sondeó Michael.

Tuvia se encogió de hombros y respondió:

– No estoy seguro. Era muy amigo de Shaul.

Michael percibió que Shai no había relacionado la amistad con su enfado y preguntó:

– ¿Pero?

– No hay peros que valgan. Shaul Tirosh estaba más allá del bien y del mal, empleando una expresión nietzscheana. Pero supongo que no comprenderá de qué estoy hablando.

– Profesor Shai -dijo Michael pausadamente-, ¿está dispuesto a someterse hoy mismo a una prueba poligráfica?

Tuvia Shai asintió. No parecía sentirse amenazado.

Michael le pidió que esperase en la habitación de al lado y apagó la grabadora.

Eran casi las cuatro cuando dejó a Tuvia Shai en manos de Eli Bahar para que prosiguiera con el interrogatorio, encargándole que le informase sobre la prueba poligráfica.

– Si le dejamos veinticuatro horas para írselo pensando, mañana por la tarde tendrá el estado de ánimo adecuado para pasarle por el detector de mentiras; espero -dijo, tratando de sobreponerse a la impotencia que sentía. Tenía la impresión de que Tuvia Shai le había dicho la verdad sin que él alcanzara a comprender la verdad que le había revelado.

Saber que lo someterían a una prueba poligráfica era, en alguna medida, un consuelo. Cuando le preguntó a Shai si estaba dispuesto a que le hicieran la prueba ese mismo día, Michael sabía muy bien que haría falta una preparación previa: el EEI informaba a los sujetos de los temas sobre los que iban a ser interrogados y el técnico en poligrafía terminaba de prepararlos cerciorándose de que comprendían las preguntas.

– Tzilla te ha traído un sandwich. Debes de estar muerto de hambre, ¿no? -preguntó Eli Bahar, pasándose la mano por sus oscuros rizos.

Michael contestó que sí, tenía hambre, y además tampoco hoy tendría tiempo para pagar la factura de la electricidad.

– Van a cortarme el suministro -dijo-. Nunca consigo llegar a tiempo al banco.

Eli Bahar lanzó una risita comprensiva y cogió el auricular del teléfono negro, que había empezado a sonar.

– Sí, está aquí. ¿Quieres hablar con él? -preguntó. Mirando a Michael, escuchó lo que le decían y colgó-. Han traído a Ruchama Shai, la mujer del profesor Shai, tal como querías. Tzilla me ha dicho que está en la sala de reuniones.

Michael consultó su reloj; al ver que marcaba las cuatro y un minuto, cruzaron por su cabeza una serie de imágenes a cámara rápida: las facturas de la electricidad; Yuval, que estaba esperándolo en casa; Maya, que no había ido a verlo ni lo había llamado desde hacía varios días…, «la vida en el mundo exterior», lo llamaba Tzilla cuando estaban sumergidos en una investigación. El mundo que había fuera de aquel edificio le hizo sentir una punzada de añoranza, como si fuera remoto e inaccesible y él no tuviera la menor relación con él. A lo largo del día, pensó, había estado con cuatro personas de las que no sabía nada y había llegado a conocerlas casi íntimamente, informándose de sus opiniones y de sus costumbres. Y ahora tenía que enfrentarse a una faceta más de aquella complicada figura geométrica.

Le quedaban dos horas antes de acudir a su cita con Shorer en un café.

– Empezaré a interrogarla yo -dijo-, y, por favor, dile a Raffi que pase más tarde por si hace falta que continúe con el interrogatorio.

– Tzilla me ha dicho que ha concertado para las diez la proyección de la grabación. ¿Quieres que la veamos todos?

Michael asintió.

– Si es que te quedan fuerzas después de haber asistido a la autopsia -dijo, percibiendo un deje involuntario de culpabilidad en su voz.

Eli Bahar se abstuvo de darle una respuesta directa. Se embarcó en una larga descripción del informe pericial, que, en definitiva, venía a confirmar lo que Hirsh le había dicho a Michael por teléfono; luego procedió a comunicarle los resultados del análisis del contenido del estómago.

– No han encontrado ningún veneno -dijo, respondiendo a una pregunta que tenía preocupado a Michael-. ¿Pasamos a recogerte un poco antes de las diez? -concluyó.

– No, iré por mi cuenta -repuso Michael, consciente de que se le había contagiado la desesperación de Tuvia Shai, así como la apatía y el agotamiento. Sintiendo que las palabras eran inútiles, regresó a su despacho y le pidió a Tzilla, por la línea interna, que hiciera pasar a Ruchama Shai, al tiempo que se preguntaba de dónde iba a sacar la energía mental necesaria para interrogarla.

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– Y creo que eso es todo lo que sé, de momento -concluyó Michael tras exponer un resumen de la situación a Emanuel Shorer; quien, con la vista fija en el cenicero lleno de colillas y cerillas partidas, procedió a romper en dos una cerilla más.

Estaban sentados en la abarrotada terraza del café de Casa Ticho. El edificio albergaba una galería de arte donde se exponía en esos momentos la obra de la artista de Jerusalén Anna Ticho y, en la planta baja, había varias mesas, pero todo el mundo había preferido tomar asiento en la terraza, desde la que se dominaba la vista de un gran jardín, y disfrutar de la fresca brisa nocturna después de un día de calor seco. Sobre la terraza redonda el cielo estaba negro, sin una estrella, y Michael alcanzaba a ver desde su sitio los esbeltos cipreses y pinos del jardín, oscuros y siniestros. En la mesa de al lado, dos mujeres de mediana edad cuchicheaban y lanzaban risitas irritantes, que empeoraban su nerviosismo; sentía la exasperación de un niño cansado que se niega a reconocer la fatiga y reacciona con indignación ante cualquier gesto bienintencionado.

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