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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– Tengo entendido que Tirosh sentía un enorme respeto por Klein, e incluso veneración; hubo una época en que iba mucho de visita a su casa, y solía quedarse a comer. Pero todavía no he hablado con Klein.

– ¿Por qué no? -replicó Shorer lanzándole una mirada reprobadora-. ¿No me has dicho que has descubierto que regresó el jueves y no el sábado, según creían en el Departamento de Literatura?

– Que les dijera que iba a regresar el sábado no significa nada -respondió Michael sonriente. Echó un vistazo a su reloj: las nueve en punto…, llevaban tres horas hablando-. Si hubieras visto cómo se le lanzaron encima, comprenderías por qué quería mantener en secreto el momento de su llegada. ¿Vas a venir conmigo a ver la grabación?

– Ahora podemos volver a hablar de Tirosh y de su conexión con las botellas de aire -dijo Shorer mientras salían del estudio de televisión.

Las calles estaban oscuras y sólo unos cuantos coches circulaban entre las luces amarillas y parpadeantes de los semáforos. Michael aparcó ante la casa de Shorer y ambos se quedaron sentados en silencio.

– Estuvo en casa de Dudai hace dos semanas, cuando ya había vuelto de Estados Unidos -explicó Michael-. Pero Iddo no estaba en casa. Hubo un cortocircuito y Tirosh bajó al sótano a cambiar el fusible. Ruth lo acompañó; no tardaron mucho. Hemos registrado el sótano a fondo, sin encontrar nada.

– ¿Qué esperabas encontrar? ¿Un clavel? -preguntó Shorer a la vez que asía el tirador de la puerta.

– No se trata de eso; no esperaba que dejara su firma. Pero si ahora encontramos allí sus huellas, no nos servirá de nada.

– Por lo tanto, volvemos a la necesidad de descubrir si tenía en su poder monóxido de carbono -dijo Shorer, empezando a bajarse del coche-, porque es evidente que algo ocurrió entre ellos.

– No sé si ya te lo he dicho: hemos encontrado las huellas dactilares de Dudai en una botella que había en casa de Tirosh.

– No me lo habías dicho -comentó Shorer, tenso, y volvió a sentarse en el coche-. ¿Qué botella?

– Una de licor de chocolate.

– ¡Licor de chocolate! -repitió Shorer con asco.

– Era la única bebida que tomaba Iddo. Ruth Dudai me ha contado que no bebía alcohol, ni siquiera vino. En toda la casa no hemos encontrado más huellas suyas que las de la botella.

– ¿Y bien? -gruñó Shorer con impaciencia.

– Sé por Ruchama Shai que Tirosh nunca tocaba el licor de chocolate. Lo tenía para sus invitados. Y se me ha ocurrido lo siguiente: Dudai regresó de Estados Unidos dos semanas y un día antes de morir, y en ese lapso de tiempo, o tal vez antes de marcharse del país, estuvo en casa de Tirosh. En cualquier caso, hace algún tiempo, ya que sólo hemos descubierto sus huellas en la botella. O sea que debieron de limpiar la casa después de que estuviera allí, o algo así.

– No comprendo cómo no me lo habías contado. ¿Cuándo dices que estuvo allí?

– Ése es el problema: no hay forma de averiguarlo -repuso Michael con un hilo de voz- Su mujer no tiene ni idea de cómo pasaba las tardes últimamente; iba y venía, Dios sabe a dónde. Pero las cosas marchaban bien antes de que se fuera a Estados Unidos; su mujer todavía estaba al tanto de sus movimientos. Y dice que no tenía por costumbre ir a ver a Tirosh a su casa; esas visitas eran excepcionales.

– Lo que significa -concluyó Shorer, posando de nuevo la mano sobre el tirador de la puerta- que se vieron allí antes del seminario y después de que Dudai regresase de Estados Unidos; fue entonces cuando se produjo una confrontación entre ellos -Michael guardó silencio, y Shorer añadió-: ¿Has visto la cara de Tirosh en la pantalla? ¿Su expresión de sorpresa? Parecía anonadado por lo que había dicho Dudai.

– A mí me ha dado la impresión -comentó Michael, vacilante- de que más que sorpresa sentía miedo, como si esperase que en ese foro…

– Está bien -atajó Shorer, impaciente-. Insisto en que la única forma de saber si Tirosh envenenó las botellas es averiguar si tenía en su poder monóxido de carbono -abrió la puerta del coche y, una vez fuera, metió la cabeza por la ventanilla y dijo con una sonrisa-: Nos ha tocado hacer cosas más difíciles en la vida. Que duermas bien -y dio una palmada sobre el polvoriento techo del coche, como para darle impulso.

A la una de la mañana, Michael Ohayon dejaba su coche en el aparcamiento contiguo al edificio de apartamentos donde vivía y se apeaba despacio. Aún oía voces resonando en sus oídos. Recordó la cubierta gris del libro de Anatoli Ferber, que ahora estaba junto a su cama, y se preguntó qué habría impulsado a Iddo Dudai a poner en peligro su futuro académico criticando la poesía política de Shaul Tirosh. «Y precisamente en el seminario», pensó mientras cerraba el coche con llave, y comprendió que le esperaban largas horas de leer poesía.

La mayoría de las luces encendidas en su edificio no alcanzaban a verse desde la calle. Estaba construido en la ladera de una colina orientada hacia el valle y sólo las ventanas de la cocina daban a la calle. Su piso, al que se llegaba descendiendo un tramo de escaleras, recibía por la mañana raudales de luz, como tantos otros de las zonas residenciales de las afueras de Jerusalén.

Era su tercer piso desde su divorcio. Llevaba cuatro años instalado en él y hacía lo posible por considerarlo su hogar. Al separarse de Nira supo que quizá nunca llegaría a formar otra familia y, desde entonces, siempre procuraba sentirse en casa allá donde viviera. No tenía plantas, eso era cierto, pensó al ver el cactus del vestíbulo, escrupulosamente regado por un vecino; pero siempre tenía el piso limpio, ordenado, y algo de comer en la nevera; y los muebles, adquiridos uno a uno, también habían servido para que Yuval se sintiera en casa.

El piso constaba de tres habitaciones bastante exiguas y un cuarto de estar con una terraza que daba a una zona verde. En el cuarto de estar había un sofá marrón y dos butacas que había comprado en un saldo, pese a que su color no combinaba con el del sofá y abultaban demasiado en una habitación tan pequeña. Pero eran cómodas, pensó, y un día de éstos las tapizaría. Junto a la butaca azul se erguía una lámpara de pie, una alfombra grande y fina, que le había regalado su madre después del divorcio, cubría el suelo y, en un rincón, un mueble- cito alojaba el equipo de música y la televisión. En una pequeña estantería situada junto a la butaca azul se alineaban los libros a los que tenía un cariño especial (toda la obra de Le Carré, en inglés y en hebreo; Poemas de antaño de Natán Alterman, Poemas prácticos de David Avidán, Miscelánea poética de Natán Zaj y Poemas blancos de Shaul Tirosh; Madame Bovary, dos volúmenes de Florinski sobre la Rusia zarista, los cuentos de Chéjov y de Gógol, unos cuantos libros de Balzac en francés, El ruido y la furia de Faulkner, Pasado continuo de Iacob Sabtai y varios ejemplares de la revista de historia Zmanim, donde se había publicado un artículo suyo sobre los gremios en el Renacimiento). Bajo el teléfono estaban las facturas del agua y de la electricidad.

En la butaca azul reposaba Maya, las piernas recogidas bajo el cuerpo y las rodillas asomando bajo el borde de su falda azul claro. Sólo estaba encendida la lámpara de pie y, a esa luz, Michael vio los reflejos cobrizos de su pelo, entreverado de hebras grises. Maya lo miró sin decir nada. Y en el silencio reinante, pues ella no había encendido la radio, Michael supo que había ocurrido algo.

Maya sólo estaba quieta y relajada mientras dormía. El resto del tiempo lo pasaba en permanente actividad. Llevaba el ritmo de la música golpeando el suelo con el pie (siempre estaba escuchando música) y se ponía a cocinar aunque sólo hubiera ido a pasar un rato; otras veces, hablaba sin pausa a la vez que cocinaba y escuchaba música. Cuando esperaba a Michael en su piso, siempre la encontraba en la cocina o en la cama, leyendo con el entrecejo fruncido, sus dedos jugueteando con la sábana. A veces, si estaba cansada, la encontraba en la butaca azul viendo la televisión, con un libro en el regazo. Era la primera vez que la veía acurrucada, inmóvil, la vista fija en la ventana de enfrente. En su rostro había una expresión que sólo había visto unas cuantas veces desde que la conocía, y siempre había sido una expresión pasajera para la que no había encontrado explicación. Ahora la tenía petrificada en el semblante. Era un gesto desesperado y, a la vez, de resignación; el gesto con que se hace frente a una catástrofe contra la que no hay defensa posible. Esa expresión lo dejó paralizado.

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