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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Michael pensó en la ironía de la imagen que se había creado de la atractiva vida social de Maya, su armoniosa existencia, su eminente marido, pero no comentó nada de eso.

– ¿En qué estás pensando? -quiso saber Maya, tras una larga pausa.

– Si entre nosotros hay un compromiso, tal como tú lo llamas -replicó Michael-, ¿prescindir de él es todo lo que puedo hacer por ti?

– De momento, solamente -dijo Maya con desesperación, y Michael pensó que una esclerosis múltiple podía durar veinte años, pero tampoco de esto dijo nada.

Contempló la rodilla desnuda, la mano esbelta que reposaba en el brazo de la butaca, y se sintió arrebatado por una cólera que no trató de ocultar.

– Estás gritando -dijo Maya, con sorpresa, con miedo-. ¿Por qué me estás gritando?

– ¡Es una trampa! -volvió a gritar Michael-, ¿Qué puedo decir yo si te sientes culpable? Naturalmente, tú estableces las reglas…, como siempre; pero nunca me habías hecho tanto daño; ¡y tienes la desfachatez de decirme que no soy espontáneo! ¿Quién te dio el derecho de decirme que me querías mientras me ocultabas una cosa así? ¿Por quién me has tomado? ¿Por un niño de pecho? ¿Pensabas que no sería capaz de «arreglármelas»? Otra de tus palabras favoritas. ¿Qué derecho tengo yo a opinar? No soy tu marido, sólo soy tu amante, y yo pensaba que también éramos amigos, y ahora, de repente, me sueltas esto, y resulta que todos estos años has estado jugando conmigo.

Después de despegar los labios unas cuantas veces, y de estirarse la amplia falda sobre las rodillas, Maya aprovechó el instante de silencio para responderle a voces:

– ¡Tú eres el famoso detective! Si hubieras querido enterarte, te habrías enterado. ¿Crees que es una coincidencia que en todos estos años nunca te hayas atrevido a preguntarme nada? ¿No eres tú el que siempre dice que las casualidades no existen? ¿Cómo es que no lo sabías?

Las lágrimas que habían ahogado su voz mientras hablaba comenzaron a manar, grandes y transparentes; y el gesto infantil que hizo para enjugarse las mejillas con el dorso de la mano le partió el corazón a Michael; a pesar de las oleadas de rabia que volvían a aprisionarle, se levantó y se acercó a ella, la levantó de la silla sin que dejara de sollozar, la abrazó con todas sus fuerzas, e incluso le secó las lágrimas con los labios. Pero luego ella dijo:

– No me lo pongas más difícil, Michael, por favor, no me lo pongas más difícil. Deja que me marche y volveré, ya lo verás, volveré.

Y él ya no dijo nada, porque las voces que había en su interior clamaban espoleadas por la furia, la tristeza, el amor y el odio, y sobre todo, por la hiriente sensación de haber sido engañado.

No lograba conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los párpados lo asaltaba una nueva oleada de cólera, seguida por otra de autocompasión, y por fin, al ver que eran las tres, renunció a tratar de dormir y volvió a sentarse en la butaca. («¿Qué has hecho durante todo este mes?», le había preguntado Maya en una ocasión, después de uno de los intentos de Michael de romper sus relaciones. «Me sumergí en el trabajo», le había respondido. Todavía recordaba cómo iba vestida entonces.) Tiró de la cadenita de la lámpara y hojeó el libro de Anatoli Ferber que había encontrado en la cama de Tirosh, contemplando los negros caracteres dispuestos en líneas cortas. Le vino a la cabeza la imagen del rostro de Iddo Dudai en la grabación de la televisión, y después en la playa de Eilat; luego pensó en el comentario que le había hecho Emanuel Shorer en el café; sabía que la clave radicaba en cómo se había portado Dudai en el seminario, en el enfrentamiento que había visto en la pantalla. Una vez más, echó un vistazo al prólogo de Tirosh a la obra de Ferber, un poeta que era su hallazgo y cuyos poemas había publicado, y recordó cómo habían reaccionado Ruth Dudai y Ruchama Shai, y él mismo, ante la visión del cadáver de Tirosh. Ahora sentía una sensación similar. Se dijo en voz alta: «Estás conmocionado», y le asustó el eco de su voz resonando en la habitación; la cólera sorda contra Maya volvió a enardecerle y después le abrumó un sentimiento de lástima hacia sí mismo, hacia ella, e incluso hacia su marido; se levantó de la butaca tratando de sobreponerse. Le pesaba el cuerpo. El cielo comenzaba a clarear; se dirigió a la cocina y puso la pava al fuego; después se duchó mecánicamente, se afeitó despacio, contemplando en el espejo su rostro, que le parecía el de un desconocido, y las arruguitas que le ribeteaban los ojos. La pava empezó a pitar y Michael pensó por enésima vez que tenía que comprarse una pava eléctrica que no le pusiera nervioso; pero la dejó pitar hasta que terminó de secarse la cara con una toallita, tan áspera como el papel de lija, y oyó la voz de Maya instruyéndole: «En Jerusalén no se puede lavar nada sin suavizante, el agua es durísima», y trató de contener las lágrimas mientras se preparaba un café bien cargado y lo azucaraba, con la mano temblequeante. El reloj de pared de la cocina, comprado por Yuval en Suiza durante un viaje que hizo de pequeño con su abuelo, marcaba las cinco; empezaron a oírse los gorjeos de los gorriones y también el llanto de un bebé en un piso contiguo. Michael se bebió el café de pie, de un golpe, a pesar de que le abrasó el paladar y la lengua; casi lo agradeció, al menos era una sensación física intensa y bien definida. Luego lavó la taza blanca, la colocó en el armarito que había sobre la pila y salió de casa.

11

– Están todos ahí dentro -dijo Tzilla con gesto preocupado-. Quería que le explicásemos lo de la grabación que vimos anoche, y dijo que ya estamos a miércoles, e hizo pasar a todos a su despacho. Le dije que venías de camino, pero no está de humor, y ahora está leyendo la documentación.

Estaban parados a la puerta del despacho de Michael y la tensión que revelaban la voz y los movimientos de Tzilla lo llevaron a apretar el paso en dirección al despacho del comisario jefe. La pequeña antesala estaba vacía, la máquina de escribir tapada, y Tzilla entró sin detenerse.

– Vamos allá -dijo Michael en voz alta, en un tono que delataba su humor negro, y entró en el despacho de Ariyeh Levy.

Otra reunión matinal de todo el equipo, leyendo una vez más con silenciosa concentración el pormenorizado material preparado por Tzilla: el informe pericial, las fotografías, los comentarios de Criminalística, las listas de preguntas para las pruebas poligráficas, las transcripciones de los interrogatorios, las declaraciones firmadas de los testigos.

Raffi Alfandari dejó sobre la mesa el papel que tenía en la mano y observó atentamente la fotografía del cadáver de Tirosh y luego la de la estatuilla india que habían encontrado en el Alfa Romeo.

– ¿Qué es esta estatuilla? -preguntó y, llevándose a los labios un vaso de papel, bebió un largo trago.

– Es el dios Shiva -repuso Michael-, y los peritos dicen que no hay en ella la menor huella. Está impoluta. Pero alguien la llevó al coche desde el despacho de Tirosh, una ocurrencia muy extraña; como si pretendieran darnos una pista, indicarnos que había sido el arma del crimen. Y si lees detenidamente el informe pericial, verás que se descubrieron rastros de metal en la piel de la cara y que, por lo visto, le golpearon con esa estatuilla. En el coche tampoco hay huellas, pero en el despacho las hay por todas partes. Las han verificado todas. En general son de Tuvia Shai, pero también hay algunas de Yael Eisenstein…, ella asegura que no entró allí ese día y, de hecho, es posible que estuvieran ahí desde la víspera; y del limpiador, el tipo con el que hablamos ayer…

– ¿Te refieres a ese árabe? ¿Al que interrogó Bahar? -interrumpió Balilty con desconfianza.

Michael hizo un gesto afirmativo y prosiguió:

– Pero creo que ahora deberíamos hablar de Ariyeh Klein.

– Es un poco pornográfica para tenerla en un despacho, ¿no os parece? -señaló Balilty, alzando la vista desde la foto de la estatuilla y dirigiéndola hacia Tzilla, que no respondió a su guiño malicioso.

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