Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Emanuel Shorer apuró los restos de su cerveza, se enjugó los labios y preguntó:
– ¿Cuándo rompió con Ruchama Shai exactamente?
– El jueves por la mañana. En el despacho de Tirosh han encontrado huellas dactilares de ella. Ni siquiera fue capaz de esperar para citarla en otro sitio.
– Tal vez le daba miedo que le montara una escena -apuntó Shorer, y Michael masculló que si Emanuel hubiera visto a la mujer con sus propios ojos, sabría que era imposible imaginarla montando una escena-. Ese asunto de las botellas de aire -prosiguió Shorer-, ¿Te has enterado de dónde se puede conseguir monóxido de carbono puro?
– Sí. En cualquier laboratorio de química o física de la universidad. Y también es muy fácil encargarlo a un distribuidor de productos químicos.
– ¿Y no han allanado ninguno de los laboratorios en los últimos tiempos? -preguntó Shorer.
Mientras esperaba a que la joven camarera traspasara el café de su pequeña bandeja a la mesa, Michael recordó el café que había junto a la comisaría del barrio ruso, donde Shorer y él habían pasado juntos muchos ratos, revolviendo centenares de tazas de café. Emanuel Shorer solía atusarse el espeso bigote que lucía entonces y se había afeitado hacía un par de años, y pronunciaba algunas frases, comentarios casuales cuya importancia Michael sólo llegaba a comprender más tarde, ya solo.
Revolvió el azúcar una y otra vez y respondió que no tenía noticia de que se hubiera producido ningún robo.
– Pero nadie podría alabar la eficacia de las medidas de seguridad de la universidad -añadió apoyándose sobre la mesa-. He hablado con el químico que está a cargo de uno de los laboratorios; mucha gente tiene las llaves y no paran de entrar y salir. Me parece que no hay ninguna necesidad de forzar la puerta.
Michael hablaba distraídamente; aún le rondaba por la mente su encuentro con Ruchama Shai. Seguir la conversación le costaba un gran esfuerzo, que estaba agotando sus últimas reservas de resistencia. Ruchama no había demostrado miedo; sus reacciones fueron las de una persona bajo el efecto de una conmoción, y eso le impedía concentrarse en las preguntas. No hubo manera de conectar con ella, al menos durante la primera hora. Cuando Michael se refirió por cuarta vez a la «delicada» situación de su marido, al fin comenzó a responder a sus preguntas de una forma tan mecánica y lacónica como la de Shai. De sus respuestas dedujo que Tirosh y ella habían roto. («¿De quién fue la iniciativa?», le había preguntado, y ella, bajando los ojos, contestó: «Suya». Luego mencionó a Ruth Dudai en respuesta a la pregunta sobre los motivos de la ruptura.) Le explicó después que había dormido casi ininterrumpidamente desde el jueves por la mañana hasta el domingo por la tarde. No sabía si Tuvia había estado en casa durante todo ese tiempo.
Michael tenía la sensación de que el asesinato de Shaul Tirosh la había impresionado mucho, pero sin sorprenderla, como si hubiera respondido a alguna lógica oculta. Cuando la interrogó al respecto, se quedó aturdida; no sabía nada de eso, se obstinó en repetir. Michael mencionó la prueba poligráfica y ella se encogió de hombros.
– No tengo nada que ocultar -dijo.
Y Michael sintió que Ruchama estaba ausente, como su marido. Se preguntó varias veces qué podría haber visto en ella un hombre como Shaul Tirosh. Cuando hablaba, sus ojos de color de avellana estaban vacíos, sin expresión. Observó sus brazos delgados, su esbelto cuello, su labio inferior colgante (casi como el de un payaso triste) y su piel, suave, pero tan fina, rayando en la transparencia, que uno podía imaginar que en cualquier momento se apergaminaría y desprendería, revelando otra piel, ajada, surcada de arrugas; y nuevamente llegó a la conclusión de que había cosas que escapaban a su comprensión, tal como le dijo a Emanuel Shorer, y una de ellas era «el comportamiento masculino con las mujeres».
La idea de ir a ver el material grabado en el estudio de televisión le ponía tenso, tensión que trató de intensificar para sobreponerse al agotamiento.
– Tomas demasiado café -le reconvino Shorer-, y también fumas demasiado. A tu edad ya no te lo puedes tomar a broma; tienes que cuidarte. ¿Por qué no dejas de fumar? Fíjate en mí: si me ofrecieras un cigarrillo, ya no sería capaz de disfrutarlo. Llevo cuatro años sin tocar un cigarrillo.
Michael le sonrió. Las muestras de inquietud paternal de Shorer siempre le llegaban al alma.
– Desde que dejé de fumar he engordado, eso es verdad -se lamentó Shorer, tocándose los michelines de la cintura-, pero ya perderé los kilos de más -e, introduciéndose media cerilla en la boca, enmudeció. Sacándose el trozo de cerilla de entre los dientes, lo levantó a modo de dedo admonitorio y dijo-: No es tan fácil extraer el aire comprimido de una botella, rellenarla con monóxido de carbono y lograr que pese lo mismo, ¿sabes?; y no olvides que estamos hablando de dos botellas. En primer lugar, yo trataría de descubrir quién tiene acceso a un laboratorio o ha encargado monóxido de carbono a un distribuidor de productos químicos. Deja el móvil para más adelante; el primer problema es la ejecución.
– Ya lo había pensado, y he empezado a hacer pesquisas, pero de momento no he descubierto ninguna conexión con un laboratorio; en fin, la mitad del equipo está dedicándose a eso en estos momentos. Pero sí sé una cosa: Tirosh estuvo en casa de Dudai, y bajó al sótano en un par de ocasiones…, la primera cuando Iddo estaba en el extranjero, y la segunda después de que regresara. Les fallaba la electricidad, eso es lo que me explicó Ruth Dudai, y Tirosh se la arregló; y era en el sótano donde Dudai guardaba las botellas de aire y el resto de su equipo de buceo.
– El problema es -dijo Shorer tras un instante de silencio- que quizá manipulasen las botellas hace mucho, antes de que entrasen en juego las coartadas.
– E incluso podría haberlo hecho Tirosh -soltó Michael de pronto.
Shorer se quedó mirándolo y acabó por sonreír y preguntarle en tono de reproche:
– ¿Es que sabes algo que no me has contado? Si no es así, ¿por qué demonios iba a asesinar Tirosh a su alumno estrella? Según tu versión, quiero decir.
– No lo sé; lo he dicho sin pensarlo -respondió Michael distraído.
– No lo has dicho sin pensarlo. Antes te referiste al sótano, a que Tirosh estuvo en el sótano -protestó Shorer, dirigiendo una mirada melancólica a la botella vacía de cerveza.
– No lo sé -titubeó Michael-, pero es el único que estuvo en el sótano, aparte de los vecinos de la casa. Y además… -y se quedó callado.
– ¿Y además? -insistió Shorer.
– Da igual. Como bien has dicho, la cuestión del móvil se puede dejar para más adelante.
Shorer retomó el hilo de las preguntas que estaba formulando antes y volvió a interesarse por la familia de Tirosh y las mujeres de su pasado.
– Es posible que estuviera casado, quién sabe. Tienes que consultárselo a alguien que lo conociera cuando llegó a Israel. Tal y como lo describes, es el tipo de hombre que pudo haberse casado, digamos, a los veinte años, para luego desaparecer. E incluso puede que tuviera un hijo, tal vez ilegítimo -y, con una cerilla quemada que cogió del rebosante cenicero, Shorer comenzó a trazar líneas sobre una servilleta de papel.
Michael mencionó a Ariyeh Klein y añadió que Aharonovitz también había conocido a Tirosh en los viejos tiempos, aunque nunca habían sido amigos.