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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– No recibo órdenes de ti.

– Verificadlo esta misma mañana, por favor -dijo Michael en tono conciliador.

– ¿Qué puedo decirles entretanto? -inquirió desesperado Gilly, el portavoz, enjugándose el sudor bajo el cabello rubio que le caía sobre la frente.

Ariyeh Levy le dijo con impaciencia: «Un momento», y centró su atención en Michael, que había comenzado a resumir las tareas del día.

– Están esperando ahí afuera; y se están hartando. Hay hasta un corresponsal extranjero; el tío éste era una figura internacional… ¿Ha visto los titulares de los dos últimos días? -insistió Gilly.

– Cómo no los voy a haber visto -respondió Balilty, aunque la pregunta no iba dirigida a él- «Literatura letal», ¡ése sí que es bueno!

– Déjales que rellenen unas cuantas páginas más -le dijo Michael, tajante-. Entretanto, los libros de Tirosh se están vendiendo como rosquillas…, aunque no sé a quién irá a parar el dinero.

– El artículo «Muertes en serie en el Departamento de Literatura» es más preocupante -comentó Eli-. ¡Están todos temblando como hojas! Kalitzki ha solicitado un guardaespaldas. Zellermaier dice que el miedo no le deja dormir por la noche. No tiene ninguna gracia…, ¿no os parece que a lo mejor sí es necesario proteger a alguno? ¿Quién será el siguiente? Eso es lo que se están preguntando.

Se quedaron cavilando, y como siempre fue Balilty quien rompió el silencio.

– Alguna gente cree -dijo, pensativo- que no va a morirse nunca. Me queréis decir cómo es posible que, teniendo tanto dinero, ese tipo que estaba solo en el mundo no se preocupara de hacer testamento.

– ¿Lo han comprobado? -inquirió Levy, y Eli Bahar mencionó el nombre del abogado de Tirosh.

– Cabe la posibilidad de que lo tenga otra persona -aventuró Ariyeh Levy.

Pero Ely repitió tercamente:

– Lo he verificado. Tampoco he encontrado ningún testamento entre sus papeles.

– ¿Y no tiene familia? -preguntó Levy incrédulo.

– Una anciana tía en Zurich -dijo Michael, y una vez más se hizo el silencio.

– ¿Y sobre qué pista está trabajando ahora? -preguntó Levy.

– Estamos buscando a alguien -repuso Michael con cautela- que haya salido del Monte Scopus entre las dos y las seis, conduciendo el Alfa Romeo de Tirosh y llevándose una estatuilla del tamaño de un antebrazo. No cabría en la cartera de Tuvia Shai, y además él dice que esa mañana ni siquiera la llevaba. Pero sí puede haber cabido en un bolso grande, y no debía de estar muy manchada de sangre. Es posible que se la llevaran en un bolso de plástico. Hemos examinado todos los bolsos de la mujer de Shai, de Ruth Dudai, de todo el mundo, sin encontrar ni rastro de sangre. El guarda del aparcamiento no recuerda haber visto ningún coche saliendo de allí, pero hay que pensar que hacía calor, que estaba sentado en su caseta y que quizá levantase la barrera sin mirar. En resumen, esto no va a ser fácil; y como habrá visto en la documentación, hay montones de candidatos, muchísimas personas que se habrían alegrado de verlo muerto. Basta con pensar en los dramones que montaba en ese café -concluyó amargamente.

– ¿Qué café? -preguntó Tzilla, extrañamente silenciosa esa mañana.

– ¿No te lo he contado ya? -repuso Michael con impaciencia; y añadió al reparar en su expresión preocupada-: Durante los últimos años realizaba una especie de rito. Llegaba a un café de Tel Aviv que se llama Rovall, creo…, pero está todo escrito; tú misma lo has pasado a máquina.

– No lo he pasado todo yo -objetó Tzilla.

– ¿Y qué ocurría en ese café? -se exasperó Ariyeh Levy.

– Todos los lunes se instalaba en ese café de cuatro a seis de la tarde, y muchos poetas jóvenes acudían a enseñarle sus manuscritos. Sentado ante una taza de café, él iba leyéndolos uno tras otro y tomaba una decisión sobre la marcha…, luz verde o luz roja.

– ¿Qué quiere decir con eso de luz verde o luz roja? -preguntó Levy.

– Tirosh dirigía una prestigiosa revista literaria…, se llama Criterios…, y era en ese café donde decidía lo que iba a publicar en la revista.

– Pero si ya te he dicho que acudían en manada al café, y no había discriminación que valiera…, los humillaba a todos; nadie tenía trato preferente -dijo Balilty con brusquedad-. Tengo la lista, y estamos estudiándola; la mayoría eran mujeres, chicas jóvenes, también unos cuantos hombres, pero ninguno habría tenido la fuerza necesaria para levantar esa escultura.

– No lo entiendo -intervino el comandante sin dirigirse a nadie en particular-. ¿Cómo puede prestarse alguien a que le hagan eso? A mí nadie me habría obligado…

– En fin, es un mundo distinto -respondió Michael-, con normas diferentes, el mundo de los poetas. Consideraban a Tirosh un crítico de poesía de primera fila -miró a Ariyeh Levy a los ojos en son de desafío, pero Levy no replicó.

– Esa gente está en otro nivel -señaló Balilty venenosamente-. A nosotros nos toman por analfabetos o algo así.

– Esto tiene su importancia -dijo Michael, pensativo-. Es importante para nosotros porque lo es para ellos. Igual que hay que informarse sobre los diamantes cuando se comete un asesinato relacionado con ellos, ahora hay que tratar de meterse en su mundo y…

– ¡No tengo la menor intención de ponerme a leer revistas de poesía! -exclamó Ariyeh Levy pegando un puñetazo sobre la mesa-. ¡Ya puede ir olvidándose de esa idea!

– La cuestión es que para un poeta que publiquen su obra en esa revista supone darse a conocer, obtener el reconocimiento y el respeto públicos, y todas esas cosas que también existen en los demás mundos, y Tirosh tenía la última palabra en ese terreno -explicó Michael sosegadamente.

– Muy bien, lo hemos comprendido, y ahora quiero preguntarles de nuevo -dijo Levy, pasándose los gruesos dedos por el dorso del cuello mientras se levantaban para irse-: ¿Han descartado los motivos políticos?

– Sí -aseguró Balilty, y Levy le dirigió una mirada escéptica.

Ya en la puerta, Michael les recordó que debían tener listos los resultados de las pruebas poligráficas esa misma tarde, a última hora.

– ¿Dónde vas a pasar todo el día? -le preguntó Tzilla con inquietud una vez fuera del despacho.

– Primero en el Monte Scopus -repuso Michael-, para ver otra vez a Tuvia Shai; quizá nos revele alguna novedad -vaciló un instante y, enjugándose la cara, añadió-: Te llamaré desde donde esté cuando haya terminado.

– ¿No te va a acompañar nadie? ¿Para quedarse en el coche y grabar el interrogatorio?

– Alfandari, espera -dijo Michael elevando la voz hacia el fondo del pasillo-. Te vienes conmigo.

Alfandari se puso al volante de la camioneta, que estaba provista de un equipo de grabación a larga distancia.

– ¿Por qué no le pondrán aire acondicionado? ¿Es que quieren que se estropee este equipo tan delicado? -preguntó retóricamente mientras se acomodaban en la camioneta, donde hacía un calor sofocante.

Michael, a quien la luz deslumbrante le hería los ojos, no dijo nada. Contempló por enésima vez la majestuosa entrada del barrio ruso, maravillado por los contrastes: la fachada del palacio, cuyo interior había sido dividido en despachos mediante finos tabiques, y enfrente, centelleando silenciosa bajo el sol, la iglesia. Los domingos, salían de ella las voces de las monjas ortodoxas; a veces las oía cantar al pasar por delante. Esos cánticos siempre lo conmovían, y tardaba un rato en caer en la cuenta de que era domingo. Cuando alcanzaba a oírlos desde al lado de la caseta del guarda, se fijaba satisfecho en el estupor que paralizaba a los transeúntes, hasta que reaccionaban y seguían su camino. Observó ahora los grandes barriles que cercaban el aparcamiento, la garita de madera del guarda y la cúpula verde de la iglesia, brillando al sol, y frente a él, el albergue que el príncipe Sergio de la casa Romanov había construido para los peregrinos rusos, un edifico que ahora albergaba la oficina de la Sociedad Protectora de la Naturaleza y una sección del Ministerio de Agricultura. Echó una ojeada de conjunto al barrio, a los enormes y suntuosos palacios que habían sido adaptados sin mayores dificultades a las necesidades de la burocracia israelí, y la yuxtaposición de las oficinas con la imagen del príncipe Sergio le hizo asombrarse una vez más de la capacidad de la gente para vivir el día a día de una existencia prosaica en Jerusalén sin pararse a pensar.

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