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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Se sentó en la butaca de tapicería floreada y dejó las llaves en la mesa de centro. No se atrevía a acercarse a ella. Llevaban siete años juntos y todavía había momentos en que no osaba acercársele. Encendió un cigarrillo. Y se quedó a la espera. Transcurrió un largo rato antes de que le preguntara qué pasaba. Al percibir la frialdad de su propia voz y el temblor de sus manos, supo hasta qué punto estaba asustado.

Maya lo miró sombría y movió los labios varias veces hasta que consiguió decir que tendrían que dejar de verse durante algún tiempo. Era la primera vez que proponía una separación. Siempre había sido Michael quien trataba de alejarse de ella, porque se le hacía insufrible la doble vida de Maya, los momentos robados con los que debía contentarse.

Desde el principio de su relación, ella dejó bien sentado que nunca hablarían de su marido, de su vida de casada, y ni siquiera de los motivos por los que no pensaba divorciarse. Tan sólo se permitía mencionar de tanto en tanto a Dana, su hija, que tenía tres años cuando se conocieron. Michael sabía dónde vivía, como es natural, e incluso conocía la voz de su marido de las veces en que había reanudado el contacto después de romper con ella. La noche en que se conocieron, buscó su nombre en la guía telefónica: «Wolf, Maya y Henry, neurocirujano», decía; y desde entonces se había formado una imagen de su lujoso piso de la calle Tivonim, de Rehavia, y de su marido, tal vez canoso, quizá mayor que ella, pero sin duda alguna un hombre de gran presencia. Durante el primer año de su relación, llegaba a sentir un secreto orgullo al pensar que ella dejaba a su marido cirujano y su hogar de la calle Tivonim (hasta le parecía oír el sonido del piano), para ir a verlo, porque lo prefería a él.

Al cabo de un año le había confesado esos sentimientos, burlándose de sí mismo. Ella se rió, pero sin desmentir la imagen que se había formado. Él nunca le habló de las ocasiones en que se apostaba en una esquina de la calle Tivonim, a la espera, de la única vez que la había visto salir de su casa del brazo de un hombre delgado y de baja estatura, que caminaba despacio, ni de su visita a la sección de neurocirugía del Hospital Shaarei Tzedek, donde trabajaba su marido y donde había tratado en vano de encontrarlo leyendo los nombres de los médicos en las tarjetas que llevaban prendidas en el pecho.

Al volver la vista atrás, no lograba precisar el momento en que Maya había dejado de ser una aventura agradable para convertirse en el gran anhelo de su corazón. Al volver la vista atrás, algo que nunca dejaba de hacer durante las largas noches que, cada vez con mayor frecuencia, pasaba solo hastiado del esfuerzo de buscar a alguien que la sustituyera, a veces pensaba que aquella primera noche, inocente como fue, y también extraña, Maya ya se había convertido en la mujer de su vida. Sabía, sin embargo, que sólo el paso del tiempo le permitía reconocer un orden, un proceso, los motivos y las pautas de conducta. En el momento, cuando sucedió, no habría sabido predecir qué curso seguirían los acontecimientos. Y a la pregunta: «Si hubieras previsto el futuro, ¿habrías actuado de otra forma?», respondería inmediatamente, sin necesidad de pensárselo, que todo habría sucedido tal y como ocurrió.

Ahora se oyó preguntarle fríamente si quería un café y la vio hacer un gesto negativo con la cabeza.

No quería nada. Sólo que le prestara toda su atención. La situación ya era bastante difícil de por sí, dijo, estirando el borde de su falda. Tenía que hablarle de su marido.

Michael se quedó perplejo. Maya nunca había empleado las palabras «mi marido», como tampoco se había referido a él llamándolo por su nombre. Por lo general, él también lograba eludir el tema. Siempre había tenido la impresión de que bajo la alegría con la que Maya acudía a él se ocultaba una tristeza profunda; de que tras la mujer segura de sí misma y con experiencia había una niña pequeña y amedrentada. Pero eso no era nada raro, pensaba. Detrás de cualquier mujer llena de aplomo siempre se esconde una niña asustada. Pero Maya era diferente. Bajo la inseguridad infantil Michael advertía la presencia de otra capa más profunda, que le inspiraba hondos temores, una capa de fortaleza y de capacidad para resistir lo peor. Aun sin saber qué podía ser «lo peor», percibía con toda claridad la fortaleza trágica de Maya. Y ahora, esa percepción se plasmó en unas palabras concretas.

– Esclerosis múltiple -dijo Maya, pronunciando el término médico en tono desapasionado-. Hasta el momento ha progresado muy despacio, pero ya lleva un año en silla de ruedas, y ahora parece que quizá no vuelva a levantarse de la cama.

El cigarrillo que Michael tenía en la mano se había consumido hasta el filtro. Miró a Maya con incredulidad.

– Es imposible que no lo supieras -dijo ella-. Jerusalén es una ciudad provinciana, aquí es inevitable enterarse de todo. Estaba convencida de que lo sabías y hacías como si no lo supieras para no molestarme. A fin de cuentas, eres detective. Aunque tal vez al ser médico, y gracias a su posición social, y a mil cosas más, la noticia no se ha difundido tanto.

– ¿Y cuando nos conocimos? -preguntó Michael.

Maya asintió con la cabeza.

– Diez años. Un deterioro lento. Ahora tiene cuarenta y siete años.

De manera que Maya era diez años más joven que su marido, se apresuró a calcular Michael; y enseguida se avergonzó de sí mismo.

– Pero no lo habría abandonado aunque no hubiera estado tan enfermo, aunque hubiera estado bien; claro que quizá no me habría permitido llegar a un compromiso tan hondo contigo.

Michael detestaba la palabra «compromiso», y pensó en la arrogancia de quienes se creían capaces de controlar hasta dónde debía llegar su amor; pero mantuvo su cara de póquer y se resistió a la tentación de hablar.

– No me preguntes por qué, pero no tengo la intención de ingresarlo. Lo cuidaré en casa, al menos mientras sea posible. Y no sé si sería capaz de soportar las transiciones de mi casa a la tuya, sin contar con el sentimiento de culpa.

Rara vez se había sentido tan paralizado como en aquel momento, pensaría Michael después. Y, una vez más, repasó mentalmente, como quien vuelve a ver una película, las escenas de su vida en común, a partir del primer encuentro. La imagen inicial siempre era la misma: una noche en que regresaba de Tel Aviv a Jerusalén, después del desvío de Shaar Hagai, vio un coche en el arcén y a una mujer recostada sobre el parachoques. Era la una de la mañana y Michael Ohayon, recién ascendido a inspector de la Unidad de Grandes Delitos, joven, divorciado, saciado de aventuras sexuales pero todavía receptivo ante la sonrisa de una mujer, detuvo su coche y se aproximó a ella. La mujer le sonrió y la luz de los faros iluminó los destellos dorados de sus ojos y la redondez de sus mejillas. Luego Michael vio sus sinuosas rodillas blancas y el anillo de casada que ceñía su anular. Cuando le preguntó qué problema tenía, ella explicó que se había quedado sin gasolina. No añadió ninguna de las típicas excusas femeninas. Él consideró la posibilidad de trasvasar gasolina del depósito de su coche al de ella, pero sintió náuseas sólo de pensar en el sabor de la gasolina que habría de tragar al principio. A esas horas de la noche no había ninguna gasolinera abierta. Se ofreció a llevarla a casa, a Jerusalén, dejando su coche donde estaba.

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