Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– No sé lo que es pornográfico y lo que no lo es, pero desde luego es literalmente… significativa, podría decirse -comentó Michael, e hizo una mueca.
Ariyeh Levy, comandante del subdistrito de Jerusalén, levantó los ojos de la documentación que estaba examinando y se quitó las gafas de leer, pero su mirada reprobatoria no hizo mella en su objetivo; con lo que volvió a calarse las gafas exhalando un suspiro y se concentró de nuevo en el contenido del legajo. Michael pensó en las incontables horas que había pasado con esas personas en circunstancias similares y se preguntó por qué esta vez la intimidad que había entre ellos, los gestos familiares, las reacciones predecibles, no le reportaban el bienestar al que estaba acostumbrado. Hoy todo le irritaba. Tal vez se debía a la ausencia de Emanuel Shorer, que siempre actuaba como amortiguador entre Ariyeh Levy y él, pensó; pero hoy ni siquiera Emanuel lo habría rescatado de la soledad que sentía. Consultó su reloj ostensiblemente y, para su sorpresa, Balilty captó su estado de ánimo y masculló:
– No son más que las ocho de la mañana, Ohayon.
Tzilla se abanicaba con el informe que tenía en la mano.
En el amplio despacho, cuyas ventanas daban a la entrada principal, hacía un calor sofocante pese a que era temprano; la polvorienta hiedra que cubría la fachada del edificio y se colaba por la ventana tan sólo creaba una ilusión de sombra.
Gilly, el portavoz de la policía de Jerusalén, preguntó con voz ronca si podía «facilitar la fotografía a la prensa»; «Todavía no», respondió Michael en tono quedo pero firme, que no admitía réplica. Balilty suspiró y Raffi comenzó a informarles del interrogatorio al que había sometido a Ariyeh Klein. El comisario jefe pegó un carpetazo sobre la mesa y miró a su alrededor en silencio. Cuando su mirada se detuvo sobre Michael se le agrió el gesto. Se bajó las gafas de leer hasta la barbilla y comenzó a mordisquear una patilla.
– Si echáis un vistazo a su declaración -continuó Raffi Alfandari-, veréis que regresó el jueves por la noche y decidió no decírselo a nadie de fuera de su familia. Alquiló un coche en el aeropuerto y se fue directamente a Rosh Pinna, donde vive su anciana madre. Volvió a Jerusalén el sábado por la noche, después de haber recogido a su mujer y a sus tres hijas en el aeropuerto. Ellas regresaron el sábado por la noche; lo hemos verificado. De manera que, en mi opinión, Klein está libre de sospecha.
– ¿Cómo lo han verificado? -quiso saber Ariyeh Levy.
– Pues…, se lo preguntamos a su madre, una de esas pioneras de los viejos tiempos; se le ve en la cara que es incapaz de mentir. En fin, eso fue lo que nos dijo -se retiró un mechón invisible de la frente, bajó la vista nervioso y prosiguió-: Lo interesante es…, de momento no hemos transcrito esa parte…, que Klein vio a Dudai un par de veces en Estados Unidos; la primera justo después de que llegara Dudai y la segunda cuando iba a marcharse. Y me ha dicho que Dudai estaba de muy mal humor antes de regresar a Israel.
Balilty miró a Raffi Alfandari y dijo con una sonrisa:
– Es el discurso más largo que te he oído pronunciar en todo el año.
– ¿Por qué? -preguntó Michael sin hacer caso a Balilty.
Y Raffi, que desde su primer día de trabajo en el equipo había demostrado a Michael una admiración y una lealtad sin reservas, y que, por así decirlo, mantenía un diálogo privado con él, repuso con una timidez que le daba un aire juvenil e inocente:
– Klein dijo que Dudai estaba viviendo una crisis muy seria con respecto a su doctorado, pero no quiso entrar en detalles; me consultó si podría hablar contigo de ese asunto.
Levy dejó sus gafas de leer sobre los documentos.
– ¿Qué es esto, una cafetería? ¿Es que cada uno puede pedir lo que se le antoje? -se quejó Balilty.
Pero Michael lo atajó preguntando si también habían citado a Klein para que realizara ese mismo día la prueba poligráfica.
Tzilla asintió vigorosamente con la cabeza y dijo:
– Sí, a las cuatro. Y preguntó si estarías aquí a esa hora, pero no supe qué responderle.
– No sé si estaré aquí -dijo Michael-, pero puedes decirle que me pondré en contacto con él.
Ariyeh Levy apoyó las manos sobre la mesa y enarcó las cejas, dando a entender que no podía soportar más tonterías. Michael captó la señal y supo que se avecinaba un estallido, pero prefirió hacer caso omiso y se dijo: «Hoy no es un buen día para estar con el equipo; será mejor que te largues; estás tan rimbombante como Ariyeh Levy y más o menos igual de agradable».
Pero en ese momento Balilty preguntó por sorpresa:
– ¿Os he dicho ya que estuvo casado? -y dirigió una mirada triunfante en torno a la mesa hasta que sus ojos toparon con la expresión furibunda de Michael; entonces añadió en tono serio y formal-: En 1971, el profesor Tirosh se fue a pasar un año sabático a Canadá. Por lo visto debía de sentirse muy solo, porque un mes más tarde se le unió la señorita Eisenstein, que tenía en aquel entonces dieciocho años y medio; y quiero recordaros -y aquí sonrió lascivamente- que él tenía cuarenta y uno; y cuando llegó a Canadá se casó con ella, aunque no fue más que una ceremonia civil, sin rabino. Y exactamente seis meses después se divorció de ella.
Con gesto de satisfacción, Levy los miró a ambos, primero a Balilty y luego a Michael, como si quisiera decirles: Ni siquiera vosotros sois capaces de controlarlo, y volvió a concentrarse en los documentos.
– Ponte en contacto con Criminalística y diles que añadan eso a la prueba poligráfica de Eisenstein -le dijo Michael a Tzilla.
– Pero ¿qué importancia tiene eso? -era la primera vez que Eli Bahar abría la boca esa mañana-. ¿Qué más da si estuvo casado con ella hace mil años? ¿Por qué iba a reaccionar ahora de pronto?
– Lo cierto es que había huellas suyas en el despacho de Tirosh, y el árabe lo había limpiado el jueves, porque, como es natural, el viernes lo tiene libre -dijo Balilty-, ¿Quién dice que las relaciones se terminan cuando uno se divorcia? En este mundo se ven cosas increíbles, y lo que ahora nos interesa es que entre ellos había una relación rara de la que nadie sabía nada; tenemos que hablar de eso con ella.
– Pero yo verifiqué su coartada después de que la interrogara Raffi; y es cierto que cogió un taxi en la universidad a las doce y media del viernes; y no tiene carné de conducir -dijo Eli Bahar agresivamente.
– ¿Cómo lo sabes? -le replicó Balilty.
Una vez más descendió el silencio. Ariyeh Levy lo rompió diciendo en tono paternaclass="underline"
– Si no sabíamos que habían estado casados, es posible que haya otras cosas de las que no estemos enterados, como un carné de conducir canadiense; además se puede coger un taxi y volver más tarde -Eli Bahar despegó los labios para decir algo, pero Levy lo detuvo levantando la mano-: Estoy seguro de que lo ha comprobado…, no hace falta que me cuente los detalles; pero vuelva a comprobarlo a la luz de lo que acabamos de oír. Recuerde el caso de Dina Silver, que aseguraba que no sabía coger una pistola y luego resultó que había ganado el primer premio en un concurso de tiro al blanco en el extranjero. Hay quienes piensan que lo que hacen fuera del país queda en secreto. Es evidente que hay que verificar los datos de nuevo. Y, en general, debo decirles que están faltando a su deber al tener tantos miramientos con ellos -alzó la voz y el tono paternal se desvaneció-. No entiendo por qué no arrestan a Tuvia Shai y a su señora; en mi opinión, esto lo han tramado entre los dos. Se han dado casos así, con personas ricas y solitarias. Y no sé qué pensará usted -lanzó una mirada sarcástica a Michael-, pero, desde mi punto de vista, Tirosh era un hombre rico, y esta pareja, los Shai, quisieron echarle el guante a través de ella, de la mujer, para sacarle el dinero, y luego Tirosh la deja plantada y les estropea los planes.