La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
En la cocina Luiza estaba ocupada cortando jamón con un gigantesco cuchillo.
– Luiza, ¿qué ocurre? En la casa hay un silencio fantasmal, cualquiera pensaría que no hay vida humana.
– Se han ido todos. El senhor Eduardo quería enseñarles las tierras.
– ¿Todos? ¿También dona Alma?
– Sí, ella también. Hoy tenía muy buen aspecto, parecía más sana que nunca. No se puede decir lo mismo de ti.
– Bien, déjame decirte que me encuentro perfectamente, sean cuales sean los horribles chismorreos que hayas oído sobre mí.
– Chismorreos, ¿hum?
– Sí. Dime, ¿qué te han contado los esclavos?
– Oh, nada, lo vi todo con mis propios ojos. Cuando empezaste a bailar de ese modo con el senhor León, Miranda vino a buscarme para que lo viera personalmente. ¿Y sabes lo que dijo? Que la sinhazinha parecía tener relaciones con ese hombre. Sí. ¿Y sabes lo que yo pensé cuando os vi? Que ya habías tenido relaciones con él.
– ¡Dios santo, Luiza, eres demasiado vieja para entenderlo! Hoy se baila así, otros también bailaron igualmente juntos, no pasa nada.
– ¡Nada, ts, ts!
– ¡Basta! ¿Te han dicho cuándo vuelven?
– A la hora de la cena como muy tarde. Todavía tienes un par de horas antes de ponerte colorada ante ellos.
– No tengo esa intención. Me voy a nadar. Ponme algo para comer, estoy segura de que ayer sobró mucha comida.
Con la cesta que Luiza le había preparado, Vitória se dirigió a su zona de baño preferida. Estaba como a un cuarto de hora de la casa. El Paraíba do Sul hacía allí una pequeña curva, formando una especie de lago. No había corrientes fuertes, el agua tenía el fondo suficiente para poder nadar, pero también para estar de pie. El fondo estaba cubierto de un fango resbaladizo y unas extrañas plantas que prefería no pisar. La zona estaba rodeada de árboles y arbustos que protegían a Vitória de las miradas de los curiosos. Aunque era muy improbable que alguien llegara hasta allí, ella se sentía más segura si no se la veía desde lejos.
A su hermano y a ella les había enseñado a nadar un indio. Después de que Pedro estuviera a punto de ahogarse cuando era pequeño, su padre había encargado al único hombre de Boavista que sabía nadar que instruyera a sus hijos en ese arte. Eduardo no estaba dispuesto a perder un hijo en una zona casi desierta donde había tantas aguas peligrosas. Y tampoco quería dejar a sus hijos bajo la custodia exclusiva de su ama: sabía que les gustaba escaparse de ella. Tras agrias discusiones con su mujer, ésta accedió por fin a que recibieran las clases de natación, aunque siempre había pensado que a una persona educada no se le había perdido nada en el líquido elemento.
Vitória se desvistió hasta quedarse en ropa interior. Luego miró a su alrededor, pero aparte de un par de caballos que estaban pastando, no vio a nadie que la observara. Luego se quitó rápidamente la camisa interior y los pantalones con volantes que le llegaban hasta la rodilla y saltó al agua. Bañarse desnuda era mucho más cómodo que hacerlo con la ropa interior, que en el agua le impedía nadar porque se formaban burbujas de aire y luego al salir se le pegaba al cuerpo y le picaba. Vitória dio un par de enérgicas brazadas y sintió como si se quitara un gran peso de encima. ¡Para acabar la resaca no había nada mejor que darse un baño en agua fría! Se soltó la trenza y metió la cabeza debajo del agua. Le gustaba cuando al salir del agua el pelo se le pegaba pesado y liso a la espalda.
Pasados unos minutos Vitória salió del agua. El sol calentaba con demasiada fuerza, y las dolorosas quemaduras del sol en la nariz y la espalda ya habían enseñado a Vitória anteriormente que a esa hora del día no debía permanecer mucho tiempo en el río. Se secó con una toalla y se la enrolló alrededor del cuerpo. Se vestiría cuando se le hubiera secado el pelo. Luego extendió una manta sobre la hierba, se sentó y miró a ver qué había en la cesta. ¡Se moría de hambre! La noche anterior apenas había comido, y al levantarse tampoco tenía mucho apetito. Por eso tenía ahora un hambre canina. Luiza le había puesto en la cesta pan, asado frío, un poco de paté, un trozo de queso, fruta e incluso zumo de cerezas, y Vitória dio cuenta de ello como si fuera la última comida de su vida. Luego se sintió cansada. Se tumbó sobre la manta con las piernas encogidas, disfrutó de los juegos de luces y sombras que el sol hacía en su cara al pasar a través de las copas de los árboles, se le perdió la mirada entre las hojas que había sobre su cabeza, hasta que se adormeció. Medio dormida tuvo sueños extraños, como que tenía una cita con León esa misma tarde.
Un poco más tarde se despertó bruscamente por la picadura de una avispa que trató de apartarse de la cara. Vitória se puso de pie de un salto, dejó caer la toalla que tapaba su desnudez y corrió hasta el agua. Cuando salió de nuevo, miró a su alrededor. Debido al susto había olvidado tener cuidado. ¿Y si la había visto alguien? Pero no parecía ser el caso. El entorno estaba tan silencioso y tranquilo como siempre. Sólo se oía el rumor del río y el zumbido de los insectos. Vitória se tocó la picadura. Se estaba hinchando. ¡La avispa la había picado justo en medio de la cara, dos dedos más abajo del ojo derecho! Y eso cuando tenía que presentarse luego ante sus padres y sus invitados y tenía una cita con León.
Un momento. ¿Lo había soñado? Vitória no estaba en condiciones de distinguir si había mezclado un recuerdo auténtico con su extraño sueño o si el sueño había sido muy realista. ¿Y si realmente tenía una cita con León? En breve tendría peor aspecto que el día que a Luiza le dolía una muela y se la tuvo que sacar el veterinario porque el dentista no pudo llegar a tiempo. Se le hincharía tanto la cara que a León se le quitarían las ganas de mirarla y besarla.
Vitória se vistió, recogió sus cosas y volvió a casa. A pesar de la dolorosa picadura se sentía fresca y preparada para hacer frente a las sucias acusaciones y las miradas llenas de reproches. Quizás la avispa la hubiera picado en el momento oportuno, pues su cara hinchada y enrojecida distraería la atención de todo lo demás.
– Yo diría que ese insecto ha dado en el blanco -dijo Pedro burlándose de su hermana.
– Sí, y no sólo el bicho… -continuó dona Alma con tono incisivo.
Los padres de Joana bajaron la vista y miraron sus platos abochornados. Eran gente amable, tranquila, y no querían ser testigos de una disputa familiar. Pronto formarían parte de aquella familia, pero tardarían aún un tiempo en sentirlo de corazón.
Una vez que hubo expuesto una versión apropiada para sus padres sobre su encuentro con la avispa, Vitória no dijo una sola palabra más. Observó a sus nuevos parientes y creyó apreciar que a su padre le gustaban, mientras que dona Alma les hacía ver su inferior categoría. Joana y Pedro ignoraban aquella tensión subliminal y cuchicheaban entre sí. Vitória les envidió. ¿Por qué ella no podía sentarse también allí con su amado e intercambiar miradas cariñosas o acariciar su mano bajo la mesa? ¿Por qué se veía obligada a mantener encuentros secretos, y por qué no podía León cortejarla de forma oficial? Nadie habría considerado obsceno su baile si hubieran estado prometidos. Sí, él debería hablar con sus padres y pedirles su mano. Pero tendría que salir de él, era imposible que ella se lo propusiera. ¡No iba a ir tan lejos como para pedirle a un hombre que se casara con ella!
Después de cenar Vitória se retiró con el pretexto de que quería echarse un poco. Aquello provocó una mirada furiosa de dona Alma, pero se le concedió permiso. Una vez que se habían ido el resto de los invitados, Joana había sido trasladada a una habitación independiente, con lo que nadie notaría la ausencia de Vitória. Había decidido acudir al punto de encuentro, aunque todavía no estaba segura si todo había sido un sueño. Pero ¿qué tenía que perder? Si él no acudía habría dado un bonito paseo nocturno a caballo, y eso era mejor que mantener una forzada conversación con su familia.