La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Se puso un vestido de color oscuro y unas botas fuertes y esperó hasta que el reloj del salón marcó las ocho. Luego abrió la puerta con cuidado, miró a derecha e izquierda por el pasillo y, cuando estuvo segura de que no había nadie en el piso superior, se dirigió a la escalera de servicio. Bajó de puntillas y despareció sigilosamente por la puerta posterior. En el establo ensilló el caballo ella misma y cruzó despacio el patio. Aquel era el momento más difíciclass="underline" todavía solía haber esclavos deambulando por allí, aunque a esa hora debían estar ya en la senzala. Y bastaba con que en la casa grande hubiera alguien mirando por la ventana para que se frustrara su excursión. Pero no fue así. Nadie vio a Vitória y su dócil yegua Vitesse, que seguía a su dueña complaciente y tranquila a pesar de las inusuales circunstancias. En cualquier caso, nadie la habría oído: un viento fuerte y cálido sacudía puertas y ventanas, y apagaba cualquier ruido que hubiera podido delatar a Vitória.
Al salir del patio Vitória se montó en el caballo. Miró el cielo con preocupación. La amenazante tormenta de verano que había respetado su fiesta el día anterior era casi seguro que estallaría aquella noche. Ojalá tuviera la amabilidad de empezar cuando ella ya estuviera de vuelta y a resguardo en Boavista. Avanzó hacia el noroeste y aguzó la vista para reconocer el camino a la luz de la luna y no pasarse del desvío hacia Florença, donde habían quedado… siempre que la cita no fuera fruto de su imaginación.
Vitória ató el caballo a un almendro. A pesar de que la luna empezaba a salir, la noche era muy oscura. Grandes nubes cruzaban el cielo. El fuerte viento hizo que a Vitória le lloraran los ojos y se le pegara la falda a las piernas. El árbol se movía con el vendaval y la hierba se doblaba hasta rozar el suelo. El aire olía a tormenta. ¿Dónde estaba León? Con aquel estruendo no se oía nada, ni siquiera el incansable cantar de los grillos. Vitória creía ver la silueta de León por todas partes, hasta que se dio cuenta de que sólo eran los arbustos de café moviéndose al viento.
– Vita.
¿Acaso oía voces por efecto del viento? Se volvió, y se encontró de nuevo en los brazos de León.
– ¡León!
El corazón de Vitória dio un brinco, pero intentó que no se notara que la había asustado.
Él no dijo nada. La miró con ojos vidriosos, la abrazó con fuerza y la besó. Con suavidad al principio, luego con más intensidad. Sus labios sabían a sal y alcohol. La respiración de Vitória se aceleró. El modo en que él jugaba con su lengua, mordisqueaba sus labios y besaba su cuello estaba lleno de deseo, casi de desesperación. Nunca había visto así a León. Cuando le mordisqueó la oreja mientras le susurraba promesas de amor con voz áspera, la barba incipiente le arañó en el cuello. El cuerpo de Vitória se vio inundado por una ola de excitación. A pesar de todo consiguió apartarle.
– León, empieza la tormenta. Debemos buscar refugio. Inmediatamente.
Corrió hacia Vitesse y la soltó del árbol. Notó que el animal estaba nervioso. Cuando iba a montar, León se acercó y puso las manos juntas a modo de estribo para ayudarla a subir.
– No te preocupes, sinhazinha. Tu esclavo está aquí para todo…
En aquel momento Vitória no estaba para bromas. La tormenta se aproximaba cada vez más y ella empezaba a tener miedo. Un rayo la hizo estremecerse. Durante unas décimas de segundo todo quedó iluminado por una fantasmal luz blanca, y el rostro de León le pareció el de un espíritu. No podían perder tiempo en discusiones. Puso el pie en sus manos.
Cuando estuvo sentada en la silla, León se limpió en el pantalón las manos manchadas de polvo y subió a su caballo. Tomaron la dirección de donde habían venido antes. Boavista estaba a unos veinte minutos a caballo. Hubo un relámpago, a los pocos segundos sonó un trueno que pareció cortar el aire. El caballo de Vitória se encabritó, apenas podía controlarlo. León se adelantó y le hizo con la mano una señal para que le siguiera. Se metió por una pequeña senda que llevaba hasta una cabaña en ruinas. A Vitória le sorprendió que León conociera esa cabaña. Ella jugaba allí con Pedro cuando eran pequeños y conocía cada metro de sus tierras, pero no entendía por qué León se orientaba tan bien.
Llegaron a la cabaña poco después de que empezara a llover. Hacía mucho tiempo que Vitória no estaba allí, y recordaba el lugar más grande y más bonito. En realidad se trataba de un refugio, una rudimentaria construcción con sus cuatro paredes formadas por grandes tablones de madera y un tejado de hojas de palmera que apenas soportarían la tormenta. No tenía, ventanas, y en el hueco de la entrada sólo dos bisagras oxidadas recordaban que alguna vez hubo una puerta.
Los caballos se movían como locos y no se dejaban atar, con lo que León decidió llevarlos consigo. Entretanto, la lluvia se había convertido en un auténtico diluvio. León intentó tranquilizar a los caballos mientras sacaba una manta de sus alforjas y se la lanzaba a Vitória. Ella la cogió y la miró con perplejidad. ¿Para qué quería una manta? Hacía un calor insoportable, aunque el vestido empapado la refrescaba un poco.
– Pónla en el suelo -dijo León-. ¿O vas a esperar de pie a que amaine la tormenta?
A pesar del miedo que tenía -conocía la increíble violencia de las tormentas tropicales-, Vitória recuperó su energía habitual. Con los pies retiró las pajas que había en el suelo de tierra, y extendió encima la manta. Se sentó con la espalda apoyada en la pared y las piernas encogidas, y observó cómo León se quitaba la camisa para secar los caballos.
– Yo creía que eras un esclavo doméstico. Pero al parecer eres sólo un mozo de caballerizas que se preocupa más del bienestar de los animales que del de una dama.
León rió.
– Tendrías que verte, sinhazinha. Pareces un picaruelo atemorizado y con la cara hinchada porque acaba de recibir una paliza. No pareces precisamente una dama. Aunque mientras sigas hablando como una señorita no tendré que preocuparme por ti.
Sacó una botella de sus alforjas y se acercó a Vitória. Con una voz algo más suave le dijo:
– Tengo algo que te quitará el miedo.
Se sentó en la manta junto a ella, se retiró de la cara el pelo mojado, dejó caer la cabeza hacia atrás, miró el techo de hojas de palmera y respiró profundamente. Luego volvió la cara hacia Vitória. También ella volvió la cara hacia él. León abrió la botella y se la ofreció a Vitória. Ésta la cogió, la olió y frunció el ceño.
– ¡Whisky!
– Sí, da un buen trago.
Ella dudó un momento, luego inclinó la botella y dio unos cuantos tragos. Tomó aire de golpe.
– ¡Cielos, cómo abrasa!
Le devolvió la botella, de la que él tomó también un par de sorbos. Luego se miraron y se echaron a reír. La situación era demasiado ridícula. Estaban allí, sucios y empapados, sentados en una vieja cabaña en medio de una fuerte tormenta y bebiendo whisky directamente de una botella. Vitória no podía dejar de reír, descargando toda la tensión, el miedo y el nerviosismo que había acumulado, hasta que las lágrimas empezaron a rodarle por la cara.
– Vita.
El tono de León detuvo su ataque de risa.
– ¿Sí?
En la oscuridad no veía bien su cara, pero pudo distinguir su gesto serio.
Él se inclinó sobre ella, le puso la mano en la nuca y acercó su cabeza. Ella cerró los ojos. Los labios de León rozaron suavemente sus mejillas, con la punta de la lengua fue limpiando las lágrimas que le quedaban alrededor de los ojos. Cubrió toda su cara de besos, y cuando sus bocas se encontraron por fin, Vitória respiraba con la misma fuerza que él. Su alegre estado de ánimo fue como un chaparrón chispeante que invadió todo su cuerpo. Abrió los labios y se entregó al beso de León. Él lamió sus labios, cruzó su lengua con la de ella, y ella le siguió, respondió con el mismo juego de sus labios y su lengua.