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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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Presionó el botón de encendido de la linterna y la luz se encendió, comprobando que la máquina se hallaba frente a él; pero ya extraña e insustancial, era el fantasma de una máquina, el rastro que había dejado tras él, cuando se había adentrado en el futuro. Levantó su brazo libre y usó la manga de la chaqueta para limpiarse la frente que tenía seca. Podía considerarse satisfecho: había realizado lo que tenía que llevar a cabo. Había devuelto el golpe asestado a Stone, había destrozado los planes de Finn.

Ya no había materia para una lección, había dejado de existir el texto en que Finn se apoyaría para predicar su sermón. En su lugar, había la burla socarrona de lo verdaderamente mágico que Finn había combatido durante años.

Tras él se sintió un movimiento, y Blaine se volvió tan da prisa que la linterna se le escapó de la mano y cayó en e1 suelo rodando por él.

Y una voz habló desde la oscuridad.

—Shep — dijo llena de cordialidad —, ha sido un maravilloso trabajo.

Blaine se quedó helado y la desesperanza se posesionó de todo su ser.

Aquello era el fin, sin duda. Había llegado al extremo de todos sus esfuerzos. Había terminado su desesperada huida.

Conoció en seguida aquella voz que hablaba con entonación cordial y amistosa. No pudo nunca haberla olvidado.

El hombre que se hallaba en la oscuridad del cobertizo era su viejo amigo ¡Kirby Rand!

XXIV

Rand era un bulto oscuro en la lobreguez del cobertizo, conforme se adelantaba para recoger la linterna caída por el suelo. Dio la vuelta para dirigir el haz luminoso sobre la máquina estelar y con su ayuda podían advertirse las motas de polvo danzar en el interior del corazón de la máquina.

—Sí — repitió Rand —. Un maravilloso trabajo. No sé cómo pudo hacerlo usted y no sé tampoco por qué lo hizo; pero es evidente que se ha cuidado muy bien de su trabajo.

Apagó la linterna y por un momento permanecieron ambos sumidos en la oscuridad, aliviados solamente por el débil resplandor de la luz de la luna que entraba por las ventanas.

—Supongo que sabrá usted que el Anzuelo le concede un voto de gracias por esto — dijo Rand nuevamente.

—Déjese de tonterías, Rand — repuso Blaine —. Sabe usted perfectamente que esto no se ha hecho en honor del Anzuelo.

—No obstante — añadió Rand —, resulta que en esta zona particular, nuestros intereses coinciden. No podíamos permitir que se perdiera esta máquina, ni tampoco que fuera a parar a manos extrañas. Usted lo entiende, por supuesto.

—Perfectamente.

Rand dejó escapar un suspiro.

—Esperaba encontrarme disturbios y si hay algo que el Anzuelo quiera suprimir por todos los medios, son tales disturbios. Particularmente cuando tales problemas surgen, en nuestro territorio.

—No creo que haya ningún disturbio que preocupe al Anzuelo — repuso Blaine.

—Me alegro de oír una cosa así. Ya usted, Shep, ¿qué tal le van las cosas?

—No muy mal del todo, Kirby.

—Vaya, esto es magnífico — repuso Rand —. Estupendo. Eso me hace sentirme mejor. Y ahora, supongo que deberemos marcharnos de aquí.

Se dirigió hacia la salida, por la ventana, y se quedo a un lado.

—Usted primero — dijo a Blaine —, y yo le seguiré detrás. Supongo que debo advertirle, como buenos amigos que somos, que no tratará usted de escapar corriendo.

—No tiene que temerlo — le respondió Blaine secamente, mientras saltaba por la ventana al exterior.

«Pude haber huido, por supuesto, se dijo a sí mismo, pero aquello hubiera sido extremadamente estúpido y sin sentido, ya que estaba fuera de toda duda que Rand llevaba consigo una buena pistola que sabía manejar diestramente, incluso a la débil luz de la luna. Y más que aquello, si se producía un tiroteo, Harriet podría subir en auxilio suyo y se vería inevitablemente envuelta en el drama. La chica debería continuar escondida en el bosquecillo de sauces bajo la carretera general, y Blaine pidió con todo su corazón, como en una plegaria, que se hubiese marchado».

Harriet era entonces la única esperanza que le quedaba a Blaine.

Se quedó, pues, al otro lado de la ventana y esperó a que Rand la saltara igualmente. Cuando lo hizo se dirigió hacia él, quizá demasiado rápidamente, como un perro de presa y entonces se relajó y emitió una risita entre dientes. —Ha sido un truco fantástico, Blaine — dijo — Realizado con la mayor eficiencia Algún día me dirá usted exactamente de qué forma lo llevó a cabo, ya que robar una máquina estelar no es cosa fácil.

Blaine tuvo que tragarse su asombro y esperó que la luz de la luna escondiese la expresión que denotaba su rostro Rand se le acercó y con gesto amistoso le tomó por un brazo.

—Tengo el coche aquí cerca.

Anduvieron juntos a través de la pequeña jungla de matorrales que rodeaba la entrada del cobertizo y el terreno aparecía ahora distinto, habiendo dejado su anterior aspecto umbroso para convertirse en un mágico paisaje alumbrado por la suave luz de la luna, A la derecha, se apreciaba el pueblo, como una masa informe de casas oscurecidas, más parecidas a montones de tierra negra, rodeados por árboles desnudos que levantaban sus ramas hacia el cielo. Hacia el oeste y el norte, se extendía el terreno de la pradera plateada, plana y sin detalles apreciables, inmensa y extendida por una vasta área.

Y bajo la carretera, el bosquecillo de sauces.

Blaine miró de reojo y sólo apreció los árboles; no se veía luz alguna ni el menor destello de cualquier cuerpo metálico que pudiese delatar que allí se escondía un coche. Se aproximó uno o dos pasos y volvió a mirar sin que se diera cuenta Rand; pero no había duda alguna. Harriet se había marchado.

«Buena chica, pensó. Ella tenía un enorme sentido común. Se habría marchado tan pronto como Rand hubiera aparecido por allí, ya que la única forma de ser útil, era quitarse de en medio por el momento y volver en el instante oportuno otro día.»

—Supongo — dijo Rand — que no tendrá usted ningún sitio en que alojarse.

—No — repuso Blaine —. No lo tengo.

—Mal pueblo — contestó Rand tranquilamente —. Toman esos asuntos de las brujas y de los hombres-lobo demasiado en serio. Las policías me han detenido dos veces, amenazándome con la cárcel. Y me han dicho testarudamente que se trataba de mi propia protección.

—Están preocupados — indicó Blaine —. Lambert Finn se encuentra en el pueblo.

—Ah, sí — respondió Rand con cautela —. Es un viejo amigo nuestro.

—No le conozco. Nunca le he visto — dijo Blaine.

—Un espíritu encantador — comentó Rand —. Verdaderamente encantador.

—Yo sé muy poco sobre él, sólo lo que he oído decir…

Rand adoptó un aire más serio.

—Yo sugeriría que pasara usted la noche en el Puesto Comercial. El factor le proporcionará alojamiento adecuado. Y no me sorprendería que además de una buena comida, sacara también una buena botella. Siento repentinamente un enorme deseo de tomarme unos tragos.

—Puedo arreglármelas solo — concluyó Blaine.

No teñía sentido luchar en aquel momento, y mucho menos sentido pensar en correr. Lo mejor seria continuar con Rand y aprovechar cualquier oportunidad. Con el carácter cortés de la forma en que se desenvolvía la nueva entrevista con el jefe de la seguridad del Anzuelo, la partida volvía a cobrar un peligro mortal nuevamente.

Blaine terminó por preguntarse por qué tenía que molestarse más. Después de lo sufrido en las últimas semanas, el Anzuelo le parecía más bien la única solución. Aun en el caso de que le enviasen a la Baja California la perspectiva le iba resultando mucho más atractiva y preferible que continuar aquella vida miserable por el Missouri.

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