Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Se giró hacia los hombres y su voz llegó por encima del agua hasta Lola:
– ¿Perro? -llamó en español.
Lola le echó un rápido vistazo a Max, una fracción de segundo, deseando que se diera prisa. Baby subió al asiento, pero Lola, sin apartar los ojos de la playa, lo obligó a bajar. Uno de los hombres se volvió hacia la lancha y Lola contuvo el aliento. El hombre caminó hasta la orilla del agua, y Lola oyó que las voces de la playa subían de tono, excitadas.
– Vamos, Max -murmuró Lola con el rostro pegado al respaldo del asiento.
Como si éste la hubiera oído, levantó la mano, la miró y cerró el puño.
Lola se dio la vuelta y, sin que la mano le temblara, encontró la llave, la llave y empujar el acelerador. Eso fue exactamente la que hizo.
No pasó nada. Lo intentó otra vez y el motor emitió un ruido pero enseguida se paró.
– Mierda, mierda, mierda -masculló Lola.
Oyó que las voces de la playa aumentaban de volumen, y probó de nuevo.
Nada. Lanzó una ojeada por encima del hombro y vio que los homrbes corrían hacia la balsa. Entre el caos, Lola oyó la voz de Max.
– Es el momento de irnos, cariño.
Lola giró la llave, pero el motor petardeó y se paró. Lo volvió a intentar y esta vez el motor se encendió con un ruido ronco. Lola apretó el acelerador al máximo. La lancha salió disparada hacia delante y el sombrero de Lola salió despedido. Sujetó el timón y lo mantuvo firme. La lancha chocaba contra las olas y la noche se llenó con el tableteo de las metralletas. Lola agachó la cabeza y esperó que Max hubiese hecho lo mismo. No podía ver hacia dónde se dirigían, pero supuso que no importaba mucho siempre y cuando se apartasen de la playa. La noche era tan oscura que no habrían podido ver nada de todas maneras.
Entonces, de repente, una explosión, como un trueno, encendió el cielo. Lola miró hacia atrás y vio que el Dora Mae estallaba en una gran bola de fuego. Sonaron dos explosiones más y trozos del yate salieron volando en todas direcciones. Max se levantó, y su silueta se recortó contra las llamas que devoraban el yate. Con las piernas separadas levantó el puño en un gesto triunfante, como si fuera el campeón mundial de los pesos pesados.
Max había pasado buena parte de su vida profesional en el frío y la humedad. Aunque no era su forma preferida de pasar la noche, ya estaba acostumbrado a ello. Pero Lola no. Max encontró una manta en el fondo de la lancha y se la dio.
– Quítate la ropa mojada -le aconsejó mientras tomaba el control del timón.
La luz que brillaba en la isla se alejaba. Max se desató la linterna y el mapa que llevaba atados al cinturón. La lancha estaba equipada con todo tipo de artefactos y era todo la que un traficante podía necesitar para localizar los alijos de droga flotantes en el Atlántico. Max se sentó junto a Lola y le enfocó el rostro con la linterna. A Lola le temblaban los dedos y tenía dificultades en desabrocharse los botones. Se le habían amoratado labios y apretaba con fuerza al perro contra su pecho.
Con una mano en el timón, Max la ayudó a quitarse el vestido. Lo arrojó al fondo de la lancha. Luego, se las apañó para desprenderle la cinta del hocico a Baby. El perro emitió una serie de fieros ladridos mientras Max los tapaba a los dos con la manta.
– Quédate ahí un poco más -le dijo Max, fijándose en el GPS
Encendió las luces de la lancha y desplegó el mapa. Sobre los mandos encontró un lápiz y una libreta, y utilizó el lápiz para marcar las coordenadas. Quería asegurarse de que la guardia costera encontrase la isla y a los cuatro traficantes de droga.
Max no creía que la explosión del Dora Mae hubiera matado a nadie: seguramente sólo había hecho llover un poco de fuego encima de esos tíos y les había chamuscado un poco el pelo.
A algunas personas les habría parecido excesivo hacer explotar ese yate, pero a Max no. A pesar de que no creía que esos hombres fueran capaces de reparar el Dora Mae, no estaba dispuesto a dejarles la opción de intentarlo. Tampoco quería arriesgarse a que encontraran cualquier cosa que Lola o él hubieran podido olvidar y que les permitiera seguirles la pista. Además, había muy pocas cosas en este mundo comparables a una buena explosión.
Max encendió la radio, y no le sorprendió no oír nada. De todos modos, el hecho de que no detectara a ningún barco por la zona no significaba que no hubiera ninguno. Sintonizó a la guardia costera y alcanzó el micrófono.
– ¿Cuál es tu segundo nombre? -le preguntó a Lola. No quería anunciar a la guardia costera ni a nadie que Lola y él se encontraban en una lancha rápida robada.
– Faith -le contestó Lola, temblando.
– Grupo de guardacostas de los cayos de Florida, grupo de guardacostas de los cayos de Florida, aquí el barco Faith. ¿Me reciben? Cambio.
Esperó medio minuto antes de repetirlo. Nada. A la luz de la pantalla, leyó su posición y determinó que la tormenta los había arrastrado unas noventa millas al sureste de los cayos. Sesenta millas al sur de su anterior posición a bordo del Dora Mae.
– ¿Dónde estamos? -preguntó Lola, con las mandíbulas apretadas-. ¿Estamos cerca de Florida?
– A unos ciento treinta kilómetros -respondió él, demasiado cansado para convertir con precisión millas náuticas a kilómetros. Cuando llegara a casa, dormiría por lo menos tres días seguidos.
– ¿Quieres compartir mi manta?
– No, ya no falta mucho.
Los tres motores de la lancha les permitían viajar a una velocidad superior a cincuenta nudos, pero no tenían ninguna protección contra el viento así que Max mantuvo la velocidad a veintiséis nudos. El cielo estaba totalmente despejado y plagado de estrellas.
– Ma… Max.
– Qué.
La miró. Había sacado una mano de debajo de la manta y se estaba quitando el barro de la frente. Los mechones del pelo le caían sobre el rostro y en ellos brillaba el pálido reflejo de la luna. La luz dorada del cuadro de mandos caía sobre sus labios y sobre su boca, como miel, mientras hablaba.
– De verdad pensé que íbamos… que íbamos a morir -balbució, un poco más alto que el rugido de los motores.
– Ya te dije que me aseguraría que llegaras a casa.
– Lo sé.
Baby sacó la cabeza de la manta, miró alrededor y volvió a meterse en ese rincón cálido y seguro junto al pecho y el vientre de Lola.
Ese perro no sabía lo afortunado que era. Max sí, y habría preferido no saberlo.
Incluso ahora, sintiendo el frío y el viento cortante en los dedos de los pies y las mejillas, el recuerdo de esa piel suave le provocaba una ola de calidez en el vientre. Habría sido mucho mejor que se hubiesen separado sin que él llegara a saber lo maravilloso que era hacer el amor con ella. Habría sido mejor que hubiera pasado el resto de su vida como cualquier otro hombre, imaginando cómo sería sujetar ese rostro entre las manos y besar esos labios.
Ahora que ya lo sabía, le resultaría mucho más difícil renunciar a ello. Renunciar a ella.
Ahora sabía que debajo de esas curvas de modelo había una mujer con coraje y determinación, el tipo de valor que él admiraba.
Cuantas más millas recorría la lancha en dirección a la costa de Florida, más se acercaba el momento en que la entregaría a los guardacostas. Una vez que hubiera realizado el trabajo, tendría que poner distancia entre ambos. Lola no le pertenecía, pero cuando ella le apoyó la cabeza en hombro, Max no consiguió apartarla. Mantuvo una mano en el timón y con la otra se acercó el micrófono a la boca.