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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– ¿Te ocurre algo? -le preguntó la madre superiora tras invitarla a pasar.

La hermana Anne tomó aliento, y tras un largo silencio, rompió a llorar.

– Es culpa mía -sollozó.

Sabía que algo terrible había pasado y el remordimiento la carcomió.

– La muerte del padre Connors ha sido un fuerte golpe para toas, pero estoy segura de que no tienes nada que ver con ella, hermana Anne -repuso con calma la madre Gregoria-. Las circunstancias eran algo complicadas, y por lo visto tenía un problema de salud que desconocíamos.

– Un monaguillo le contó al verdulero que el padre Connors se había ahorcado -balbuceó la joven.

A la madre Gregoria no le gustó oír eso.

– Te aseguro, hermana Anne, que esos rumores son falsos.

– ¿Y dónde está Gabriella? La hermana Emanuel dijo que se la llevó una ambulancia y que nadie sabe por qué. ¿Dónde está?

– La hermana Bernadette está bien. Sufrió un ataque de apendicitis ayer noche y vino a contármelo esta mañana.

Pero la hermana Anne había visto salir del despacho de la madre Gregoria a los curas de San Esteban. El convento era una comunidad pequeña, un mundo cerrado, y pese a hallarse en los brazos de Dios, no estaba libre de chismorreos. Y esa mañana había habido muchos y la madre Gregoria estaba muy disgustada por ello. Lo único que quería ahora era tranquilizar a la joven postulante.

– Le escribí un anónimo sobre ellos -confesó la hermana Anne entre sollozos-, porque pensé que Gabriella estaba coqueteando con él… Oh, madre… Estaba celosa, no quería que ella tuviera lo que yo había perdido antes de venir aquí…

– Hiciste mal, hija mía -dijo la madre Gregoria, que recordaba la carta perfectamente y la inquietud que le había provocado-, pero tus temores eran infundados. La hermana Bernadette y el padre Connors sólo eran buenos amigos y se admiraban mutuamente por la vida cristiana que compartían. Nosotras no debemos inmiscuirnos en los problemas del mundo. Estamos libres de ellos. Y ahora olvida todo este asunto y vuelve con tus hermanas.

Consoló a la joven durante un rato y l juego la despidió con una nota para la hermana Emanuel en la que le pedía que acudiera a su despacho en cuanto las postulantes se hubiesen acostado. Lo mismo hizo con la madre Inmaculada, y a las demás se lo pidió de palabra.

Había doce rostros mirándola con expectación esa noche, a las diez en punto, y la madre superiora pidió a cada uno de ellos que apagara los rumores que corrían por el convento. Era un momento muy triste para todos, en particular para los curas de San Esteban, y debían proteger a la comunidad de las habladurías. No tenía sentido seguir ahondando en los detalles de lo sucedido o avivar las llamas de un posible escándalo. La madre Gregoria habló de forma firme y tajante, y cuando las monjas le preguntaron por el paradero de Gabriella, les dijo lo mismo que a la hermana Anne. Había sufrido un ataque de apendicitis y estaría de vuelta en unos días.

– ¿Pero son ciertos los rumores, madre? -la hermana Mary Margaret era la monja más anciana del convento y no tenía problemas para interrogar a su superiora, que era mucho menor que ella-. Dicen que la hermana Bernadette y el padre Connors estaban enamorados. -pero no, agradeció en silencio al cielo la madre Gregoria, que estaba embarazada-. ¿Es cierto? ¿Se suicidó él? Las novicias se han pasado el día haciendo conjeturas.

– Cosa que nosotras no haremos, hermana Mary Margaret repuso severamente la madre Gregoria-. Desconozco las circunstancias de la muerte del padre Connors y tampoco deseo conocerlas, como tampoco deseo que continúen dándole vueltas al asunto. El padre Connors está ahora en manos de Dios, donde todas estaremos algún día. Debemos rezar por su alma sin preocuparnos de cómo llegó allí. Estoy convencida de que no hubo nada entre él y la hermana Bernadette. Los dos eran personas jóvenes, inteligentes e inocentes. Si existió algún tipo de atracción entre ambos, estoy segura de que no fueron conscientes de ello. Y no deseo volver a oír hablar del asunto. ¿Está claro, hermanas? Se acabaron los rumores. Y para asegurarme de que los dedeos tanto míos como de los sacerdotes de San Esteban se cumplen, el convento se mantendrá en silencio durante los próximos siete días. No intercambiaremos una sola palabra a partir de mañana. Y cuando hablemos de nuevo, que sea sobre temas santos.

– Sí, madre -respondieron las monjas al unísono, apaciguadas por la fuerza de su palabras.

Pero para la madre superiora era algo más que una orden. No podía soportar las cosas que decían sobre Gabriella. La quería demasiado para oír su nombre ligado al escándalo que había empujado a un joven sacerdote a suicidarse. Y se alegraba de que nadie hubiese descubierto que Gabriella estaba encinta. Por fortuna, los sacerdotes que la habían visto caer deseaban tanto como ella mantener el asunto en secreto. La rauda partida de Gabriella en la ambulancia había causado una fuerte impresión en sus compañeras y era un milagro que nadie hubiese reparado en a verdadera causa. La historia de su apendicitis había salvado la situación por el momento.

La madre Gregoria despidió a sus hermanas y se quedó sola en el despacho durante un rato. Luego fue a la iglesia y se arrodilló para rogar a la santísima Virgen que la ayudara mientras, lentamente, daba rienda suelta a los sollozos que llevaban todo el día pidiendo ser liberados. No podía soportar perder a Gabriella, no quería ni pensar en lo que podría sucederle en un mundo cruel que tantos estragos había hecho en ella con anterioridad y para el que no estaba preparada. Ojalá ella y el padre Connors hubiesen escuchado la sabiduría de sus corazones, ojalá se hubiesen detenido antes de que fuera demasiado tarde… pero eran tan jóvenes, tan inocentes y tan ajenos a los riesgos que corrían. La madre Gregoria rezó por el alma de Joe Connors, sabedora de lo torturado que debió de sentirse la noche de su muerte y de lo desgraciada que debía de sentirse Gabriella ahora. Y mientras rezaba por ellos tuvo la certeza de que no podía haber peor infierno para ellos que ése.

14.-

La madre Gregoria no volvió a visitar a Gabriella, pero llamaba con frecuencia al hospital para preguntar por su estado; los informes de las enfermeras eran cada vez más esperanzadores. Habían cesado las transfusiones y le habían dado cuanto podían sin correr el riesgo de provocar una reacción adversa. Ahora su cuerpo debía cicatrizar por sí mismo con el tiempo. La monja sabía que el cuerpo cicatrizaría antes que el corazón.

También se alegraba de que la ambulancia no la hubiera llevado al hospital Mercy, pues en ese caso habría sido imposible sofocar los rumores. La versión del ataque de apendicitis se había extendido rápidamente y ahora, con el voto de silencio impuesto en el convento, las monjas no podían especular más sobre el asunto. Pero la madre Gregoria sabía que tenía una conversación pendiente con Gabriella. Se había visto de nuevo con los sacerdotes de San Esteban y con el arzobispo. Y aunque habían tomado una decisión difícil, Gregoria sabía que era la única posible. Aceptar a Gabriella de nuevo en la comunidad sería como plantar una semilla defectuosa en un jardín sagrado. O por lo menos eso le dijeron.

Solicitó clemencia para Gabriella, pero de haberse tratado de otra muchacha no lo habría hecho. Gabriella no estaba en condiciones de reingresar en la orden, y puede que nunca lo estuviera. Quizá un día, en otro lugar, dijeron, pero por ahora… El arzobispo Flaherty se mostró inflexible. Y ahora la madre superiora tenía que comunicar la noticia a Gabriella.

El día que le dieron el alta envió a una hermana a recogerla al hospital, si bien antes le recordó su voto de silencio. En cuanto regresaran, Gabriella debía presentarse en su despacho. La madre superiora estaba segura de que la hermana obedecería sus órdenes.

Con todo, no estaba preparada para ver a Gabriella en semejante estado. Estaba tan pálida y asustada que parecía un fantasma. Se sentó trabajosamente en la misma silla que había ocupado la mañana que averiguó que Joe Connors se había ahorcado en su habitación del San Esteban. La mañana que estuvo a punto de morir y que ahora lamentaba que no hubiese ocurrido. Y al mirarla, Gregoria vio algo roto y vacío en sus ojos.

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