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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Caray, ha ido de pelos -dijo la voz de un hombre-. Pensé que la habíamos perdido.

Y así había sido, en más de una ocasión. Pero Gabriella seguía viva, pese a sus esfuerzos por irse. Se había leudado porque Joe se había negado a llevársela. Y cuando Gabriella abrió de nuevo los ojos, comprendió que nunca volvería. Todos la abandonaban para siempre.

– ¿Cómo te encuentras, Gabriella?

Podía ver los ojos de la mujer que le hablaba, pero todavía no distinguía las caras. Todos los rostros aparecían cubiertos con mascarillas, pero sus voces eran ahora más amables. Y al tratar de contestar, se dio cuenta de que aún no podía. Sentía el cuerpo y el alma vacíos.

– No puede oírte -protestó la voz, como si Gabriella hubiera vuelto a fallarles.

Se preguntó si iban a castigarla. Ya no le importaba. Podían hacer con ella lo que quisieran siempre y cuando los demonios no regresaran con sus colas afiladas para rasgarle el alma.

La dejaron sola durante un rato y luego la llevaron a un lugar diferente, y cuando despertó tenía puesta una mascarilla. El olor era horrible y se sentía mareada. Poco después empezó a ver gente, pasillos y puertas y alguien le dijo que la estaban trasladando a su habitación. Pensó que se hallaba en una cárcel y que finalmente iban a castigarla por todas las cosas terribles que había hecho. Todos sabían que era culpable. La metieron en el cuarto y la dejaron sola, adormilada sobre la camilla, sin más explicación.

Finalmente entraron dos mujeres vestidas de blanco. Con cuidado la trasladaron a la cama, le ajustaron el transfusor de sangre y la dejaron dormir el resto del día. Gabriella no sabía qué hacía allí, pero todavía recordaba los gritos de dolor de la mujer. Y más tarde, cuando el médico entró a hablar con ella, rompió de nuevo a llorar. Por fin comprendía lo que había ocurrido. Había perdido el bebé de Joe.

– Lo siento mucho -dijo el médico. No sabía que Gabriella era postulante, pero supuso, por el convento donde vivía, que era soltera y que sus padres la habían metido allí a causa del embarazo-. Podrá tener más hijos algún día -añadió para animarla.

Gabriella sabía que se equivocaba. Temerosa de convertirse en un monstruo como su madre, nunca había deseado tener hijos, pero con Joe a su lado pensó que podría ser diferente. Había tenido la oportunidad de compartir su vida con el hombre que amaba y con un hijo fruto de ese amor. Un sueño apenas saboreado, un sueño que no merecía y que, sin Joe, se había convertido en una pesadilla.

– Tendrá que cuidarse mucho durante un tiempo -le previno el médico-. Ha perdido mucha sangre. Si hubiese llegado veinte minutos más tarde, la habríamos perdido.

El corazón de Gabriella se había detenido dos veces en la sala de partos. Era el peor aborto espontáneo que el médico había presenciado en su vida, y fue tal la pérdida de sangre que hubiera podido matarla.

– Se quedará unos días con nosotros para que podamos vigilarla y mantener las transfusiones. Después podrá volver a casa, pero sólo si me promete que descansará. Nada de fiesta ni salida con los amigos.

El médico sonrió, imaginando una vida que Gabriella no conocía, pero la muchacha era joven y bonita y supuso que estaba deseando ver a sus amigos, y probablemente, al hombre que la había dejado embarazada. Luego le preguntó si quería que telefoneara a alguien por ella y Gabriella le miró con el rostro contraído de pena.

– Mi marido murió ayer -dijo, dotando póstumamente a Joe del papel que hubiera deseado para él en vida.

El médico la miró con tristeza.

– Lo siento mucho.

Durante la operación había tenido la extraña sensación de que Gabriella no quería vivir, y ahora ya no le cabía duda. La joven había querido morir y estar con el hombre a quien llamaba su marido, aunque todavía dudaba que hubiesen estado casados. De haber sido así, Gabriella no habría llegado al convento de San Mateo

– Ahora intente descansar.

Era cuanto podía ofrecerle, y tras examinarla un poco más se marchó. Gabriella era una muchacha bonita y joven y tenía una larga vida por delante. Había sobrevivido a esta experiencia y sobrevivía a otras. Con el tiempo el suceso acabaría convirtiéndose en un recuerdo vago, por mucho que en la actualidad se sintiera como si el mundo hubiese acabado para ella.

Y a los ojos de Gabriella, así era. Estaba convencida de que no le quedaba nada por lo que vivir. No quería vivir sin Joe. Tumbada en la cama, no podía dejar de pensar en él y en el diario que le había escrito, el tiempo que habían pasado juntos, las charlas, las confidencias, las risas, los paseos por el Central, Park, los momentos robados y las breves horas de pasión en el apartamento prestado. Se esforzó por recordar cada palabra, cada inflexión, cada momento compartido. Y cada vez llegaba hasta el final, hasta los dos sacerdotes sentados en el despacho de la madre Gregoria. Y cada vez oía de sus labios que Joe se había quitado la vida y que ella tendría que vivir para siempre con ese peso en la conciencia. Gabriella estaba convencida de que la muerte de Joe era culpa suya. Recordaba haberlo visto en sueños esa misma mañana, mientras escarbaban en su interior. También recordaba que había estado a punto de irse con él y se odiaba por no haberlo hecho. Medio adormilada, intentó hacerle venir, pero sin éxito. No conseguía que pareciera real. Joe la había abandonado, como los demás. Y ahora sólo podía tratar de imaginar la angustia que le había llevado a quitarse la vida, el dolor y el sufrimiento que debía de haber padecido. Se acordó entonces de la madre de Joe. Ella había tomado esa misma decisión diecisiete años antes y dejado a su hijo huérfano. Pero Joe no había dejado a nadie, sólo a ella. Gabriella ni siquiera tenía al bebé. No tenía nada salvo dolor.

La madre Gregoria fue a verla esa noche. Había hablado con el médico por la tarde y sabía que Gabriella había estado al borde de la muerte. El hombre mencionó lo que la joven le había contado sobre la muerte del padre de la criatura y expresó su compasión por ella. Y la madre Gregoria, aunque no lo dijo, también sintió mucha lástima cuando vio a Gabriella. Tenía la cara blanca como la muerte y los labios azulados. Le estaban haciendo otra transfusión, pero no parecía tener efecto. El médico había explicado a la madre Gregoria que Gabriella podría tarde meses en recuperarse a causa de la hemorragia. Y para la madre Gregoria eso representaba un grave problema.

Se sentó a la vera de Gabbie y apenas habló. A Gabbie le costaba mucho hablar y cuanto intentaba decir la hacía llorar.

– No hables, hija mía -dijo al final la madre Gregoria.

Le cogió una mano y poco a poco Gabriella volvió a dormirse. Y la madre Gregoria se estremeció al ver que parecía muerta.

La noticia de la muerte del padre Connors había llegado al convento esa misma mañana. Las hermanas se habían pasado el día haciendo conjeturas, y la madre Gregoria había hecho un anuncio breve y solemne en el comedor a la hora de la comida. Declaró que el joven sacerdote había muerto de forma súbita y que no se celebrarían misas por él. Su cuerpo iba a ser incinerado y enterrado en Ohio, junto a su familia, por decisión del arzobispo.

La madre de Joe, al haberse suicidado, no estaba sepultada en un cementerio católico, y la decisión del arzobispo Flaherty parecía la más humana. Había que dejar las cenizas del padre Connors en algún lado. No hubo más explicaciones, pero las monjas encontraban sospechoso el hecho de que el padre Connors fuera incinerado. La Iglesia católica prohibía la incineración salvo en caso de dispensa especial. Cuando la madre Gregoria pidió un minuto de oración por su alma, las miradas de las monjas estaban llenas de preguntas. Y más tarde, cuando miró en derredor, advirtió que la hermana Anne había estado llorando.

Horas después la joven postulante llamó a la puerta del despacho de la madre superiora. Parecía muy afligida.

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