Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Él le soltó la mano y, por un segundo, a la joven le dio un vuelco el corazón. Pero el hombre cambió de posición y se volvió hacia ella, ya con los ojos abiertos. Miró a su mujer y vio aquellos enormes ojos, que parecían estanques llenos de tristeza, suplicándole que la amara. Puede que en ese momento hubiera algo en la cara de Alice que ningún hombre en su sano juicio habría sido capaz de rechazar porque, suspirando, su marido la rodeó con el brazo y le permitió acurrucarse contra su pecho. Ella le puso los dedos con suavidad en el cuello, respirando de forma superficial, confusa por el deseo y el alivio.
—Quiero hacerte feliz —murmuró Alice, en voz tan baja que ni sabía si él la habría oído—. De verdad.
La joven alzó la vista. Los ojos de Bennett buscaron los suyos, este bajó la boca hacia la de ella y la besó. Alice cerró los ojos y se abandonó a él, notando cómo se aflojaba en lo más profundo de su ser algo que estaba atado con tal fuerza que apenas le dejaba respirar. Él la besó y le acarició el pelo con la palma de la mano, y ella deseó quedarse en ese momento para siempre, donde todo era como antes. Bennett y Alice, una historia de amor en ciernes.
La vida y la dicha de las lenguas de fuego,
y, al salir de ti, firmemente tensado y afinado,
puedo despertar al mundo soñoliento y verterme en él…
Alice sintió cómo el deseo crecía en ella rápidamente, con su mecha encendida por la poesía y las palabras desconocidas del librito azul, que conjuraban imágenes que su imaginación anhelaba hacer realidad. Entregó sus labios a los de él, dejó que su aliento se acelerara y sintió una descarga eléctrica cuando él emitió un leve gemido de placer. Ahora su peso estaba sobre ella y sus musculosas piernas entre las suyas. Alice se movió contra él, con la mente dispersa, mientras las terminaciones nerviosas de todo su cuerpo echaban chispas. «Ahora», pensó Alice, e incluso ese pensamiento se tiñó de un placer urgente.
«Ahora. Por fin. Sí».
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bennett. La joven tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba diciendo—. ¿Qué haces?
Ella apartó la mano. Luego, bajó la vista.
—Estaba… ¿tocándote?
—¿Ahí?
—Yo… Creí que te gustaría. —Él se apartó y se cubrió la entrepierna con la colcha, dejando a Alice expuesta. Algunas partes de ella todavía ardían de deseo, y eso la envalentonó. La joven bajó la voz y puso una mano en la mejilla de Bennett—. Esta noche he leído un libro, Bennett. Es sobre cómo puede ser el amor entre un hombre y su mujer. Lo ha escrito una doctora. Y dice que deberíamos sentirnos libres para darnos placer mutuamente de todas las formas…
—¿Que estás leyendo qué? —Bennett se incorporó—. ¿Qué diablos te pasa?
—Bennett… Hablaba de las personas casadas. Lo crearon para ayudar a las parejas a darse placer en la alcoba y… Bueno, al parecer a los hombres les encanta que les toquen…
—¡Para! ¿Por qué no puedes limitarte a… comportarte como una dama?
—¿Qué quieres decir?
—Eso de tocarse y esas lecturas obscenas. ¿Qué diablos te pasa, Alice? Haces que… ¡Haces que sea imposible!
Alice se repuso.
—¿Yo hago que sea imposible? ¡Bennett, no ha pasado nada en casi un año! ¡Nada! ¡Y en nuestros votos prometimos amarnos con nuestros cuerpos, como en todos los demás aspectos! ¡En unos votos que hicimos ante Dios! ¡Ese libro dice que es completamente normal que un marido y su esposa se toquen donde quieran! ¡Estamos casados! ¡Eso es lo que dice!
—¡Cállate!
A Alice se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué te pones así, si lo único que intento es hacerte feliz? ¡Solo quiero que me quieras! ¡Soy tu mujer!
—¡Cállate ya! ¿Por qué tienes que hablar como una ramera?
—¿Cómo sabes cómo hablan las rameras?
—¡Que te calles de una vez! —Bennett le dio un manotazo a la lámpara de la mesilla de noche, que se hizo añicos en el suelo—. ¡Cállate! ¿Me oyes, Alice? ¿Es que no puedes parar de hablar?
Alice se quedó helada. En la habitación de al lado, oyó cómo el señor Van Cleve gruñía al levantarse de la cama, mientras los muelles chirriaban, contrariados. La joven hundió la cara entre las manos, preparándose para lo que inevitablemente vendría a continuación. Cómo no, pocos segundos después, llamaron a la puerta de la habitación con fuerza.
—¿Qué pasa ahí dentro, Bennett? ¿Bennett? ¿Qué es todo ese ruido? ¿Has roto algo?
—¡Vete, papá! ¿Vale? ¡Déjame en paz!
Alice se quedó mirando a su marido, boquiabierta. Esperó a que el sonido del detonador del carácter del señor Van Cleve se activara de nuevo, pero, tal vez igualmente sorprendido por aquella respuesta tan poco propia de su hijo, solo se oyó el silencio. El señor Van Cleve se quedó al otro lado de la puerta unos instantes, tosió un par de veces y luego le oyeron volver a su cuarto, arrastrando los pies.
Esa vez fue Alice la que se levantó. Saltó de la cama, recogió los pedazos de la lámpara para no pisarlos con los pies descalzos y los dejó con cuidado sobre la mesilla de noche. Luego, sin mirar a su marido, se alisó el camisón, se puso la mañanita y se fue al vestidor, que estaba en la puerta de al lado. Su rostro volvió a convertirse en piedra, mientras se tumbaba en el diván. Se tapó con una manta y esperó a que llegara el alba o a que el silencio del cuarto de al lado dejara de pesarle como un muerto en el pecho, lo que sucediera antes, si es que algo sucedía.
10
Uno de los peores enfrentamientos de las montañas de Kentucky se inició […] en Hindman como consecuencia del asesinato de Linvin Higgins. Dolph Drawn, ayudante del sheriff del condado de Knott, organizó una patrulla y se dirigió al condado de Letcher con varias órdenes judiciales para detener a William Wright y a otros dos hombres acusados de dicho asesinato […]. En la pelea subsiguiente, varios hombres resultaron heridos y mataron al caballo del sheriff. (John «Diablo» Wright, líder de la banda de los Wright, más adelante pagó por el animal porque «lamentaba haber matado a tan buen caballo»). La contienda duró varios años y se llevó por delante a ciento cincuenta hombres.
WPA, Guía de Kentucky
El invierno había llegado con crudeza a la montaña y Margery se enroscó en el torso de Sven en la oscuridad, rodeándolo con una pierna para que le diera más calor, consciente de que allá fuera habría diez centímetros de hielo que romper sobre el pozo y un montón de animales esperando malhumorados a que los alimentaran. Aquellos dos hechos hacían que, cada mañana, los últimos cinco minutos bajo el enorme montón de mantas fuera aún más placentero.
—¿Esta es tu forma de persuadirme para que haga café? —murmuró Sven, soñoliento, dándole un beso en la frente antes de cambiarse de postura para que le quedara claro lo placentero que le resultaba también a él.
—Solo te estaba dando los buenos días —dijo Margery, antes de exhalar un largo suspiro de satisfacción. La piel de Sven olía tan bien… A veces, cuando él no estaba, dormía envuelta en su camisa, solo para sentirlo cerca. Deslizó un dedo por su pecho, inquisitivamente, una pregunta a la que él respondió en silencio. Los minutos pasaron lenta y gratamente, hasta que Sven volvió a hablar.
—¿Qué hora es, Marge?
—Pues… las cinco menos cuarto.
Sven gruñó.
—¿Te das cuenta de que, si vivieras conmigo, podría pasar media hora más hasta que nos levantáramos?
—Y sería igual de difícil hacerlo. Además, últimamente a Van Cleve le hace tanta gracia que me acerque a su mina como le haría que tomara el té en su casa.
Sven tuvo que admitir que tenía razón. La última vez que había ido a verlo para llevarle la fiambrera de la comida que se había olvidado, Bob, el guardia de Hoffman, la había informado con pesar de que tenía órdenes estrictas de no dejarla entrar. Obviamente, Van Cleve no tenía ninguna prueba de que Margery O’Hare tuviera nada que ver con las cartas legales para impedir la creación de la mina a cielo abierto de North Ridge, pero había muy poca gente con los recursos o el valor suficientes para estar detrás de aquello. Y su vituperio público sobre los mineros de color le había dado donde más le dolía.