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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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Llanlil, alto y delgado, inició un giro cauteloso. Cimbreante, amagaba entrar una y otra vez en un juego de desgaste que enardecía a Bernabé, pesado pero seguro. Las finas hojas de acero chocaron en sucesivas tiradas y arrestos neutralizados con firmeza por los contrincantes. En uno de esos finteos Bernabé entrevió un resquicio en la guardia de Llanlil y por allí extendió con velocidad pasmosa la cuchillada homicida. El indio saltó perfilándose. Le pareció escuchar el alarmado grito de Blanca. El cuchillo penetró por el tejido de su brazo y alcanzó a torcer su cuerpo. Sintió la aguda punta presionando su costado mientras la cara de Bernabé se aplastaba, casi contra la suya. Se le pegó a la cara el cálido sudor que exhalaba su rival. Percibió el olor acre y penetrante… -¡miedo!- pensó Llanlil. El otro pugnaba por zafarse y Llanlil por herirlo. De golpe el hombre fuerte de Sandoval levantó la rodilla ferozmente hundiéndola en el vientre del indio; éste se dobló con un rugido de dolor y el poncho cayó de su brazo enganchado en el cuchillo de Bernabé. Por unos segundos permaneció doblado casi tocando el suelo, atontado por la tremenda conmoción que cortaba su aliento. Confusamente le llegó la exultante carcajada de su contrario, pero el breve tiempo que Bernabé demoró en desembarazarse del poncho, salvó a Llanlil… Comprendió éste que otra vez la lucha favorecía a su asaltante de las montañas y el odio, aquel odio profundo que lo impulsó leguas y leguas por las duras mesetas, creció en él como una oleada salvaje. Con un último esfuerzo corrió hacia adelante, encogido y tropezando con las piedras mojadas de nieve y barro y la cuchillada dirigida a su cuello pasó a escasos centímetros del cuerpo. Se irguió de nuevo con la chaqueta de cuero desgarrada, el arma brillando en su mano; ágil como un gato montes obligó a Bernabé a girar, quedando ambos al borde de una vacilante hoguera. El frustrado intento sumergió a Bernabé en una ola de pánico. A pesar de toda su habilidad, aquel indio escurridizo e imperturbable lo sobrecogía. Le parecía estar, no frente a un hombre, sino ante un puma de elásticos movimientos y afiladas garras, siempre bailando ante sus ojos y dispuesto a herir sin piedad. Una banda de sudor y miedo le nubló la visual y se le antojó que la noche descendía aún más tenebrosa y obscura en torno suyo. Maldijo la nieve que espesaba sus copos desdibujando la silueta de su rival. Aguardó el ataque con las piernas abiertas y decidido a matar. Pero Llanlil no se apresuraba. Deliberada y tenazmente quería hacer sentir la infinita gama del terror reflejada en aquellos ojos, casi ocultos por las gruesas cejas, que lo miraban con fiero odio, pero sin nada de la burlona displicencia de un momento antes. Recobrado de los efectos del golpe que tuvo la virtud de galvanizar su energía, dominaba a Bernabé con su fría determinación. Saltó, giró, paró golpes, avanzó, pero siempre distante, impersonal, como ausente e inasible. A Bernabé le parecía que luchaba contra un fantasma casi diluido entre la nieve y la obscuridad. Alrededor de los dos hombres el silencio era total. El grupo de Ruda y Juan vigilaba la lucha y a los hombres de Sandoval, pero éstos se mantenían tranquilos, intimidados por el número y la decisión de los recién llegados. Aquellos no eran indios resignados, a quienes se podía engañar con razones capciosas y argucias de mala fe.

Cuando el trágico juego pareció abarcar la noche entera y los hombres de Maniquiquen seguían imperturbables la lucha viril de su hermano de raza, el final se hizo previsible ante el creciente desconcierto de Bernabé.

– ¡Dése por vencido, Bernabé! -gritó Ruda intuyendo el desenlace. Juan lo miró con reprobación. Entre su gente los duelos eran a muerte.

– ¡Vení, desgraciado! -bramó Bernabé, incitando a Llanlil al asalto decisivo. Bajo la manga de cuero de su chaqueta la sangre corría mojando el dorso de la mano ligeramente contraída. Bernabé mostraba la cara cruzada de rojos hilos sangrantes. El cuchillo de Llanlil la había taraceado con diabólica minuciosidad…

El final llegó por senderos inusitados. El poncho de Llanlil seguía caído en el centro del palpitante ruedo de figuras inmovilizadas. Pisoteado y embarrado por los pies de los rivales, se confundía con las piedras. En un momento determinado, Bernabé con desesperada resolución tiró un golpe decisivo y se fue con todo el cuerpo sobre Llanlil; esperó éste, listo a cruzarlo una vez más con enloquecedora persistencia. Bernabé atropello y la punta de una bota se enredó en el poncho caído. Gritó espantado al sentir la punta de acero penetrar entre las costillas… el grito se convirtió en lóbrego aullido que paralizó a los mudos espectadores, y de golpe se trocó en un ronco estertor agónico al tocar el puñal el cansado corazón. Sus brazos cayeron flojamente a lo largo del cuerpo y se aplastó contra el indio que recibió el peso mortal y blando con sorprendido júbilo. Sintió el impulso ancestral de lanzar la voz victoriosa del guerrero, pero los ojos vidriosos que lo miraban con el postrer asombro de la muerte, contuvieron la explosión en su garganta. Luego el cuerpo se desplomó sobre él, y fue cayendo hasta el duro suelo pedregoso, dejando en el pecho de Llanlil una huella sangrienta. La revuelta y negra cabellera del muerto quedó de inmediato moteada de algodonosos copos como si el cielo derramase sus lágrimas blancas sobre el vencido.

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Blanca ahogó un sollozo, mezcla de pena y gozoso alivio. Llanlil, taciturno y hosco, marchó hacia ella. Perplejo comprobó que en definitiva la anhelada revancha sobre aquel individuo no representaba para él otra sensación que un cansancio cercano al desaliento; ante él se erguía aquella muerte con su secuencia de interminables conflictos con la sociedad de los blancos; ellos nunca perdonarían su legítima lucha y sólo verían en él al criminal, al sujeto peligroso del que es necesario vengarse para salud y advertencia de posibles rebeldes. Inexplicablemente olvidaba sin embargo que allí, junto a él, había hombres blancos solidarios y hermanados por la admiración y el reconocimiento de su franco coraje; pero Llanlil estaba demasiado turbado para sentir aquella corriente de afecto espontáneo que despertaba su justa hazaña. Además, no en vano el contacto con hombres de generosos sentimientos y sus enseñanzas habían modificado sensiblemente sus instintos. La muerte ya no se reducía al simple acto del hombre enfrentando al hombre; era algo trascendente que prolongaba en su alma un sentimiento de culpabilidad. No; aquella victoria le pesaba” duramente y Llanlil, sin saber por qué, arrojó lejos el cuchillo que chocó contra las piedras.

– ¿Qué le pasa, muchacho? -dijo Ruda emocionado-.

¿Está herido?

Llanlil siguió sin contestar.

La nevazón era ahora absoluta y cerraba la noche con un manto total, blanquecino y etéreo.

Juan ordenó a los hombres de Sandoval que tomasen el cuerpo de su compañero. Alguien recogió el poncho de Llanlil y lo enrolló en su montura. El capitanejo Toro, sin pronunciar palabra hizo un gesto a sus hombres y éstos volvieron de las sombras arreando los valiosos carneros y algunas ovejas madres. Toro había comprendido claramente la inutilidad de pretender intimidar a los blancos. Siempre sucedería lo mismo, y con resignada paciencia se dispuso a esperar. Era inútil; en cualquier bando que estuvieran los huincas imponían su ley con coraje y astucia. Como fuera salían adelante, echándolos a ellos lejos, siempre más lejos, con su hambruna persistente, sus mujeres roñosas, sus chiquillos monótonamente enfermos de consunción y sus flacos perros.

– Está bien, Toro -dijo Blanca suavemente-. Lamento de veras todo esto; pero hablaré con mi padre para que les entregue lo que necesiten… El invierno puede ser largo y duro… ¿Atestiguarás cómo Llanlil mató en lucha leal a ese mal sujeto?

– Así lo haré -respondió el capitanejo-. El nos incitó a robar al patrón… me dijo que nos ayudaría, él y sus hombres… Pero se llevaron las pieles como prenda.

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