Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– En fin, ése es tu método -comentó Eli Bahar, titubeante-, parecer benévolo al principio. ¿Por qué le das tanta importancia a esa imagen benévola? -preguntó en tono agraviado-. Yo creo que, al final, resulta más cruel que mi método…, empezar de entrada con el móvil.
Pero Michael Ohayon dejó para luego la cuestión del móvil y, en su lugar, preguntó:
– ¿Lo vio alguien cuando se marchaba de la universidad?
Tuvia Shai se encogió de hombros y replicó displicentemente:
– No lo sé.
Volvió a hacerse el silencio; Michael lo rompió con la pregunta:
– ¿Quizá sabría decirme que solía tener Tirosh sobre la mesa de su despacho del Monte Scopus?
Sin la menor alusión a la irrelevancia de la pregunta, Shai comenzó a enumerar los objetos: un pequeño cenicero persa, un pisapapeles cuadrado, una gran agenda, las notas para las clases en la esquina de la derecha, y, finalmente, la estatuilla india.
– ¿Cómo es esa estatuilla exactamente?
– El dios Shiva, una antigüedad, del tamaño de un antebrazo, más o menos, de bronce y cobre.
Michael escrutó la expresión de Shai con toda atención sin lograr detectar ningún cambio en ella, ni tampoco en su voz.
– Y ¿qué hizo usted después? -preguntó, y una vez más advirtió que Shai no intentaba eludir la pregunta, diciendo, por ejemplo, «¿después de qué?», ni tampoco procuraba ganar tiempo.
– Fui a ver una película.
– ¿Dónde? -quiso saber Michael, y garrapateó algo en el papel que tenía delante.
– En la Filmoteca -repuso Shai, como si Michael hubiera tenido que saberlo.
– ¿Qué película vio? -preguntó Michael, listo para tomar nota.
– Blade Runner -y sus ojos centellearon durante un instante.
– ¿Con quién fue? -preguntó Michael, apoyando el bolígrafo sobre el papel.
– Fui solo.
– ¿Por qué?
Tuvia Shai lo miró desconcertado.
– ¿Por qué fue solo? -repitió Michael.
– Siempre voy solo a la Filmoteca los viernes por la tarde -fue la respuesta; y luego, a modo de explicación-: Suelo ir al cine solo. Lo prefiero.
– Y la película que vio, Blade Runner…, ¿era la primera vez que la veía?
– No, la tercera -repuso Shai a la vez que hacía un gesto de negación; un destello volvió a alumbrar sus ojos fugazmente.
– Deduzco que le gusta esa película -señaló Michael de pasada, y vio que Shai se lo confirmaba con un movimiento de cabeza.
– ¿Quién estaba sentado a su lado?
– No sabría decírselo -respondió Tuvia Shai encogiéndose de hombros.
– ¿No se encontró con nadie? ¿Lo vio alguien?
Tras reflexionar un rato, Shai dijo:
– No me fijé.
– ¿Ha conservado la entrada, por casualidad?
– No -aseguró Shai.
– ¿Cómo puede estar tan seguro? -inquirió Michael.
– Porque me estuvo molestando durante toda la película y al final la tiré.
– ¿No lo vería el acomodador? ¿O el taquillera? ¿Alguien?
– No lo sé. No creo.
– ¿Por qué no? Según dice, va allí con frecuencia.
– Sí, pero no voy para charlar con la gente -y Shai bajó los ojos.
– En cualquier caso, lo investigaremos -le advirtió Michael, y Tuvia Shai se encogió de hombros-. ¿A qué hora terminó la película?
– A las cuatro y media, o a las cuatro y cuarto, no me acuerdo con exactitud, pero puede consultarlo llamando a la sala.
– Sí. Lo haré. Y ¿qué hizo cuando salió del cine?
– Fui a dar un paseo -dijo Shai, la vista fija en el ventanuco que había a espaldas de Michael.
– ¿Por dónde? -preguntó Michael con impaciencia. Aunque el sujeto no facilitaba la menor información por iniciativa propia, no se tenía la sensación de que estuviera ocultando nada, pero sí la siniestra impresión de que estaba totalmente ausente.
– Volví a casa caminando, crucé por la puerta de Jaffa y seguí paseando hasta Ramat Eshkol.
– ¿Y su coche? ¿Tiene coche?
Sí, tenía un Subaru, pero esa mañana lo había dejado en el aparcamiento de su casa.
– ¿Siempre va andando a la universidad?
No, no siempre, pero algunos viernes solía ir a pie.
Michael esperó alguna explicación adicional, sobre el ejercicio físico, sobre los esplendores visuales de la ciudad…, pero Shai no añadió nada.
– Quiero comprenderlo bien. ¿Fue andando desde el Monte Scopus hasta la Filmoteca y luego de la Filmoteca a casa?
Tuvia Shai asintió, luego respondió a la siguiente pregunta con la misma disposición de ánimo, sin dar muestras de enfado.
– No me crucé con ningún conocido. O, tal vez, no lo vi -y después-: No recuerdo con precisión a qué hora llegué a casa. Ya de noche. Había oscurecido.
Y, de nuevo, inclinó la cabeza y clavó la vista en el espacio que había entre sus pies y la mesa. Michael sólo le veía las pestañas rubias, los párpados rosáceos e inflamados, el pelo ralo, descolorido.
– Mi mujer estaba en casa, pero ya dormida -respondió a la siguiente pregunta.
– Hablando de su mujer -dijo Michael-, ¿cómo le hacía sentirse la relación especial que tenía con Shaul Tirosh?
Había encendido otro cigarrillo en un intento de disimular la ansiedad con que formuló la pregunta. Desde su punto de vista, el interrogatorio comenzaba entonces. Se preparó para que el hombre sentado frente a él tuviera un arrebato de cólera, para las preguntas soliviantadas, dramáticas.
Vio con sorpresa que Tuvia Shai no se quejaba. No rebatió el uso de la expresión «relación especial», no exigió clarificaciones ni explicaciones. Se quedó callado, pero irguió la cabeza y miró a Michael con desdén…, un desdén inspirado por la simpleza de la humanidad en general y la de aquel policía en particular. Torció el gesto sin dejar de apretar los labios.
– ¿Cómo le hacía sentirse? -repitió Michael-. ¿Sabía que su mujer era la amante de Shaul Tirosh?
Tuvia Shai lo miró y asintió. Además del desdén de antes, que tal vez se hubiera hecho extensivo al tema de la pregunta recién formulada, Michael vio en sus ojos una desesperación infinita.
– Y ¿cómo le hacía sentirse? -repitió una vez más.
Como no hubo respuesta, añadió pausadamente:
– Ya sabe que es una causa común de asesinato, si queremos hablar del móvil.
Tuvia Shai lo miró sin decir nada.
– Profesor Shai -dijo Michael Ohayon-, le sugiero que conteste a mis preguntas si no quiere que lo detengamos ahora mismo. Le estoy diciendo que tenía usted un motivo para asesinar a Tirosh, y también tuvo ocasión de asesinarlo. No hay ningún testigo, me dice usted que fue al cine, que estuvo paseando por la calle, que no se encontró con nadie, que nadie lo conoce. Ha llegado el momento de que se tome esto en serio. ¿O de verdad pretende que lo arreste?
Tuvia Shai hizo un gesto afirmativo con el que quería decir: Lo he comprendido.
Michael esperó.
– ¿Cuánto duró el lío entre su mujer y Tirosh? -aventuró al fin.
– Unos años -respondió Tuvia Shai-. Preferiría que no emplease la palabra «lío».
– ¿Y cuándo lo descubrió? -preguntó Michael, haciendo caso omiso del comentario de Shai, que había vuelto a inflamar su cólera. Le daba la sensación de que no comprendía en absoluto al hombre que tenía delante.
– Creo que lo supe desde el principio, aunque hace sólo un par de años que los sorprendí.
– ¿Y qué sentimientos le inspiraba?
– Unos sentimientos complejos, como es natural, pero que nada tienen que ver con su muerte.
– Y ¿con quién habló del asunto? -preguntó Michael.
– Con nadie.
– ¿Ni siquiera con su mujer?
– Ni siquiera con ella.
– ¿Y con Tirosh?
– Tampoco. No hablé con nadie. Sólo me incumbe a mí.
– Estará de acuerdo conmigo -dijo Michael, sorprendido del tono formal por el que iba encauzándose la conversación- en que estas cuestiones suelen considerarse pertinentes cuando ha tenido lugar un asesinato.