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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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«¿Y qué esperabas de él? ¿Una proposición de matrimonio?», se burló su díscola mente cuando el semáforo cambió a verde y ella pisó el acelerador.

Ese pensamiento la hizo reír sin la más mínima pizca de humor. Minutos después, aún perdida en sus pensamientos, giró hacia la calle donde vivía y se prometió que de una vez por todas superaría lo de Thorne McCafferty. Tenía a sus hijas. Tenía su trabajo. Tenía una vida. Sin Thorne. No lo necesitaba.

Las ruedas del todoterreno se deslizaron un poco al doblar hacia el camino de entrada, pero logró aparcar frente al garaje. Con su maletín y el portátil encima, corrió hacia el porche trasero. Tras dar patadas contra el suelo para quitarse la nieve de las botas y sacarse los guantes con los dientes, abrió la puerta y oyó unos gritos llenos de alegría.

– jMami, mami! Ven -cuatro piececitos retumbaban por el suelo mientras las niñas corrían a la cocina.

Nicole estaba bajándose la cremallera de la cazadora, pero se agachó para abrazar a las gemelas. Sí, su vida estaba llena. No necesitaba un hombre, y mucho menos a Thorne McCafferty.

Parches saltó a la encimera.

– Las flores. Montones, montones, montones de flores -dijo Molly, separando los brazos todo lo que pudo.

– ¿Flores? -preguntó Nicole y percibió la fragancia a rosas que parecía impregnar el aire.

– Sí -Mindy le tiraba de la mano arrastrándola hacia el salón. Molly le agarró la otra.

– ¡Abajo! -le ordenó Nicole al gato cuando pasaron por delante de él, y el animal saltó al suelo justo cuando entraron en el salón y ella profirió un grito ahogado. Jenny estaba de pie junto a la chimenea con el fuego encendido. Varios troncos resplandecían al arder, y por toda la habitación, sobre cada mesa, en las esquinas y en el suelo, había docenas y docenas de rosas. Rojas, blancas, rosas, amarillas… un ramo tras otro-. ¿Pero qué es…? -susurró.

– Hay una tarjeta -Jenny señaló a un ramo de tres rosas blancas.

– ¡Que la lea! ¡Que la lea! -canturrearon las niñas.

Con dedos temblorosos, abrió el pequeño sobre blanco que decía simplemente: Cásate conmigo.

Las lágrimas le ardían tras los párpados.

– ¿Sabéis quién las ha enviado? -preguntó.

Jenny sonrió.

– ¿Tú no?

Se dejó caer en una silla.

– Dios mío…

– ¿Qué pasa, mami? ¿Qué? -preguntó Mindy enarcando sus pequeñas cejas con gesto de preocupación.

– Thorne está en el hospital.

– ¿Qué? -la sonrisa de Jenny se desvaneció y con voz entrecortada Nicole le contó lo del accidente-. Oh, Dios mío. Pues tienes que volver. Tienes que estar con él.

– Pero las niñas…

– No te preocupes por ellas. Yo me ocupo -las gemelas agacharon la cabeza y Jenny añadió-: Pediremos una pizza, haremos palomitas y… una sorpresa para mamá.

– Pero yo no quiero que mamá se vaya -dijo Mindy.

– ¡Bebé! -gritó Molly señalándola con un dedo.

– ¡No soy un bebé!

– Shh… shh… aquí nadie es un bebé -dijo Jenny, zanjando la discusión.

Conmovida por el impresionante despliegue de flores, Nicole contempló los suaves pétalos y los largos tallos y el corazón le latió con un amor que hacía un momento había intentado negar.

– Tengo que ir al hospital -dijo-, pero volveré pronto.

Mindy arrugó la cara.

– ¿Lo prometes?

Nicole la besó en la frente y se levantó, a pesar de que sus piernas amenazaban con fallarle. Sacó una rosa roja de su jarrón y le guiñó un ojo a sus hijas.

– Lo prometo.

A través de un velo de dolor, Thorne oyó la puerta abrirse y supuso que se trataría de la enfermera con la medicación que tanto necesitaba.

– ¿Thorne?

Era la voz de Nicole. El corazón le dio un salto, pero él no se movió. Ella tampoco encendió las luces al ir hacia su cama. Con cuidado, le puso una rosa en el pecho.

– No… No sé qué decir.

Él no respondió. No se movió. Mientras estaba semi inconsciente unas horas antes, le había oído decir que lo amaba, pero que su relación había acabado, y por eso se había imaginado que había recibido las flores y lo había rechazado. En ese momento, no había podido responder y tampoco sabía si podría hacerlo ahora. Apenas recordaba el accidente. Había habido un problema, le había fallado un motor y se había visto obligado a aterrizar en un campo, y casi lo había logrado cuando el avión chocó contra unos árboles… Tuvo suerte…

– He recibido las flores. Decenas y decenas. No deberías haberlo… Oh, Thorne -susurró llevándolo de nuevo al presente, junto a ella. Junto a la bella y sexy Nicole-. Ojalá pudieras oírme. Quiero explicarte…

«Va a repetir lo que había dicho antes». Sin moverse, se preparó para lo peor.

– Estoy… abrumada -se aclaró la garganta y él sintió cómo le tomaba la mano-. He leído la tarjeta.

Thorne se sentía como un idiota. ¿Por qué había desnudado su alma ante ella? Nicole no quería estar con él, eso ya lo había dejado claro.

– Y me gustaría que pudieras oírme, que entendieras cuánto te quiero. ¿Casarme contigo? ¡Oh! Si supieras cuánto lo he deseado, pero he visto tu fotografía con esa mujer en la gala benéfica en Denver y… creía que no estabas preparado para hacerlo, que nunca querrías una relación seria, así que no sé qué hacer. Si existiera la oportunidad de que pudiéramos estar juntos, tú, las niñas y yo, créeme que me…

A pesar del dolor, Thorne obligó a su mano a moverse. Sentía como si la cabeza le fuera a explotar, pero agarró la mano de Nicole, la agarró con fuerza. La rosa cayó al suelo.

– ¡Oh! ¡Dios mío!

– Cásate conmigo -dijo. Con dificultad, esas palabras salieron de sus labios agrietados e hinchados. El dolor gritaba por todo su cuerpo, pero no le importó.

– Pero… ¿qué? ¿Puedes…?

– Cásate conmigo -le apretó los dedos con tanta fuerza que ella volvió a estremecerse.

– ¿Puedes oírme?

Thorne abrió los ojos y parpadeó contra la tenue luz que parecía cegarlo.

– Nicole… ¿puedes responder? -como pudo, logró centrar la vista en su cara… Era una cara maravillosa-. ¿Te casaras conmigo?

– Pero ¿qué pasa con la otra mujer? ¿La del periódico?

– No hay otra mujer. Sólo tú -la miró con la esperanza de que lo creyera-. Y tú serás la única mujer en mi vida. Lo juro.

Ella lo miró, y se mordió el labio, luchando contra la indecisión.

– Te amaré para siempre -le juró él y entonces unas lágrimas comenzaron a brotar, cada vez con más rapidez, de los preciosos ojos ámbar de Nicole-. Cásate conmigo, Nicole. Sé mi esposa.

Con la mano que tenía libre, ella se secó las lágrimas.

– Sí -susurró, con la voz quebrada-. Claro que sí.

Thorne tiró y la echó sobre él, y cuando sus labios se encontraron, una parte del dolor desapareció y supo que desde ese día en adelante renunciaría con mucho gusto a todo lo que tuviera, supo que nada podría compararse al amor que sentía por ella y que querría a esa mujer hasta que diera su última bocanada de aliento.

– Te quiero, doctora -dijo cuando ella levantó la cabeza y se rió-. Y esta vez, créeme, nunca te dejaré y nunca te dejaré marchar.

– Oh, seguro que eso se lo dices a todas las doctoras -bromeó con los ojos brillantes por las lágrimas mientras recogía la rosa del suelo y la ponía junto a él.

– No. Sólo a una.

– Qué suerte tengo -dijo entre sollozos. Se agachó y lo besó.

– No. La suerte la tengo yo -y de eso estaba seguro.

Epílogo

– ¿Estás seguro de que quieres vivir aquí? -preguntó Nicole cuando contempló los acres cubiertos de nieve desde el porche mientras las gemelas, con abrigos iguales, jugueteaban por el jardín. Harold, el viejo perro, ladró y se unió a ellas como si fuera un cachorro. El ganado y los caballos salpicaban el paisaje. Slade, vestido con una gruesa cazadora de piel de borrego, estaba cerca del granero echándole un vistazo a los abrevaderos.

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