El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– ¿Es eso lo que hiciste tú?
– Por supuesto. Encontré a Jenny por medio de un anuncio que puse en el periódico. Después de entrevistar a un montón de mujeres y de preguntar en guarderías, ella me llamó, nos vimos y el resto es historia. Estudia en la universidad y es la chica más agradable que te puedas encontrar. Es cariñosa, cercana, sana y tiene un gran sentido del humor, cosa que necesitas para estar con niños. Lo arreglamos para que nuestros horarios encajaran. Es un poco difícil, pero se puede arreglar -la enfermera llegó con sus bandejas de comida y Thorne ayudó a Nicole a sentar a las niñas. En ese momento, su busca sonó.
– Tengo que hacer una llamada y tengo el móvil en el coche. ¿Te importaría vigilar a las niñas un minuto?
Thorne alzó un hombro.
– ¡No, mami! -gritó una de las gemelas.
– Vuelvo enseguida. Lo prometo. El señor McCafferty os ayudará a abrir las bolsitas de ketchup para vuestras patatas.
– Claro -dijo Thorne, aunque pensar en estar con dos terremotos de cuatro años era algo sobrecogedor.
Cuando Nicole salió, las gemelas hicieron intención de salir corriendo tras ella, pero Thorne las distrajo con sus batidos. Le quitó el plástico a las pajitas y las metió en las copas.
Mientras una empezaba con su batido, la otra abría bolsitas de ketchup. Una vez más, las ayudó y después echó la salsa roja encima de las patatas fritas.
– ¡Nooo! -gritó la niña-. ¡Quiero mojarlas!
– ¿Qué?
– Quiero mojarlas. No lo quiero por encima -tenía su pequeña carita arrugada en un gesto de enfado mientras miraba la cesta de patatas. La otra niña sorbía desesperada el batido, intentando que el líquido demasiado espeso subiera por la pajita.
– No sube -se quejó.
– Sorbe más fuerte.
– ¡Eso hago!
– No me gusta -dijo la otra niña y Thorne le quitó el perrito, se lo puso en su plato y se lo cambió por su hamburguesa. Además le dio una bolsita de ketchup ya abierta.
– Échatelo como quieras -le quitó de las manos el batido a la otra niña, levantó la tapa y usó la pajita para remover esa masa de color chocolate-. Así mejor -le dijo, y volvió a ponerle la tapa-. Si no funciona, espera un poco hasta que se derrita.
– ¿Dónde está mami? -preguntó una de ellas mientras hundía una patata en la piscina de ketchup que había creado.
– En el coche, haciendo una llamada.
– ¿Va a volver?
– Eso creo -dijo y guiñó un ojo.
Las niñas empezaron a echar en su comida mucho más ketchup y mostaza de los necesarios, pero Thorne, nada acostumbrado a estar con niños, decidió dejarles hacer lo que quisieran. Para cuando Nicole volvió, tenían salsas en la cara, en las manos, en la ropa e incluso en el pelo.
– ¿Va todo bien? -quiso saber Thorne.
– Una emergencia, nada serio. Ya me he ocupado. Oh, ¿qué ha pasado? -preguntó Nicole al ver a sus hijas.
– Que han comido.
– ¿Y los baberos? -posó los ojos sobre los dos baberos de plástico que había en la bandeja.
– No los hemos visto.
Suspirando, Nicole les limpió la cara antes de, por fin, prestarle atención a su cena.-Tienes mucho que aprender -dijo y le dio un mordisco a su hamburguesa.
– Por eso necesito una niñera.
– O dos -respondió ella.
– Como ya te he dicho, esperaba que pudieras ayudarme en ese aspecto.
– ¿Cómo?
– A lo mejor tú o tu niñera podríais darme números de gente que pudiera estar interesada en cuidar del bebé a tiempo completo. Al menos hasta que Randi puede ocuparse de él.
– Es posible -dijo limpiándose la comisura de los labios con una servilleta antes de, automáticamente, limpiarle la mejilla a una de sus hijas.
– ¡No! -gritó la niña.
– Oh, Molly, no seas tan gruñona -Nicole no cedió y enseguida, a pesar de muchas quejas, la cara de la niña ya estaba libre de condimentos y las dos habían reanudado su comida.
Thorne observaba a Nicole con sus hijas, cómo jugaba y bromeaba con ellas incluso cuando les imponía disciplina. No alzaba la voz, siempre les prestaba atención cuando hablaban y corregía sus errores con un guiño de ojos y una sonrisa. La más precoz desafiaba a su madre y la más tímida a veces ni hablaba y la ignoraba, pero lo que quedó claro durante la cena fue que la doctora Nicole Sanders Stevenson era toda una madraza.
Aunque tampoco era algo que a Thorne le importara, porque no estaba buscando a una mujer para criar a sus hijos. En realidad, ni siquiera estaba buscando una mujer. Punto.
Sin embargo, y por alguna razón que desconocía, seguía llevando en el bolsillo ese maldito anillo que su padre le había dado.
Doce
Thorne nunca se había sentido tan incómodo en su vida. Acababa de dar de comer al bebé, lo había puesto a eructar y oía sus suaves suspiros contra su hombro mientras iba del salón al estudio y se preguntaba cómo demonios iba a meterlo en la cuna sin despertarlo. El bebé, sano y con ojos brillantes, parecía mucho más contento cuando estaba en brazos, y eso suponía un problema.
Thorne, deportista nato, había hecho muchas cosas que requerían de fuerza, pero cuando se trataba de tener a un bebé en brazos, de alimentarlo, y de cambiarle los pañales, era muy torpe.
Y tampoco podía decirse que sus hermanos fueran mejores. Matt se había pasado la vida en el rancho y se había ocupado tanto de pollitos recién nacidos a corderitos y potros rechazados por las yeguas que acababan de parirlos. Había ayudado a traer al mundo a carnadas de cachorros y gatitos, pero cuando se trataba de ocuparse de bebés humanos, él también parecía estar fuera de lugar. Slade era el peor. Aunque estaba fascinado con el bebé, parecía darle pánico tomar en brazos a J.R. Según Thorne, eso era ridículo, aunque a Matt le hacía gracia que a su temerario hermano le diera miedo el niño. J.R. abrió los ojos. Oh-oh…
En cuestión de segundos armó un escándalo y Thorne intentó que no le entrara el pánico.
– No pasa nada -le dijo, maravillándose del modo en que las madres parecían tener una especie de ritmo natural para acunar a los bebés. Y había podido ver esa misma reacción natural a través del cristal del hospital cuando Nicole había mecido al niño mientras le daba de comer.
Intentó balancearse un poco, pero se sentía como un estúpido y además el niño empezó a llorar con más fuerza y a ponerse colorado.
– No pasa nada -le dijo sin tener la más mínima idea de qué le pasaba al pequeño.
Los pasos de Juanita se oyeron por las escaleras.
– Ya voy, ya voy… -dijo para alivio de Thorne.
Un segundo después, apareció ante ellos.
– Está cansado.
– Estaba dormido.
– ¿Entonces por qué no lo has puesto en su cuna? -preguntó diciendo la última palabra en español.
– Porque no me ha dado tiempo a llegar a su cuna -respondió Thorne repitiendo y poniéndole énfasis a la palabra- sin despertarlo.
– ¡Pero si lo has despertado de todas formas! -enarcó una ceja mientras el bebé gritaba más de lo que Thorne pensaba que pudiera ser posible.
– Créeme, eso intentaba.
– Trae, dámelo. Vamos, pequeño -dijo ella con voz suave al separarlo de los tensos dedos de Thorne. Comenzó a susurrarle palabras en español mientras se lo llevaba de la habitación y, para vergüenza de Thorne, el bebé empezó a tranquilizarse. En unos minutos, el silencio prevaleció y Juanita volvió caminando sin hacer ruido.
– ¿Cómo lo haces?
– Práctica -le dijo y sonrió.
– A lo mejor necesito clases.
– Dios, los tres las necesitan y puede que la señorita Randi también. ¿Cómo va a ocuparse del bebé, escribir columnas, terminar su libro y recuperarse? -sacudió la cabeza de camino a la cocina.
– No hay ningún libro -le dijo al seguirla por el pasillo-. Eso era un sueño que ella tenía, nada más.
– Pero dijo que algún día escribiría uno. Lo creí. Algún día será rica y famosa -rebuscó en la nevera, susurró algo y sacó un paquete, lo abrió y miró a Harold, que estaba tumbado en una alfombra cerca de la puerta-. He guardado este hueso de la sopa para ti -le dijo. El perro se levantó como pudo y movió el rabo-, pero tienes que tomártelo fuera -se lo tiró y se giró para decirle a Thorne-: Hay un libro.