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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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– Eso espero -respondió él, aunque no creía que sucediera. Randi había hablado sobre escribir la «gran novela norteamericana» desde que tenía quince años aunque, que él supiera, no había escrito ni una línea y mucho menos un capítulo. No tenía importancia, pero no obstante se anotó mentalmente que tenía que comentarle a Striker lo de ese sueño de Randi. ¿Por qué no? Decírselo no haría ningún daño.

Nicole salió de la bañera y se puso el albornoz. Las gemelas estaban dormidas y la casa tranquila. Se anudó el cinturón, fue a la cocina y se calentó una taza de chocolate. Parches, enroscado en un cojín de una de las sillas, abrió un ojo y bostezó, mostrando sus dientes afilados antes de volver a descansar la barbilla sobre sus patas. El microondas pitó y Nicole sacó la taza para tomársela en el salón, donde la chimenea seguía encendida. Pedazos escarlata de carbón resplandecían y el fuego crepitaba.

Dio un sorbo de chocolate, se sentó en una esquina de su sillón y hojeó una revista de padres. Acababa de empezar a leer un artículo sobre los estados de la vida de un niño cuando vio la columna: Consejos para el padre soltero, por R.J. McKay. No sabía por qué le había llamado la atención, pero comenzó a leer el texto y una extraña sensación le recorrió la espalda. Estaba escrita con el mismo estilo irónico que las columnas de Randi McCafferty, pero nadie había mencionado que Randi ahora escribiera también para revistas.

Dio otro trago de chocolate y cuando retomó el artículo, oyó un coche detenerse delante de su casa. Al girarse para mirar por la ventana, vio a Thorne yendo hacia su porche.

El pulso se le aceleró y entonces recordó que sólo llevaba puesto el albornoz. Se puso de pie y corrió hacia la habitación justo cuando sonó el timbre.

– Maldita sea -vaciló y finalmente volvió para abrir la puerta. El viento removió su pelo y le levantó el albornoz al entrar en la casa-. Vaya, señor McCafferty, menuda sorpresa.

Él mostró una petulante sonrisa al recorrerla con la mirada.

– Espero que una buena.

– Eso depende -dijo sin poder evitarlo.

– ¿De qué?

– De ti, por supuesto.

Él no esperó. En un segundo había cruzado la puerta, la había tomado entre sus brazos y sus fríos labios ya la estaban besando. Un viento helado los rodeó y justo antes de que ella cerrara los ojos y Thorne cerrara la puerta con el pie, pudo ver los primeros copos de nieve caer del oscuro cielo.

Pero la nieve quedó olvidada al instante; Thorne la besaba con insistencia y, mientras, ella sentía su corazón perder el control.

Una calidez invadió sus extremidades y el deseo fue lentamente tomando forma dentro de ella. Él la llevó contra la pared de la entrada y Nicole, rodeándolo por el cuello y separando los labios, no opuso resistencia ante el frío roce de su cuerpo contra el suyo. Thorne olía al pino de los árboles y a almizcle. Su duro cuerpo se tensó cuando los dos se abrazaron con fuerza.

Era un error. Nicole lo sabía, pero no podía resistirse a la dulce seducción de sus caricias, al cosquilleo que le provocaban sus labios.

Las manos de Thorne encontraron su cinturón, que desabrochó sin dejar de besarla y tomándose todo el tiempo del mundo. Le acariciaba la lengua con la suya, la saboreaba. Nicole sintió que le costaba respirar cuando su albornoz se abrió y él, con las manos frías y algo ásperas, le tomó un pecho. Su pezón se endureció expectante y ella se derritió por dentro.

– Oh, Nicole -murmuró Thorne contra su oído.

El deseo la invadió y unas emociones que no se detuvo a comprender le recorrieron la mente.

– ¿Estamos solos? -preguntó él con voz ronca.

– No -respondió con dificultad y sacudiendo la cabeza-. Las gemelas están aquí.

– ¿Dormidas?

Ella asintió mientras él la recorría con sus dedos tan suavemente como para hacerla gritar.

– No… No pasa nada -dijo Nicole, aunque no pensaba con claridad, no podía concentrarse en nada que no fuera el deseo que sentía por él.

– Bien -volvió a besarla, le puso un brazo bajo las rodillas y la levantó del suelo. Como si fuera una pluma, la llevó hasta su dormitorio… un santuario en el que, hasta el momento, no se había permitido entrar a ningún hombre.

Thorne cerró la puerta como pudo y echó el cerrojo antes de tenderla en la cama. El colchón se hundió ante el peso de los dos.

– ¿Qué… qué te pasa? -preguntó Nicole cuando él le quitó el albornoz.

Thorne se detuvo un instante y la miró fijamente.

– Lo que me pasa eres tú, doctora -la besó lentamente-. Ya estás demasiado dentro de mí y no puedo hacer nada para evitarlo.

– ¿Querrías hacerlo?

– No -le tomó los pechos en las manos y los besó mientras le llevó la mano hasta su camisa. A partir de ahí, ella no necesitó más instrucciones y comenzó a quitarle la chaqueta, el jersey y los pantalones a la vez que él no dejaba de besarla y de acariciarla, de hacer que su sangre ardiera y que las zonas más íntimas de su cuerpo se resintieran de deseo.

«¡No hagas esto!», gritó esa vocecilla dentro de su cabeza, pero Nicole la ignoró.

Él enredó sus dedos en su pelo y luego los fue deslizando por su espalda. Thorne sabía a sal y a deseo. Lo deseaba como nunca había deseado a nadie.

Sólo él podía satisfacerla.

Sólo él podía elevarla hasta alturas inimaginables. Lo besó y hundió sus dedos en sus hombros.

Unos fuertes músculos se movían contra su suave piel. La lengua de Thorne invadió su boca antes de encontrar rincones más profundos que le hicieron a Nicole morderse el labio para evitar gritar. Unos espasmos brotaron dentro de ella antes de que él le separara las piernas sin dejar de besarla y abrazarla. Nicole se arqueó hacia arriba; deseaba más, necesitaba que la liberara.

– Thorne -susurró cuando pensó que había perdido la cabeza de tanto deseo-. Thorne, por el amor de… oh, oooh.

Entrando en ella con intensidad, comenzó a hacerle el amor, a besarla mientras ella respiraba entrecortadamente y su cuerpo se iba cubriendo de un ligero sudor.

Una y otra vez la amó hasta que la luz del día atravesó la ventana y ella, exhausta y aún aferrada a él, cayó dormida.

Las niñas se despertaron unas horas después y la cama quedó fría y vacía; sólo el ligero aroma a sexo permanecía, entremezclado con los dulces y sensuales recuerdos de ese momento que habían compartido. Nicole miró a la cómoda donde la flor que le había regalado Thorne había muerto, los pétalos cubrían la vieja madera. Pero no había tirado la rosa. No podía.

Estaba cansada, sí, pero se sentía mejor que en años. Cantó en la ducha, se rió cuando las niñas discutieron, y se vistió con una sonrisa en la cara. Fue mientras se cepillaba el pelo cuando se vio reflejada en el espejo y se dio cuenta de la curva de sus labios y del brillo en sus ojos.

– Oh, no -dijo con incredulidad.

Pero no podía negar la pura verdad: a pesar de las advertencias que se había hecho, estaba completamente enamorada de Thorne McCafferty.

Denver ya no le atraía. Su ático parecía frío y vacío como una cueva de hielo y, aunque estaba limpio y reluciente, había toallas recién lavadas en los toalleros de bronce y la chimenea estaba encendida, no se sentía en casa. Tenía el armario lleno, con trajes, abrigos, pantalones y además tres esmóquines. Las vistas desde el salón y el dormitorio principal ofrecían una visión espectacular de las luces de la ciudad. Y aun así se sentía como en un país extranjero, como un marciano en el ático al que había considerado su casa durante demasiados años.

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