El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– Gracias.
Su busca sonó y Nicole leyó el mensaje; era un código que le indicaba que la necesitaban en urgencias. El busca de Maureen sonó también.
– Tengo que irme -dijo Nicole.
– Yo también. Te veo en urgencias.
Ya de pie, se colocó el periódico bajo el brazo. ¿Qué esperaba? Por supuesto que Thorne había salido con otras mujeres, probablemente hasta tenía una en cada ciudad en la que trabajaba… Sólo pensarlo le provocó un nudo en el estómago. ¿Por qué? ¿Por qué se había enamorado de él?
Ya en los ascensores, se obligó a reaccionar. No podía preocuparse por lo de Thorne ni pensar en él. Tenía trabajo que hacer. Un trabajo importante. Tras pulsar el botón del primer piso, fue atravesando puertas hasta llegar a urgencias.
– ¿Qué tenemos? -preguntó al ponerse los guantes justo cuando Maureen apareció por una puerta lateral. La tensión flotaba en el aire.
– Un accidente de avión, fuera de la ciudad. Algún idiota intentando volar en su jet privado con este tiempo -dijo una enfermera al colgar el teléfono-. Lo trae una ambulancia.
– ¿Cuántos heridos hay? -quiso saber Nicole.
– Sólo el piloto, creo.
– ¿Y está vivo?
– Por lo que sé, sí.
– Pues ha tenido suerte. En ese momento oyeron el ruido de las sirenas.
– Vale, chicos, ¡a trabajar!
La ambulancia se detuvo en el aparcamiento haciendo chirriar los neumáticos. Dos auxiliares salieron de la parte trasera y un coche de policía frenó detrás de la ambulancia. Cuando el paciente fue llevado al interior del hospital, dos ayudantes del sheriff entraron tras él.
– ¿Qué tenemos? -preguntó Nicole.
– Hombre de treinta y nueve años, inconsciente, lesiones en cabeza, fémur roto, presión sanguínea estable…
El paramédico continuó dándole datos, pero Nicole sintió sus piernas debilitarse y el corazón acelerarse al ver la cara del paciente y darse cuenta, antes de que nadie dijera nada, de que se trataba de Thorne. Las luces del techo parecieron más brillantes y empezaron a bailar en sus ojos. Podía oír los latidos de su corazón y le era imposible respirar. Las piernas amenazaban con dejarla caer cuando se apoyó contra la pared.
– ¿Quién es?
– Thorne McCafferty -oyó y fijó los ojos en la seria mirada de una ayudante de la oficina del sheriff. El nombre de su placa decía detective Nelly Dillinger.
– Dios mío -susurró-. No. No. Oh, Dios mío, no…
– Yo me ocupo -dijo Maureen desde algún punto por detrás de ella. En ese momento la habitación pareció oscurecerse-. Nicole, he dicho que…
– No, estoy bien -le dijo a su amiga con los dedos aferrados a la barra de la camilla.
– Yo me ocupo, doctora -tras su comprensiva mirada le lanzaba una advertencia a Nicole. Había varias enfermeras mirando y Thorne necesitaba ayuda-. Estás demasiado involucrada emocionalmente y soy la jefa de equipo -señaló Maureen.
– Vale.
– Habla con el detective y yo me ocupo del paciente. ¡Vamos!
Nicole vio con impotencia cómo se llevaban a Thorne hacia la sala de reconocimiento.
– ¿Qué ha querido decir con eso de que está demasiado involucrada emocionalmente? -preguntó la detective que, con su pálida piel y sus ojos marrones, miraba a Nicole desde detrás del ala de su gorro. Unos mechones pelirrojos le rodeaban la cara.
– Yo… conozco a la familia.
– ¿Y a Thorne McCafferty en concreto?
– Sí. Hemos salido -admitió. Había dejado de temblar por dentro, pero sospechaba que su rostro estaba pálido como el de un cadáver-. Es amigo mío. ¿Qué ha sucedido? -se quitó los guantes y los tiró a una papelera.
– Su avión cayó en la tormenta y estamos investigando las causas del accidente. Probablemente habrá sido por el tiempo, pero tenemos que asegurarnos -la detective apretó los labios-. Tiene suerte de estar vivo.
Nicole asintió. Pensar que Thorne podría haber perdido la vida… ¡Dios! ¿Qué habría pasado entonces? El corazón le dolía con sólo pensarlo. Se aclaró la voz y vio una furgoneta de la prensa entrando en el aparcamiento.
– Oh, no.
Tras volver la vista atrás, la detective reconoció el vehículo y apretó los labios en un gesto de desaprobación. Asintió hacia su compañero y dijo:
– Ocúpate de los buitres. Y no les digas el nombre del piloto hasta que hablemos con la familia.
– Entendido -el otro oficial, un hombre larguirucho de poco más de veinte años, bloqueó la entrada. La periodista, una mujer pequeña con un abrigo azul brillante, hablaba mientras un cámara grababa a través del cristal.
– ¿Podemos hablar en un lugar más privado? -preguntó la detective y por primera vez Nicole fue consciente de las miradas curiosas lanzadas en su dirección.
– Sí… en mi despacho, pero permítame un minuto para decirle al equipo dónde encontrarme -otro médico accedió a ocuparse durante la próxima media hora mientras Nicole intentaba controlar sus emociones y acompañaba a la detective a su despacho.
– Siéntese -le dijo al apartar de la silla una pila de libros que puso en una esquina vacía de su escritorio. Después, se sentó.
– Sé que esto es duro para usted ahora mismo, y no quisiera molestarla, pero ya que es usted una persona cercana a los McCafferty, tal vez podría darme algo de información.
– En cuanto hable con sus hermanos -dijo Nicole, por fin con capacidad de pensar con claridad. Tenía que dejar de lado sus emociones y ponerse su máscara de profesional, no sólo por ella, sino también por Thorne. El pulso aún le temblaba un poco, pero levantó el teléfono-. Matt y Slade tienen que saber que su hermano ha sufrido un accidente y que está aquí -no esperó a una respuesta, se limitó a marcar el número del rancho y le dio el mensaje a Slade que, impactado, no dijo una palabra hasta que ella no terminó.
– ¡Maldita sea! ¿Cómo ha podido pasar? ¿Qué clase de idiota se mete en un avión en medio de una ventisca? -preguntó antes de suspirar profundamente-. Supongo que eso ya no importa. Dime, ¿se pondrá bien?
– Sí… eso creo -la idea de Thorne perdiendo la vida era demasiado dolorosa como para tenerla en cuenta. Se aclaró la voz y fue consciente de que la detective estaba observando en silencio su reacción-. Un equipo de nuestros mejores doctores está con él en urgencias y después lo verán los especialistas.
– Hijo de… -comenzó a decir antes de gritar en otra dirección-: Juanita, ¿puede quedarte con el bebé? Thorne ha tenido un accidente y está en el hospital.
– ¡Dios! -exclamó en español la mujer-. ¡Esta familia tiene una maldición!
– No hay ninguna maldición, Juanita -la voz de Slade era apagada pero firme-. ¿Cuidarás…?
– Sí, sí. Me quedaré aquí.
– Avisaré a Matt -dijo Slade-. Estaremos allí lo antes posible -la llamada terminó y Nicole, aún temblando, colgó el teléfono. Una vez mas se vio ante la mirada de escrutinio de la detective Nelly Dillinger.
– ¿Vienen hacia aquí?
– Matt y Slade.
– Bien.
– ¿Qué es eso que quería saber?
– Sólo un poco de la historia familiar -dijo la mujer mientras sacaba una libreta-. La razón es sencilla. Primero, la hermana está a punto de morir en un accidente, tiene un bebé que casi pierde la vida, se encuentra en coma y ha dejado muchas preguntas sin resolver. No podemos contactar con el padre del bebé porque nadie sabe quién es, y no podemos hablar con ella y descubrir por qué el coche perdió el control.
– Creía que había sido por el hielo -dijo Nicole con cierto temor perforándole el corazón.
– Y así fue, pero la familia insiste en que hubo otro vehículo involucrado. Han contratado a un detective privado que está dispuesto a demostrar que se ha cometido un crimen -se quitó el sombrero y su cabello rojo le rodeó la cara en suaves capas-. Eso lo hacen muchas familias, les hace sentirse mejor el pagar a alguien que profundice más que la policía. O eso se creen ellos.