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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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– No es una cita -se dijo.

– ¿Qué? -preguntó Molly.

– Nada, cielo, ahora pensad qué queréis cenar -dijo y en silencio añadió: «Yo, mientras, pensaré qué voy a hacer con Thorne McCafferty».

En quince minutos, Nicole había conducido hasta el pequeño restaurante, había aparcado en el abarrotado aparcamiento y había llevado a las niñas hasta una mesa situada en una esquina cerca de un dispensador de refrescos. Las ayudó a quitarse los abrigos y las dejó ir a la zona de videojuegos donde un grupo de niños que aparentaban ocho o nueve años intentaban ganarse los unos a los otros rodeados de los sonidos de las pistolas simuladas de los juegos, del murmullo de las conversaciones, y del tintineo de los cubitos de hielo de la máquina de refrescos.

Por encima de todo ello se oía una ligera música, un tema de Elvis Presley, aunque no podía recordar cuál. Reconoció a algunos de los clientes: los dueños del pequeño mercado de la esquina, un chico al que había dado puntos cuando se había abierto la cabeza patinando y una joven madre que trabajaba en el colegio al que iban las gemelas.

Pidió una cola-cola light y leche para las niñas y después esperó nerviosa hasta que vio a Thorne empujar una de las dos puertas de cristal. Alto, de hombros anchos, y expresión de determinación, miró a su alrededor hasta que la encontró. Ante esa intensa mirada, ella se quedó sin respiración y se reprendió por reaccionar como una tonta colegiala. «Es sólo un hombre». ¿Qué tenía que hacía que su idiota corazón diera esos vuelcos con sólo verlo? Lo saludó con la mano y él se abrió paso entre el laberinto de mesas.

– ¿Dónde…? -empezó a preguntar él antes de ver a las gemelas de pie en unas sillas mirando por encima de los niños que jugaban a los videojuegos-. Ah.

– Ahora vienen. Tengo suerte de que no entiendan que necesitan dinero para que las máquinas funcionen.

– Entonces cuando se enteren te van a arruinar.

– Exactamente.

Después de colgar su cazadora donde ya colgaban los abrigos de las gemelas, Thorne echó un vistazo al restaurante y se sentó en el banco, junto a Nicole.

– No es exactamente lo que tenía en mente cuando he llamado -admitió-, pero servirá.

– ¿Ah, sí?

– No había venido aquí desde el instituto.

– ¿Buenos recuerdos? -Nicole logró controlar la voz porque en muchas ocasiones ella había estado allí sentada en esa misma mesa esperando que Thorne McCafferty llamara o regresara a Grand Hope. Pero no había ocurrido.

– Unos mejores que otros -la miró fijamente y después levantó una carta de menú plastificada-. Aquí tuve la primera cita de mi vida, con Mary Lou Bennett, el primer año de instituto. Estaba muerto de miedo. Y en otra ocasión me peleé con un chico un poco mayor que yo. ¿Cómo se llamaba? Era un gallito… Mike algo… Wilkins… eso es. Mike Wilkins. Me molió a palos en el aparcamiento.

– ¿Te pegó?

– Sí, pero odio reconocerlo -enarcó una ceja-. Sí, doctora Stevenson, no siempre he sido el tipo duro y frío que ves ante ti.

– ¿Qué sucedió? -preguntó fascinada. Nunca había oído esa historia.

– Vino la policía y nos tomó declaración a los dos y a todos los chicos que habían presenciado la pelea. Mi padre tuvo que venir a sacarme y casi me echaron del instituto y del equipo de rugby, pero como siempre, John Randall lo arregló todo. El peor castigo que me llevé fue un ojo morado, unos dientes rotos y un ego herido.

– Algo que probablemente te merecías.

– Probablemente -alzó un lado de la boca en una sonrisa de desaprobación-. Era un poco chulito.

– ¿Eras?

Él se rió.

– ¿Por qué fue la pelea? -preguntó Nicole sorprendida por su franqueza.

– ¿Por qué iba a ser? Por una chica. Yo iba detras de su novia. No recuerdo su nombre, pero era pelirroja, con una sonrisa preciosa y otros cuantos atributos.

– ¿Y eso era lo que te atraía? ¿Sus atributos?

– Y el hecho de que fuera la novia de Mike Wilkins -sus ojos grises resplandecieron-. Siempre me han gustado los desafíos y un poco de competencia nunca hace daño a nadie.

En ese momento Molly llegó corriendo.

– Quiero veinticinco centavos.

– ¿Por qué?

– Porque ese niño -señaló con un dedo acusatorio a un niño con el pelo rubio de punta y pecas- dice que los necesito para jugar.

Nicole miró a Thorne.

– Pues ahora no tenemos tiempo. Ve a buscar a tu hermana, que vamos a pedir la cena.

– ¡No! Quiero veinticinco centavos.

– Escucha, esta noche no, ¿vale? Ahora, vamos -miró a Thorne y suspiró-. Discúlpame un segundo -fue hacia los videojuegos y bajó a Mindy de la silla sobre la que estaba subida. Mindy, como de costumbre, se mostró mesurada en su protesta, mientras que Molly, siempre más gritona, estaba llegando a resultar repelente.

– ¡Quiero veinticinco centavos! -exigió dando patadas al suelo.

– Y yo te he dicho que no vendríamos a menos que os comportarais -logró sentarlas a las dos a la mesa, una a su lado y la otra junto a Thorne.

– Quiero patatas fritas -dijo Molly con rotundidad.

– ¿Ah, sí? Vaya, qué sorpresa.

– Y un perrito caliente.

– Yo también -dijo Mindy. Resistieron en sus asientos hasta que la camarera, una jovencita delgada con pantalones negros, camisa blanca impoluta y una pajarita roja, les tomó nota. Después volvieron a irse, derechitas a las máquinas de videojuegos. Mientras, el restaurante seguía llenándose de gente y las conversaciones flotaban en el aire.

– ¿Ves lo que te espera? -la mirada de Nicole siguió a las niñas-. Puede que yo tenga gemelas, pero tú tendrás que lidiar con un recién nacido.

– Sólo hasta que Randi se recupere -su gesto se volvió serio.

– Supongo que no habéis podido localizar al padre del niño.

– Aún no, pero lo haremos -su determinación quedó reflejada en el gesto de su boca.

A Nicole le decepcionó que tuviera tantas ganas de desentenderse de sus responsabilidades como padre temporal. Mientras la camarera volvía con sus bebidas, se recordó que después de todo era un soltero empedernido, un hombre más interesado en hacer dinero que en hacer bebés.

Thorne se fijó en la mezcla de emociones que cruzaron el rostro de Nicole y en cómo, de pronto, su sonrisa se había desvanecido.

– La razón por la que te he llamado es porque necesito tu ayuda. Necesitamos una niñera hasta que Randi esté lo suficientemente bien como para cuidar de él.

– Ya.

Intentó no fijarse en el modo tan sexy con que sus dientes delanteros descansaban sobre su labio inferior al mirar a sus hijas, o en cómo su blusa se abría seductoramente insinuando un escote. Ella lo miró y en ese segundo en que sus ojos dorados se toparon con los de él, Thorne sintió la increíble y apremiante necesidad de besarla de nuevo… algo que siempre le sucedía.

– No debería ser tan difícil encontrar a alguien adecuado. Estoy dispuesto a pagar lo que haga falta.

– El dinero no es el problema

– Claro que sí.

Ella volteó sus expresivos ojos y le quitó el plástico a su pajita.

– Aún no lo entiendes, ¿verdad? No se trata del dinero -le dio un largo trago a su refresco-. Sabes que ése siempre ha sido tu problema. ¿No entiendes que no puedes comprar el amor? No puedes encontrar a la niñera más cariñosa y encantadora sólo ofreciéndole unos cuantos dólares más. La gente es como es, no cambia cuando tú le pones un cheque delante de las narices.

– Lo sé, pero la mayoría de la gente actúa y finge por dinero.

– Tú no quieres alguien que actúe, quieres alguien que se preocupe. Hay una gran diferencia. No estoy diciendo que no les pagues bien, porque eso, por supuesto tienes que hacerlo. Pero primero encuentra a esa persona cariñosa y afectuosa y luego págale lo que merezca.

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