El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– Pero… ¿lo hubo? ¿Un crimen?
– No lo sabemos -dijo la detective con un rostro carente de expresión y mirada seria-. Pero intento descubrirlo -anotó algo-. Yo no estaba muy convencida de que hubiera algo más, pero ahora ha habido otro accidente con otro miembro de la familia y supongo que quiero barajar todas las hipótesis.
– Pero lo del accidente de avión sí que ha sido un accidente -tenía que serlo. Nadie intentaría hacer daño a Thorne… ¡matarlo!
– Lo más probable es que haya sido un accidente. La tormenta era muy fuerte y esas luces de los aviones… bueno… -ladeó la cabeza-. Pero si es una coincidencia, entonces es que esta familia tiene una racha de mala suerte. Si no… Tal vez ese detective privado sabe algo que la oficina del sheriff desconoce y estoy aquí para averiguarlo.
A Nicole iba a explotarle la cabeza. ¿Era posible? ¿Alguien queriendo hacerle daño a los McCafferty? Se negó a ceder ante el miedo que la estaba invadiendo. Hasta el momento nadie había demostrado que no fueran accidentes. Mala suerte, eso era todo. Tenía que serlo.
Miró el reloj. Thorne llevaba en urgencias unos treinta minutos. Seguro que ya se sabía la magnitud de sus lesiones, aunque nadie la había llamado. ¿Y si algo había ido mal? Intentó responder a tantas preguntas como le fue posible y habló con la detective durante unos minutos más antes de explicarle que tenía que volver al trabajo.
– Bien. Tendré que hablar con el paciente cuando despierte -dijo Nelly Dillinger- y también con sus hermanos -retiró su silla, agarró su sombrero y juntas tomaron el ascensor para bajar a urgencias. La detective corrió hasta el coche de policía e inmediatamente Nicole se vio inmersa en su trabajo.
Vio a tres pacientes más: una niña de siete años que necesitaba cinco puntos en la frente después de que su hermano pequeño le hubiera lanzado un bastón acrobático al que le faltaba la punta de goma, una mujer octogenaria con bronquitis, y una adolescente pálida que creía que tenía gripe y que al rato quedó horrorizada cuando los análisis confirmaron que estaba embarazada de casi tres meses.
Para cuando Nicole terminó, la sala de urgencias ya estaba despejada. Habló con las enfermeras y se enteró de que Thorne estaba estable y que, aparte de unas cuantas contusiones y una pierna rota que necesitaría cirugía cuando hubiera bajado la hinchazón, estaba bien.
– Gracias a Dios -susurró de camino a su habitación. Matt y Slade estaban apostados junto a la cama. Los dos tenían gesto de preocupación.
– No puedo creerlo -murmuró Slade al salir al pasillo mientras se sacaba del bolsillo un paquete de cigarros. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, volvió a guardarlo-. ¿Qué demonios está pasando? -miró a Nicole-. ¡Ahora volvemos a tener a dos en este hospital! ¡El bebé acaba de llegar a casa y ahora entra Thorne!
– Va a ponerse bien, ¿vale? -farfulló Matt-. Eso ya es algo.
– ¡Maldito imbécil! ¿Pero qué hacía volando con esa tormenta? -Slade cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz como si intentara evitar un dolor de cabeza.
– Pensó que debería volver…
Abrió los ojos y alzó un dedo contra el pecho de Matt.
– Porque no confía en que podamos ocuparnos del rancho, o del bebé o de Randi nosotros solos. ¡No tiene fe en nadie excepto en sí mismo! Es un maniático del control. Eso es lo que es. Un maniático del control.
– ¡Ya basta! Esto no va a llevarnos a ninguna parte.
– Voy a contárselo a Striker -Matt se pasó una mano por el pelo y, como si de pronto se le hubiera venido algo a la cabeza, se volvió hacia Nicole-. ¿No dijiste que tenías un artículo que podría haber escrito Randi?
– He hecho una copia y te lo he mandado.
– Vaya, hoy ni siquiera he mirado el correo -se frotó la nuca con frustración.
– ¿Habéis hablado con alguien de la oficina del sheriff? -preguntó Nicole.
– ¿La oficina del sheriff? -Matt estrechó los ojos-. ¿Por qué?
– Están investigando el accidente. He hablado con una tal detective Dillinger y me ha dicho que quiere hablar con vosotros.
– ¿Por? -preguntó Matt, aunque su mirada convenció a Nicole de que ya conocía la respuesta.
– Porque por fin alguien está empezando a creer lo que Kurt Striker lleva diciendo todo el tiempo -respondió Slade-. Voy a llamarlo ahora mismo.
– Y yo hablaré con la policía -Matt tenía la mandíbula rígida como una piedra-. Si esto no es sólo un accidente, voy a descubrir quién está detrás -se puso el sombrero y miró a Nicole-. ¿Me llamarás si hay algún cambio en el estado de Thorne?
– Por supuesto.
Cuando los hermanos se alejaron por el pasillo, Nicole entró en la oscura habitación. Se recordó que veía a gente herida todos los días, víctimas que habían sufrido accidentes horribles y que estaban desfiguradas. Se dijo que podía soportarlo todo. Pero ver a Thorne yacer allí bajo las sábanas, con una vía en la muñeca, la pierna en alto con una escayola y la cara llena de cortes e hinchada hasta el punto de que casi lo hacía irreconocible… le partió el corazón.
– Oh, cielo -susurró con un nudo en la garganta. Lo amaba. Lo amaba tanto… y él la había traicionado, había estado con otra mujer. Luchó por contener las lágrimas. Allí estaba, con una pierna rota, con una conmoción, la cabeza vendada y sus rasgos apenas reconocibles-. Siento que no haya funcionado -dijo con la voz rota mientras le tocaba los dedos.
»Te quería. Oh, Thorne, ojalá supieras cuánto… -se aclaró la garganta-. Pero me he comportado como una tonta contigo y supongo que siempre lo haré. Mejórate, ¿entendido? Volveré a verte y si se te ocurre cometer alguna estupidez como empeorar, te juro que yo misma te mataré -se rió un poco por la estupidez de su chiste y notó que estaba llorando-. Oh, mira. Soy una tonta. Haces que me comporte como una tonta. Bueno… tengo que volver a casa con las niñas -se secó las lágrimas con un pañuelo de papel que encontró en la mesita-. Pero volveré, te lo prometo -se echó hacia delante y le dio un beso en la frente dejándole la marca del pintalabios y una lágrima que al instante limpió-. Ya sabes, Thorne, he sido tan tonta que he deseado pasar el resto de mi vida contigo.
Esperó, como si pensara que él fuera a responder y rezó por sentir un pellizco en sus dedos, por ver un rápido movimiento de ojos en sus párpados cerrados o incluso un cambio en su forma de respirar, pero quedó decepcionada. Al igual que su hermana, que seguía en la UCI, Thorne no oyó nada y no hizo ni el más mínimo gesto.
Salió de la habitación como si cargara sobre los hombros un peso más grande que todo Montana. Escribió sus notas rápidamente, se puso la cazadora, se cambió de calzado y se marchó a casa. Fuera continuaba la ráfaga de nieve, girando y bailando por el helado paisaje. Con los guantes y la cazadora de esquí puesta, encendió la radio y puso la calefacción al máximo, pero no pudo derretir el hielo que le cubría el alma al pensar en el accidente de Thorne y lo cerca que había estado de perder la vida.
«¿Y cómo te habrías sentido si eso hubiera sucedido? ¿Si hubiera muerto o corriera un grave peligro de perder la vida? ¿O quedara paralizado para el resto de su vida?».
Se estremeció e intentó concentrarse en una canción que salía por los altavoces, pero la letra que hablaba de falso amor le llegó demasiado dentro. Enfadada, apagó la radio. Ya no tenía una relación con Thorne, así lo había querido él. Había sido un error volver a estar con él, pero ya había acabado. Acabado. ¡Acabado! Él lo había elegido. Se detuvo en un semáforo y esperó con impaciencia, dando golpecitos en el volante con sus manos enguantadas a la vez que algunas almas valientes provistas de bufandas, botas y gruesos abrigos corrían por las calles cubiertas de nieve de Grand Hope. Los árboles alzaban sus brazos desnudos al cielo de la noche, donde millones de copos de nieve seguían cayendo sobre las luces de neón de la ciudad.