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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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– Vale.

– Y Slade también va a estar ocupado mañana, así que a menos que puedas convencer a Juanita para que cambie pañales y ponga al niño a eructar, me parece que tú vas a ser la niñera elegida -soltando una risita agarró su sombrero-. Y la habitación ya parece estar lista. Ya he colocado la cuna, el cambiador y la cómoda, pero aún necesitamos cosas básicas: pañales, la leche para el biberón, polvos de talco y un osito de peluche.

– Ya está todo pedido -dijo Thorne.

– Bien.

Riéndose para sí, Matt se puso la chaqueta y salió. Thorne fue al estudio. Había llegado el momento de pasar al plan B.

El teléfono sonó y Nicole, que estaba a punto de guardar las llaves, respondió:

– ¿Diga?

– Hola -al reconocer la voz de Thorne, se apoyó contra la ventana y sonrió. Por qué sus labios se habían curvado en esa sonrisa era algo que no entendía, pero tampoco intentó esconderla mientras contemplaba el jardín oscurecido por la noche. Las niñas gritaban a su alrededor y, para hacerlas callar, presionó el dedo índice en los labios.

– Necesito tu ayuda.

– ¿Que tú necesitas mi ayuda? -tuvo que esforzarse para no reír. Resultaba gracioso ver al presidente de McCafferty Internacional pidiendo ayuda.

– Completamente. J.R. sale del hospital mañana y eso va a suponer un buen cambio por aquí.

Ella miró a sus dos terremotos.

– Ni te lo imaginas.

– Pensé que tal vez podrías darme algunos consejos.

– Ah, por supuesto -se rió al ver a Molly perseguir con una serpiente de goma a Mindy, que chillaba fingiendo estar horrorizada-. ¿No sabes que hago de madre todos los días?

– ¿Podemos discutirlo mientras cenamos?

– Tengo a las niñas.

– Pues tráelas.

Ella soltó una fuerte carcajada.

– Creo que no sabes lo que me estás diciendo.

– Puede que no, pero a lo mejor ya es hora de que lo sepa. Podría recogeros y…

– No, iremos nosotras. Por fin tengo el todoterreno y está preparado con las sillas de las niñas. Además, puede que me tenga que ir pronto si las niñas… -les estaba diciendo con la mirada que ella era la madre y que tenían que hacerle caso- cometen el error de dar guerra, algo que seguro no pasará esta noche. No se atreverían.

Mindy se mordisqueó el labio, pero Molly ignoró la advertencia y agitó la serpiente de mentira en la cara de su hermana.

– Ya les había dicho que las llevaría al Burger Corral. Está en la esquina de la Tercera con Pine.

– Ya sé dónde está -dijo él secamente-, he crecido aquí. Pero estaba pensando en algo un poco más tranquilo.

– Créeme, cuando tienes hijos de cuatro años, no buscas un sitio tranquilo.

Molly estaba tirándole del abrigo.

– Vamos, mami.

– Mira, si quieres venir, allí estaremos -le dijo-. Ya salimos para allá.

– Estaré allí en media hora.

Nicole colgó y se dijo que no estaba pensando con claridad. ¿No se había dicho ya que no se relacionaría con Thorne, que sólo porque hubieran compartido unos besos, conversaciones y hubieran hecho el amor, no había razón para volver a confiar en él? Pero había algo en ese hombre tan terriblemente irresistible que resultaba peligroso. Más que peligroso, era un suicidio emocional.

– Vamos, niñas, poneos los abrigos.

El teléfono volvió a sonar casi al instante y Nicole lo levantó pensando que Thorne había cambiado de idea.

– ¿Ahora quieres echarte atrás? -dijo ella bromeando.

– Creo que ya es un poco tarde para eso, ¿no? -la voz de Paul llevó al traste su buen humor y se preparó para lo que seguramente sería una conversación tensa.

– Esperaba la llamada de otra persona.

– Entonces seré breve -su voz era fría y Nicole se sorprendió por el hecho de haber podido amar a un hombre así.

– Vale.

– Se trata de los derechos de visitas.

– ¿Qué pasa? -preguntó sujetando con fuerza el auricular y con un nudo en el estómago, como siempre le pasaba cada vez que Paul y ella empezaban a discutir… lo cual sucedía casi siempre que hablaban.

– Sé que tengo derecho a tener a las niñas todos los veranos y cada dos Navidades.

– Sí -el corazón comenzó a latirle con fuerza. No podía creerlo, pero era posible que fuera a pedirle la custodia. ¡Dios mío! ¿Qué haría ella si perdiera a sus hijas?

– Pero Carrie y yo vamos a ir a visitar a sus padres en Boston en Navidad y este verano hemos planeado un viaje a Europa. Tiene que acudir a una convención en Madrid y hemos pensado en aprovechar la oportunidad y ver Francia, Portugal e Inglaterra mientras estamos allí. Así que habría cuatro semanas en mitad del verano en las que no podríamos llevarnos a las gemelas.

«Como si las responsabilidades como padre fueran algo que pudiera elegir cuándo tener».

Miró a sus hijas, que ahora estaban poniéndose los abrigos, y se le rompió el corazón al imaginarlas creciendo sin un padre.

– Sabes que nos encantaría tenerlas si fuera posible, pero Carrie tiene que pensar en su trabajo.

– Por supuesto.

– Igual que tú, Nicole. Igual que has hecho tú siempre -allí estaba, era inevitable. Lo que era algo bueno para Carrie era malo para Nicole, pero no había necesidad de discutir.

– No te preocupes -dijo ella con un nudo en la garganta-. Puede que sea mejor que se queden conmigo.

– La verdad es que yo pienso lo mismo. Sería duro para Molly y Mindy traerlas de pronto aquí, no están acostumbradas a una gran ciudad ni a estar metidas en un piso. Con nuestros trabajos sería muy difícil…

– Mira, lo entiendo, pero tengo que irme. ¿Quieres… hablar con las niñas? -no podía soportar ni un minuto más oyendo cómo se justificaba por dejar de lado a las niñas.

¡Eran sus hijas! Preciosas y maravillosas, y se merecían algo mejor.

– Oh… -un silencio-. Claro.

Sin mucho entusiasmo, puso a las niñas al teléfono, las dejó hablar con ese extraño y en unos minutos volvió a hablar ella.

– Ya llego tarde y tengo que irme, pero solucionaremos lo de las visitas.

– Sabía que podía contar contigo -las palabras de Paul resonaron en su mente, ¿qué haría él si no pudiera contar con ella?-. Me alegra que lo entiendas -dijo con voz de alivio.

– Adiós, Paul -colgó y ayudó a Mindy a subirse la cremallera del abrigo-. Vamos niñas, en marcha.

– ¿Estás enfadada, mami? -le preguntó Mindy cuando se colgó el bolso al hombro. Al ver su reflejo en el cristal de la ventana, Nicole comprendió la preocupación de su hija.

– Ya no. Vamos, al coche -abrió la puerta y las niñas salieron. Sus piernas regordetas se movían rápidamente, sus zapatos golpeaban el suelo de porche trasero y sus risas resonaban por el aire de la noche.

– Yo voy delante -gritó Molly.

– No, yo -respondió Mindy.

– Las dos vais detrás, en vuestras sillas, ya lo sabéis.

– Pero Billy Johnson va delante -dijo Molly. Billy era un niño de pelo alborotado que iba al colegio con ellas.

– Y también Beth Anne.

Otra amiga.

– Bueno, pues vosotras no -las ayudó a abrocharse los cinturones de seguridad y después se colocó en su asiento. Se detuvo para retocarse el pintalabios, arrancó y sonrió al oír el todoterreno lleno de vida. Mientras daba marcha atrás, sintió un repentino miedo por volver a quedar con Thorne. Tanto si le gustaba como si no, ya tenía una relación con él y eso le preocupaba.

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