El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– Gracias.
Colgó y sintió una tristeza amenazando con apoderarse de ella. Con que Thorne estaba en Denver… Bueno, ¿y qué?
«¿Por qué no mencionó que se marchaba? ¿Por qué no ha llamado?».
– ¿Para! -se dijo. Ella no sería una de esas mujeres que se quedan sentadas sufriendo por un hombre. No, de ningún modo. Sin embargo, al correr las cortinas y ver la noche nevada, no pudo evitar desear que Thorne estuviera allí con ella, rodeándola con sus brazos y haciéndole el amor como si no fuera a detenerse jamás.
Con una taza de café en la mano, Thorne se asomó a contemplar la gris mañana. La nieve seguía cayendo y no tenía pinta de parar y además el aeropuerto era un caos. En otro momento de su vida, se habría mantenido ocupado, habría ido a la oficina, se habría volcado en el trabajo, habría seguido con su vida a pesar del desastre natural que parecía empeñado en causarle problemas. Quería volver a Grand Hope, a Montana, al rancho, junto a Randi, al pequeño J.R. y especialmente Nicole. Grand Hope era su hogar. Allí era donde tenía que estar, con sus hermanos. Con su sobrino. Con la mujer que amaba.
Dio un sorbo de café y se rió de sí mismo. Thorne McCafferty, el que una vez había sido un soltero empedernido, ahora contemplaba no sólo vivir con una mujer durante el resto de su vida, sino casarse con ella.
Matt y Slade se burlarían de él sin piedad cuando se enteraran. Pero no le importaba.
Le dolía la cabeza por el jaleo de la fiesta de la noche anterior. Kent Williams había estado muy atento y le había presentado unas ideas: un bloque de pisos en Aspen, casas unifamiliares en el campo en un complejo a las afueras de Denver, y un complejo de apartamentos en Boulder. Estaba seguro de que llegarían a un acuerdo. Y mientras hablaba con otros empresarios y con periodistas que estaban cubriendo el evento, Annette había estado rondando a su alrededor, tocándolo, sonriéndole y luciendo su esbelto cuerpo en un vestido de seda corto. Incluso le había tomado del brazo mientras un periodista de una revista de sociedad hablaba con él y les habían sacado una foto.
Thorne no se había mostrado interesado en sus acercamientos, pero había intentado mostrarse sonriente ante su comportamiento. Sólo cuando se estaba marchando y ella le sugirió que la invitara a su casa a tomar una copa, la llevó hasta una alcoba privada y le dijo que lo suyo había acabado. Ante su gesto de disgusto, había tenido que decirle que tenía una relación con otra mujer. Ella no lo había creído y lo había rodeado por el cuello e intentado besarlo. Y sólo entonces, cuando él no respondió, fue cuando se dio cuenta de que lo decía en serio.
– Espero que sepa lo que tiene en ti -le había dicho fríamente-. Ninguna mujer con corazón quiere un hombre casado con su trabajo.
Él no había respondido, pero en silencio había pensado que Nicole ni siquiera sabía que la amaba y que probablemente lo rechazaría cuando le pidiera matrimonio. Sonrió por primera vez en veinticuatro horas. El recuerdo de cómo habían hecho el amor había permanecido en su mente, aunque eso no era todo. Había sido una experiencia salvaje y apasionada, pero el sexo no era lo más importante. No, él amaba a Nicole, la doctora preocupada; Nicole, la madre bondadosa; Nicole, la mujer que lo ponía en su sitio y que bromeaba con él; Nicole, la mujer sexy que quería tener en su cama para siempre.
Y allí estaba, atrapado en Denver. Genial. Bueno, pues ya que estaba podía aprovechar el tiempo. Decidió ir a la oficina, hacer todo el trabajo que pudiera mientras estaba allí y después, en cuanto el tiempo mejorara, volvería a las laderas pobladas de pinos de Montana adonde pertenecía.
Se duchó, se puso un traje en el que se sentía extrañamente incómodo y después caminó unas cuantas calles cubiertas de nieve hasta la oficina. Pasó la hora siguiente con Eloise, su secretaria, que lo puso al día con sus proyectos.
– Bueno -le dijo sentada enfrente de él mientras marcaba otro punto de su lista-, esto está funcionando mejor de lo que esperaba.
– ¿El qué?
– El que estés en el rancho en Montana. Tengo que admitir que cuando me lo planteaste, me pareció una locura.
– El arte de las telecomunicaciones.
– Supongo.
– O a lo mejor es que te gusta estar al mando cuando yo estoy ausente.
– Oh, sí, claro, es eso -los ojos le brillaron-. Bueno, ¿algo más?
– Sí, ¿eres tan amable de llamar a una floristería?
– ¿Quieres que mande flores en tu nombre?
Thorne se recostó en su silla.
– No, en esta ocasión las entregaré personalmente.
– Vaya, ¿alguien especial?
– Muchísimo -notó la expresión de sorpresa de su secretaría-. Es muy especial para mí.
– Lo haré -salió de su despacho, lo llamó unos minutos después y le dijo que tenía al florista por la línea dos. Thorne le dijo al hombre lo que quería y cuando terminó, esbozó una amplia sonrisa. Eso dejaría impresionada a Nicole.
El interfono sonó insistentemente y cuando lo atendió, Eloise le dijo que un hombre llamado Kurt Striker estaba a la espera.
– Pásamelo -se oyó un pitido-. ¿Striker?
– Sí. Escucha, me dijiste que te avisara si descubría algo sobre el accidente de tu hermana.
Todos los músculos de su espalda se contrajeron.
– Lo recuerdo.
– Bueno, pues he estado husmeando por ahí.
– ¿Y?
– Me temo que en el accidente hubo otro vehículo implicado, un Ford rojo. O la echó de la carretera a propósito o le dio en el guardabarros, le hizo perder el control y el conductor se asustó tanto que no se preocupó en parar. Lo mínimo que podría ser sería un accidente con fuga y lo peor, un intento de homicidio.
A Thorne le dio un vuelco el corazón y un ojo comenzó a temblarle.
– ¿Estás seguro?
– Sí -dijo Striker con una voz tan fuerte como el acero-. Apostaría mi vida por ello sin ningún problema.
Trece
– Supongo que cuando te llamas McCafferty no puedes librarte de la prensa -Maureen Oliverio puso el periódico sobre la mesa y se sentó en una silla de la cafetería donde Nicole estaba terminándose su almuerzo.
– No me digas que están volviendo a hablar de Randi.
– No sólo de Randi, sino de toda la familia -Maureen abrió un sobre de leche en polvo y se lo echó en el café-. Página tres.
Nicole apartó a un lado su tazón de sopa y abrió el periódico. El corazón casi se le detuvo. Sí, había un artículo sobre los McCafferty y el accidente de Randi, pero el texto además trataba a fondo la figura de John Randall McCafferty, que había sido un hombre muy influyente en Grand Hope y alrededores. Además había un artículo sobre sus hijos. Había fotos viejas de los hermanos McCafferty jugando al fútbol, una foto de Slade después de su accidente de esquí, una de Matt montando en un rodeo y otra, tomada el día anterior si la fecha era correcta, de Thorne en una fiesta benéfica en Denver. Enganchada a su brazo había una impresionante mujer que brillaba con su vestido de diseño y sus diamantes.
El mundo de Nicole dio un vuelco. La garganta se le cerró e intentó negar lo que era obvio. Después, mordiéndose los labios y tras encontrar un poquito de autoestima, le echó un vistazo al artículo antes de alzar la vista y ver la preocupación en la mirada de Maureen.
– No sé qué me ha pasado para comprar esto -dijo la jefa del equipo de urgencias-, pero pensé que te gustaría verlo.
– Sí, gracias -no hubo palabras, Maureen no la haría sentirse avergonzada al decirle lo obvio: que Thorne estaba saliendo con otras mujeres mientras se veía con ella y que Nicole no tenía que excusarlo ni defenderlo. La amistad que unía a las dos mujeres era demasiado profunda para esa clase de falso orgullo. Eran más que colegas, eran amigas. Pertenecían a una hermandad secreta de madres solteras.
– Puedes quedártelo.