Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Lola no estaba en el ejército. No estaba acostumbrada a recibir órdenes. Pero confiaba en Max e iba a poner su vida y la de Baby en sus manos.
– Muy bien, Max.
Max se llevó las manos a las caderas y la miró de arriba abajo.
– Vas a llamar la atención más que un faro en la oscuridad.
– ¿Qué hago?
– Ahora me encargo de eso. Pero primero tenemos que repasar el P.O.
– ¿P.O.?
– El plan de operaciones -le explicó Max-. Cuando estemos a bordo de la lancha, me colocaré en la parte trasera y, cuando te lo diga, quiero que enciendas los motores.
– ¿Yo?
– ¿Has conducido alguna vez una lancha?
– No, pero una vez conduje una moto.
Max se pasó la mano por la barba.
– Es más sencillo que conducir una moto. Sólo tienes que girar la llave y empujar el acelerador manual hacia delante.
– ¿Tengo que meter alguna marcha?
– No te preocupes por eso. Está lista para arrancar.
– Vale, girar la llave y empujar el acelerador -repitió Lola con el estómago encogido-. Si en lugar de eso, tiro del acelerador, ¿iremos hacia atrás?
– Sí, y ni se te ocurra hacerlo.
El estómago de Lola se encogió todavía más. Podría hacerlo. Seguro.
– ¿Algo más?
– Sí, mantén la cabeza agachada. -Max se ajustó el rifle a la espalda-. ¿Lista?
No del todo.
– Sí, Max.
– Pues vamos allá.
Lola, de pronto, se sintió mal. Había llegado el momento de la verdad. O escapaban de la isla o morirían. Siguió a Max hasta el lago y esperó mientras él sumergía la bolsa y su bolso de Louis Vuitton en el agua. Todas sus posesiones desaparecieron dentro de esa laguna. Lola sujetó con fuerza a Baby mientras bajaban la colina en dirección a la playa. Tal como había prometido, seguía a Max. Metió la mano en el bolsillo trasero de los tejanos de él, como había pensado hacer esa mañana, y ninguno de ellos hizo el menor ruido.
Se arrodillaron al lado del arroyo que esa mañana habían atravesado en su trayecto hacia la cima de la colina. Max le dio la gorra de béisbol y, mientras Lola se recogía el pelo debajo de ella, Max hundió los dedos en el barro y se la esparció por el rostro y los brazos. Luego le tocó a ella, y Lola cerró los ojos mientras él le untaba las mejillas con el barro sucio, frío y húmedo.
– Piensa que se trata de una mascarilla -le susurró Max.
Lola abrió los ojos y lo miró.
– Ese barro está limpio -replicó.
Max arqueó una ceja y le dirigió una sonrisa. Su rostro estaba tan cerca del de ella, que al sonreír, la rozó con la mejilla.
– ¿Barro limpio? Eso sí que es una novedad.
La música de mariachis dejó de oírse y Max se giró para observar la playa. Las voces apagadas de tres hombres se oyeron por encima del sonido de las olas; sus juramentos no sonaban tan estridentes como antes. Max agarró un puñado de barro y, con toques rápidos, le embadurnó las piernas y los brazos a Lola. Baby intentó saltar de sus brazos, pero ella lo aferró con más fuerza. Luego, Max se levantó y ella lo siguió a través de los árboles y los arbustos. Lola estaba asombrada del sigilo con que Max se movía pese a su corpulencia. Avanzaban por las sombras más oscuras, y Max a veces se fundía tanto con ellas que Lola tenía que agarrarse a la camisa para no perderlo. A veces, ella alargaba la mano y tocaba la espalda de Max sólo para asegurarse de que aún estaba allí, cálido y vivo. Y cada vez que lo hacía, Lola se sentía un poco más fuerte.
Max la condujo a una parte de la playa que se encontraba alejada de los hombres borrachos y, juntos, se internaron en el océano. Las olas pasaban entre sus pantorrillas y luego entre sus rodillas y muslos, limpiándole el barro que ya empezaba a provocarle picores. Lola caminó hasta que sólo los hombros le sobresalían del agua y, a partir de ese momento, ella y Baby empezaron a chapotear contra la corriente con poco éxito.
La tercera vez que Max volvió atrás a buscarla, le agarró la mano por debajo del agua y se la colocó sobre el cañón del rifle. Lola sujetó a Baby con la otra mano y, sin medir palabra, Max los arrastró. Lola intentaba ayudar impulsándose con los pies, procurando no hacer ruido, pero tenía la sensación de que Max no necesitaba su ayuda.
El agua salada se le metía en los ojos y en la boca. Perdió uno de los zapatos y tenía los músculos de las piernas y de los brazos agotados. Parecía que llevasen una hora nadando cuando, por fin, llegaron a la lancha. Max cortó la cuerda del ancla, cogió a Baby de los brazos de Lola y la depositó dentro de la lancha. Con una mano se sujetó a la embarcación y con la otra empujó a Lola por el trasero hacia arriba. Lola se tumbó en el suelo de la lancha como un pez exánime y se quedó mirando al cielo nocturno. Estaba tan cansada y tenía tanto miedo que no podía respirar con normalidad. Max tiró el rifle dentro de la barca y le dio con él en el hombro. Luego lancha se meció con fuerza cuando Max subió a bordo y cayó encima de Lola, sacándole todo el aire de los pulmones. Inmediatamente, Max la liberó de su peso y se puso a cuatro patas.
– Recuerda -murmuró-: cuando te haga una señal, gira la llave y empuja el acelerador.
Una señal. ¿Qué señal? Lola tenía la garganta tan seca que no podía decir nada. Sólo fue capaz de asentir con la cabeza.
– Lola -Max levantó la visera de la gorra que Lola llevaba-, ¿estas hiperventilando otra vez?
Lola se tapó la boca con una mano y asintió. Dios mío, hiperventilar justo ahora. Allí, dentro de una lancha que pertenecía a unos traficantes de drogas, mientras éstos se emborrachaban y se lo pasaban en grande practicando el tiro al blanco contra cualquier cosa con sus metralletas. Lola tenía que girar la llave y apretar el acelerador. ¡Ése no era un buen momento para desmayarse! Un pequeño chillido de angustia salió de sus labios.
– Vamos, cariño -murmuró Max mientras le frotaba los brazos-. Relájate. Puedes hacerlo. Sólo relájate. Respira despacio por la nariz.
Lola se concentró en el perfil oscuro del rostro que tenía delante, en la tranquilidad de la voz de Max y el olor del agua de mar en su piel. Notó que Baby reposaba la cabeza encima de su pantorrilla. Lola se esforzó al máximo por controlar el miedo.
– ¿Te sientes mejor?
Lola aspiró profundamente y llevó una mano al pecho de Max.
– ¿Qué señal? -consiguió preguntar, luchando por mostrar una tranquilidad que no sentía.
– Levantaré la mano y, cuando quiera que gires la llave y empujes acelerador, cerraré el puño.
– Vale, Max.
– Ésta es mi chica. Recuerda, hagas la que hagas, mantén la cabeza agachada.
Max le dio un beso rápido y gateó hasta la parte trasera de la lancha.
Mantener la cabeza agachada. Girar la llave. Empujar el acelerador. Podía hacerlo. Lola se tumbó sobre el estómago y se arrastró por entre dos barriles de plástico y una especie de cajón. Se deslizó al lado de un asiento alargado, hasta el timón. Con el tacto, localizó el timón, la llave y el acelerador.
Levantó la cabeza un poco para mirar por encima del asiento y al enarcar las cejas sintió la frente cubierta por el barro. La negra silueta de Max, dibujada al fondo acababa de apoyar el cañón del fusil contra uno de los motores. Más allá, la hoguera de la playa despedía una luz de color naranja. Los tres hombres estaban de pie alrededor del fuego, y las metralletas estaban en la lancha hinchable a una distancia de unos treinta metros de ellos. El sonido de sus voces y risas ebrias le erizaban el vello de la nuca. Lola sentía el aire nocturno como un manto pesado y húmedo sobre su piel. Uno de los tres hombres se separó de los otros y se dirigió hacia el cuarto, que estaba inconsciente encima de la silla. Le propinó una patada en el pie y luego tiró de la cuerda, sacando su extremo de debajo de la silla. El hombre miró a sus pies y, despacio, se agachó para recogerla. Se quedó contemplándola como si no diese crédito a la que veía. O, mejor dicho, lo que no veía.