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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Gabriella hablaba con firmeza y dignidad, y la madre Gregoria la quiso por ello. La palidez de su tez le daba el aspecto de un ángel.

– No volverá a verle -repitió el padre O’Brian y Gabriella le miró imperturbable. Entonces le llegó el golpe de gracia, el único que jamás hubiera esperado y con una crueldad que estuvo a punto de destruir su fe para siempre-. Se quitó la vida ayer noche. Le dejó esta carta.

El padre Dimeola la agitó acusadoramente mientras la habitación daba vueltas en torno a Gabriella.

– Él… yo…

Gabriella había oído las palabras, pero no acababa de comprenderlas. Todavía no. Imploró con la mirad que le dijeran que era mentira. Pero no lo era.

– No podía vivir con lo que había hecho… no se vio capaz de dejar la Iglesia ni de hacer frente a las exigencias de usted. Prefirió quitarse la vida a hacer lo que usted quería. Se ahorcó en su habitación de San Esteban, un pecado por el que arderá eternamente en el infierno. Prefirió morir antes que abandonar a Dios, a quien amaba más que a usted, hermana Bernadette… y vivirá con ese peso en la conciencia el resto de su vida.

Gabriella miró al padre O’Brian fijamente. Permaneció muy quieta y erguida durante un rato, contemplando a sus interlocutores con unos ojos que se negaban a creer lo que acababan de decirle, y luego, con un sonido seco, s ele fue la vida por completo y cayó al suelo. En ese instante sólo supo que Joe la había abandonado, que la había dejado sola como los demás.

Y antes de poder hablar desapreció en los brazos misericordiosos de la oscuridad. Y al verla caer, repararon por primera vez en el charco de sangre que se extendía rápidamente en torno a su cuerpo.

13.-

Gabriella era consciente de un aullido agudo en la distancia, de un sonido interminable que le recordaba a los gritos agonizantes de su espíritu. Intentó hablar, pero no pudo. Intentó abrir los ojos, pero no lo consiguió. Todo era confuso y gris, y de tanto en tanto se hundía en una completa oscuridad. Ignoraba dónde estaba, y no comprendía que el aullido era la sirena de la ambulancia que la trasladaba al hospital.

Finalmente oyó un voz, más no alcanzaba a discernir lo que decía. Alguien se empeñaba en pronunciar su nombre para devolverla a una vida que ya no quería. Gabriella sólo deseaba adentrarse en la oscuridad y el silencio, pero las voces no la dejaban.

– ¡Gabriella…! ¡Gabriella, abre los ojos! ¡Gabriella!

Le gritaban y arañaban, y alguien le estaba desgarrando el corazón. Ahora empezaba a notar el dolor. Sentía como un dragón en su interior que la laceraba de arriba abajo. Gabriella no quería despertar, no podía soportar el dolor, y sabía que algo terrible había ocurrido. Finalmente abrió los ojos, perrunos focos la cegaban y abrasaban sin compasión, como el dolor. Le estaban haciendo algo pero ignoraba qué. Sólo sabía que el dolor era insoportable y que apenas podía respirar. De repente sintió una terrible punzada y recordó por qué estaba allí: su madre le había dado una paliza y había matado a Meredith, su muñeca. Y casi la mata a ella, y su padre estaba cerca, mirando…

– ¡Gabriella!

Las voces volvían a gritar su nombre. Parecían enfadadas, pero Gabriella no alcanzaba a ver sus caras, sólo percibía luz y oscuridad. Y mientras se esforzaba por comprender sus palabras, otro dolor espantoso le desgarró el cuerpo. Intentó desesperadamente liberarse de él, pero sus fuertes garras se resistían a soltarla. De pronto, con una claridad diáfana, dejó de ver a su padre y vio a Joe, que le sonreía. Le tenía una mano y le decía algo que Gabriella no podía oír porque su voz se ahogaba entre las demás voces. Y cuando le preguntó dónde estaban, él se echó a reír.

– No puedo oírte, Joe… -decía Gabriella una y otra vez.

Entonces Joe empezó a alejarse de ella y le pidió a gritos que la esperara, pero sus pies se negaban a avanzar. El cuerpo le pesaba enormemente. Joe se detuvo para esperarla, pero luego sacudió la cabeza y desapareció. En ese momento Gabriella se liberó de su pesadez y corrió hacia él. Joe, no obstante, caminaba demasiado deprisa. Gabriella no podía darle alcance y la gente la seguía ahora con indignación. Todavía gritaban su nombre y esta vez, cuando les miró, comprendió por qué no podía llegar hasta Joe. La habían atado. Tenía las piernas en alto y el cuerpo sujeto con correas y todo a su alrededor brillaba con una intensidad insoportable.

– Tengo que ir… -gritó débilmente-. Me está esperando… me necesita… -Joe se volvió y agitó una mano y parecía tan feliz que Gabriella se asustó. Pero las personas que la rodeaban estaban muy enfadadas y le estaban haciendo algo terrible. La estaban vaciando por dentro, desgarrándole el alma-. ¡No! -gritó una y otra vez-. ¡No! -pero nadie le hacía caso.

– Tranquilízate, Gabriella, todo va bien.

Había mujeres y hombres. Empuñaban cuchillos y se los clavaban y se dio cuenta de que no tenían rostro.

– La presión sanguínea vuelve a bajar -dijo una voz.

Gabriella ignoraba a quién se referían, pero le traía sin cuidado.

– Maldita sea -dijo otra voz-. ¿No puede frenarla?

Parecía enfadada, como las demás. Era evidente que Gabriella había hecho algo horrible y todos lo sabían. Chillando de dolor, cerró los ojos y oyo a lo lejos el mismo aullido que al principio, y esta vez comprendió que era una sirena. Se había producido un accidente y alguien estaba herido, y en la oscuridad que volvió a engullirla oyó los gritos de una mujer. Luego entró más gente, estaban por todas partes, pero no podía ayudarles. El cuerpo le pesaba demasiado. Intentó mover las manos para apartar los demonios del dolor que se batían en su interior, pero seguían atadas y ahora ya no dudaba de que iban a matarla.

– Mierda… -dijo una voz-. Pásame dos unidades más.

Le habían estado bombeando sangre en vano y ahora todos estaban convencidos de que se les iba. Era imposible salvarla. La tensión arterial era prácticamente nula, y cuando el corazón empezó a contraerse comprendieron que la habían perdido.

Hubo un largo silencio y Gabriella se serenó. Por fin la habían dejado en paz y el demonio que tenia dentro se había calmado. En ese momento Joe surgió lentamente de las sombras, pero ya no parecía contento. Le dijo algo y esta vez Gabriella sí lo entendió. Por fin tenía los brazos libres y le tendió una mano, pero Joe no la aceptó.

– No quiero que me acompañes -dijo. Ya no estaba enfadado ni triste, sino muy tranquilo.

– Tengo que hacerlo, Joe. Te necesito.

Gabriella echó a andar hacia él, pero Joe se detuvo.

– Tú eres fuerte, Gabriella.

– No, no lo soy… No volveré sin ti.

Joe negó con la cabeza y se esfumó. En ese momento Gabriella sintió un dolor descomunal que la arrastró como una marea brava. Y entonces comprendió que se ahogaba, como Jimmy. Luchó para que el remolino se la llevara con él, pero cuando buscó a Jimmy no lo encontró. Le había abandonado, como Joe. Se había quedado sola en las feroces aguas. De repente, una fuerza sobrenatural tiró de ella hacia la superficie. Gabriella llegó arriba jadeando, llorando y gritando.

– La hemos recuperado…

Volvía a oír las voces y sentía como si muchas manos tiraran de ella por todas partes. Podía notar cada una de sus costillas rotas al respirar, tenía los ojos doloridos y los brazos nuevamente atados, y el lugar donde antes estaban los demonios ardía ahora con un calor blanco.

– ¡No, no, basta! -quiso gritarles, pero no podía.

Sabía que le estaban arrancando algo. Sabía que estaban intentando separarla de Joe. La angustia era insoportable, y se preguntó si era su madre la que le había hecho esto.

– Gabriella… Gabriella -le decían ahora con más suavidad, pero ella sólo alcanzaba a llorar.

No había forma de escapar del dolor que le habían causado. Las voces seguían pronunciando su nombre y notó que alguien le acariciaba el pelo con mano amable. Tenía la vista todavía borrosa y las luces la cegaban, pero alguien había empezado a sacare el demonio de dentro.

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