Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
Había quizá una docena, y bajaban trotando desde el norte, por la pendiente de la montaña. Se desviaron bruscamente al verle y se aproximaron con rapidez. Sus gritos eran como los de los perros al ladrar.
El jefe era grande y flaco, llevaba la barba y el cabello amarillo en trenzas gemelas, y el rostro pintado de rayas rojas y azules. Por encima de él se elevaba un tocado de plumas y cueros de buey. Llevaba los hombros cubiertos por un manto de pieles de tejón y le colgaba de la cintura una raída falda. Pero en la mano llevaba un hacha de guerra fabricada en acero.
Los otros eran parecidos. Brillaban entre ellos las hachas, espadas y lanzas. Uno llevaba el casco inclinado y oxidado de algún caballero asesinado, y resultaba horrible ver esa cosa sin rostro encima de su cuerpo desnudo. Otro de ellos soplaba al correr un silbato de madera; las notas se asemejaban a voces lobunas.
—¡Atrás! —exclamó Carahue—. ¡Tenemos que escapar!
—No podemos —gruñó Holger—. Los hombres pueden bajar más rápido que los caballos. Y tenemos que llegar pronto a St. Grimmin.
Una jabalina se clavó unos metros delante de él.
—¡Alianora, elévate! —gritó.
—No —respondió ella. Con una mano apretó la suya.
—Podrías luchar mejor así —añadió Carahue. Holger deseó que su cerebro funcionara con esa rapidez. La chica asintió, de una patada se levantó del estribo y se transformó. El cisne se elevó con un estruendoso aletear.
El grupo guerrero se detuvo y se escuchó un grito. Varios se cubrieron los ojos.
—¡Allah akbar! —explotó Carahue—. Se aterran por la magia. Santos piadosos, quise decir.
El cisne bajó hacia los salvajes. El jefe le lanzó el hacha, cogió un arco que llevaba uno de los hombres y tiró una flecha. El cisne se desvió justo a tiempo. El jefe gritó a sus hombres unos toscos ruidos que el viento llevó débilmente hasta su presa. Se puso a dar patadas a los que habían caído al suelo hasta que se pusieron de pie.
La boca de Hugi se endureció tras la barba blanca al decir:
—Ese ha debido estar en el aquelarre. Ha visto brujerías peores que ésta. Está estimulando a los otros para que se lancen contra nosotros.
—Pero los hombres no tienen los nervios muy templados —dijo Carahue, ligeramente, como si estuviera sentado en un banquete. Cogió su arco corto, de doble curva—. Si pudiéramos hacer uno o dos trucos más… —añadió guiñando un ojo a Holger.
El danés pensó frenéticamente en juegos de salón, en pedirle al jefe caníbal que tomara una carta, cualquier carta… ¡un momento!
—Hugi —dijo con voz entrecortada—. Enciéndeme fuego.
—¿Cómo decís?
—¡Fuego! ¡Déjate de pregunta! ¡Rápido!
Mientras Holger rellenaba la pipa, el enano sacó pedernal y acero de la bolsa del cinto. Los dedos de Holger temblaban. Cuando hubo encendido la pipa, los montañeses estaban terriblemente cerca. Pudo ver la cicatriz en una mejilla, el hueso de una nariz; escuchó cómo los pies descalzos golpeaban el suelo, casi podía oír el aliento de los montañeses. Inspiró con furia para llenar la boca de humo.
Y espiró.
Los salvajes se detuvieron. Holger fumó hasta que los ojos le picaban y la nariz empezaba a gotear. Gracias al cielo, en ese preciso momento no había viento. Guió a Papillon con las rodillas, elevó su manto por detrás de la cabeza con ambas manos, de manera que proporcionara un telón de fondo al humo. Lentamente, cabalgó hacia los guerreros. Estos se habían quedado inmovilizados. Holger los vio temblar. Tenían las mandíbulas abiertas y los ojos desorbitados. Holger aleteó con los brazos.
—¡Buu! —gritó.
Un minuto más tarde ya no se veía a los paganos. La pendiente estaba alfombrada con las armas que habían dejado caer. Sus gritos se escuchaban desde el barranco al que se habían arrojado. Sólo el jefe mantenía su sitio. Holger sacó la espada. El jefe gruñó y echó también a correr. Carahue le disparó una flecha, pero falló.
Alianora aterrizó, se convirtió en mujer y se arrojó sobre el danés, abrazándose a su pierna.
—Ay, Holger, Holger —decía con voz sofocada. Carahue dejó caer el arco y se agarró los costados, pues el eco ya empezaba a resonar con su risa.
—¡Un genio! —decía dando alaridos—. ¡Un verdadero genio! Rupert, os amo por esto.
Holger sonrió con escasa firmeza. Simplemente había aprovechado otro extracto de la literatura, el Connecticut Yankee, pero no había motivos para hablar de ello. Bastaba con que hubiera funcionado.
—Pongámonos en marcha —dijo—. A lo mejor su jefe consigue instilarles un poco de valor.
Alianora subió de un salto a la silla. Tenía las mejillas enrojecidas y parecía más feliz de lo que lo había sido durante algún tiempo. Con malhumor, Hugi comentó:
—Sí, los tipos se fueron rápidamente. Pero siempre se ha dicho que son buenos luchadores. ¿Por qué iban a asustarse de una pequeña brujería? Porque últimamente han visto tantas magias, y tan horribles, que sus nervios están a punto de romperse. Eso es todo. No habrá sido la última vez que los veamos.
Holger no tenía más remedio que estar de acuerdo con aquello. Dudaba que aquel grupo le hubiera interceptado por coincidencia. Morgan tenía que haberlo ordenado, incluso a través del temible paso, desde el momento en que supo que Rusel no había sido capaz de guardar a su prisionero. Y tampoco abandonaría por causa de este fracaso. Carahue se acercó a él con su montura.
—Creo haber oído que la hermosa dama os llamaba por un nombre que yo desconozco —comentó.
—N-n-o —dijo tartamudeando, y con el rostro enrojecido—. Debéis haber oído mal.
Carahue enarcó las cejas, pues era demasiado cortés para llamarla mentirosa. Ella acercó el caballo al suyo hasta que sus rodillas se tocaron.
—Es un viaje fatigoso —murmuró Alianora—. ¿Por qué no nos alegráis el camino con algún nuevo relato de vuestras hazañas? Habéis realizado tantos hechos audaces, y los relatáis tan bien.
—Bueno, ahora… ¡Ejem! —contestó Carahue sonriendo, retorciéndose el bigote y lanzándose a un recital. La joven escuchaba con los ojos bien abiertos las más horribles hazañas, aunque suavemente descritas, que Holger había oído en su vida. Llegó un momento en que las respetuosas exclamaciones de la joven le resultaban demasiado duras al danés. Tiró con fuerza de las riendas de Papillon y empezó a cabalgar a un lado, apartado. El placer de su victoria había desaparecido.
21
La noche les sorprendió en el paso. Resultó ser una hendidura ascendente a través de la peña, cubierta por rocas fragmentadas, por donde había fallado la montaña. Al día siguiente necesitarían horas para ascender hasta la meseta. Después, dijo Alianora, no eran demasiados los kilómetros que les separaban de su objetivo, y el recorrido se haría sencillo.
Tan sencillo como el descenso a los infiernos, pensó Holger con un estremecimiento. El ingeniero agnóstico que había en él pensaba que hasta ese momento el camino se había parecido bastante al proverbial sendero que conduce al cielo. Pero el mundo del ingeniero parecía infinitamente lejano, tanto en el tiempo como en el espacio, un sueño que había tenido una vez, y que desaparecía de su memoria, tal como les sucedía a todos los sueños.
Bajo los precipicios encontraron un prado, si es que merecía ese nombre ese trozo de suelo no totalmente desértico, y establecieron el campamento. En el centro se erguía un alto monolito. Pudo haber sido un menhir pagano, de los tiempos anteriores a que el troll que Hugi había olido llegase a vivir a alguna cueva cercana, alejando a los seres humanos. Se hizo la oscuridad. El viento se había reanudado y se fortalecía cada hora. Las llamas anaranjadas se alargaban por encima del suelo; las chispas saltaban como meteoros y con la misma rapidez desaparecían. Por encima tenían una negrura en la que la luna gibosa se veía en raros destellos, corriendo entre las monstruosas formas de las nubes. La noche estaba llena de silbidos y crujidos.