Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
Lo primero que vio Holger fueron los huesos. Rusel debía haber pasado muchas horas disponiendo las piezas de los esqueletos en formas artísticas. Los cráneos metidos en ese enrejado tenían joyas en las cuencas oculares. Por todas partes había tazas, platos, ornamentos fruto de saqueos llevados a cabo por paganos en tierras civilizadas o productos no muy habilidosos realizados por sus propios herreros. En una esquina había un montón desordenado de objetos diversos que debió ser considerado valioso por los hombres de las tribus (si no es que simplemente se deshacían de sus objetos inútiles arrojándoselos al demonio): libros de algún monasterio arruinado por el agua, una esfera de cristal, un diente de dragón, una estatuilla rota, una muñeca de trapo infantil empapada en agua ante cuya visión a Holger le picaron un poco los ojos, y basura menos identificable tras larga inmersión. El hada escarbó en el montón con ambos brazos.
—Así que también te dan seres humanos —dijo Holger muy suavemente.
—Un joven y una doncella todos los años. En realidad no me sirven. No soy una troll ni una caníbal a la que le guste esa carne, pero ellos deben pensarlo así. Y los sacrificados llevan los más hermosos vestidos.
Rusel le miró por encima del hombro, y su mirada era tan inocente como la de un gato. No tenía alma.
Con una fuerza que no parecía pudiera tener bajo su piel blanca, sacó la piedra de afilar. El marco de madera parecía podrido, y los ajustes de bronce estaban corroídos; pero la rueda seguía respondiendo a la manivela.
—¿No son bonitas mis chucherías? —preguntó ella, haciendo un movimiento con la mano que recorrió toda la sala—. Elegid lo que deseéis. Cualquier cosa, mi señor, yo misma incluida. A pesar de los huesos, Holger se obligó a decir.
—Ocupémonos primero de la daga. ¿Puedes hacer girar la rueda?
—Tan rápido como gustéis. Dejadme probar.
La mirada de ella sugería que él podría hacer cualquier cosa. Plantó los pies en la arena y comenzó a dar vueltas a la manivela hasta que Holger sintió que se producía un vórtice en el agua. El zumbido que produjo entró en sus oídos con mayor volumen que si se estuviera emitiendo en el aire, lo mismo que el gemido que produjo el cuchillo al aplicarse a la rueda.
Los lucios se acercaron más, y sus severas cabezas apuntaban hacia el caballero.
—Más rápido, si puedes.
—¡Sí!
El metal gemía. El marco vibraba; de los cerrojos brotaban copos verdes. ¡Por Cristo, que esto aguante lo suficiente!
Los lucios todavía se acercaron más. Mientras él tuviera un arma Rusel no pensaba darle oportunidades. Sus cachorros podrían devorarlo en tres minutos. Holger reunió el valor que le quedaba y fijó su atención en la daga. No sabía si su plan funcionaría. Pero incluso allí, bajo el lago, la hoja debía estar calentándose, y pudo ver la fina nube de polvo metálico que se iba espesando alrededor de su borde.
—¿Está ya? —preguntó Rusel jadeante. Sus cabellos se habían pegado a los hombros, los pechos y el vientre. Los ojos color ámbar le miraban ardientemente.
—Todavía no. ¡Más rápido! —apoyó todo su cuerpo contra el cuchillo.
El destello casi le cegó. El magnesio ardió en el agua. Rusel gritó. Holger cubrió su rostro con una mano y apuntó con el cuchillo a los peces. Uno de ellos se lanzó hacia su pantorrilla. El se liberó de una patada, se abrió camino entre las cortinas verdes y ascendió.
El hada daba vueltas más allá del brillo blanco azulado, más allá del alcance de los ojos confusos de Holger. Ella gritó a sus lucios. Uno se acercó. Holger ondeó la antorcha y escapó. O bien los peces no podían soportar las ondas ultravioletas o, lo que es más probable, la influencia que tenía Rusel sobre ellos desaparecía con la distancia, como toda magia, y Rusel no podía acercarse a Holger lo suficiente para lanzar sobre él a sus lobos acuáticos.
Holger movía rápidamente las piernas, y daba zarpazos con la mano libre. ¿No llegaría nunca a la superficie? Como a través de años luz, oyó que el tono del hada se volvía suave:
—Olger, Olger, ¿vas a dejarme? Irás a tu condenación en una tierra estéril. Olger, regresa. Sabes los placeres que podrías tener…
Con toda la fuerza de su voluntad, Holger seguía nadando. En ese momento estalló la rabia de ella.
—¡Entonces muere!
De pronto Holger inhaló el agua. El hechizo se había roto. Se ahogaba. Sus pulmones parecían encenderse. Casi dejó caer su antorcha de magnesio. Vio que Rusel se acercaba rodeada por la nube de lucios. La obligó a retroceder con la luz cruel, cerró la boca y nadó. Hacia arriba, hacia arriba, con la oscuridad reventándole el cerebro, la fuerza huyendo de sus músculos, pero hacia arriba.
Llegó a la superficie, tosió, escupió y llenó su pecho de aire. Una media luna llenaba el lago de una luz discontinua. Sostuvo la antorcha por abajo mientras se acercaba a la orilla gris. Se terminó en el momento en que llegaba a los juncos. Corrió tierra adentro para separarse del agua antes de desvanecerse.
El frío golpeaba sus ropas húmedas y las traspasaba. Se quedó allí tendido, castañeteando, esperando a tener energía suficiente para buscar el campamento. Pero no se sentía victorioso. Había ganado este combate, pero habría otros. Y… y… maldición, ¿por qué había tenido que escapar tan pronto?
20
Finalmente, chapoteando, regresó al campamento. La piedra se elevaba del suelo como si fuera una nave negra en la noche, y las nubes teñidas por la luna que el viento movía por detrás daban la ilusión de que el barco iba ligero de peso. ¿A través de qué mares?, se preguntaba Holger. La hoguera había ardido y se había convertido en ascuas, una luz que tenía el color de la sangre coagulada. Cuando arrastrándose consiguió llegar arriba, vio los caballos unidos en una masa sombría que podría parecer un camarote en mitad de la nave. Carahue estaba de pie en la proa, mirando hacia el norte. El viento, que sonaba como si pasara a través de túnicas invisibles, hacía aletear su manto, que producía crujidos. La luz de la luna brilló sobre su sable sacado de la vaina.
Una forma pequeña y furiosa cogió a Holger por la cintura y trató de moverle.
—Señor, ¿dónde ha estado? —gritó Hugi—. Hemos estado muertos de miedo por vos. Ni una palabra ni huella más allá de la orilla del lago, hasta que retornáis empapado y apestando a lugares perversos. ¿Qué ha sucedido?
Carahue se dio la vuelta a medias, de manera que Holger captó el brillo de un ojo bajo el casco terminado en punta. Pero el sarraceno tenía puesta su atención muy lejos. Holger miró en esa dirección. Las montañas cortaban la vista de aquel valle; sin embargo, pensó haber visto algo rojo que se movía, como si en alguna parte ardiera un gran fuego. El miedo le sobrecogió.
—¿Dónde está Alianora? —preguntó de pronto.
—Se ha ido a buscaros, sir Rupert —contestó Carahue. Su tono era uniforme—. Cuando no pudimos seguirla, asumió el disfraz de cisne para mirar desde arriba. Ya habían encendido aquella hoguera de allí, y temo que se dirigiera hacia ella. En la tierra en que estamos, la reunión que se haga a su alrededor no puede ser buena.
—¿Y no la detuvisteis? —la rabia le quitó el frío a Holger. Con las piernas rígidas caminó hacia el moro—. Por los huesos de Dios…
—Os ruego que me aliviéis de esa carga, amable caballero —contestó Carahue con su voz más suave—. ¿Cómo iba a detenerla cuando nada más informarnos de su intención estaba en el aire, antes de que pudiera cogerla? —suspiró—. No es fácil detener a esa dama.
—Está perdida —gruñó Hugi—. Pero decidnos ahora dónde fuisteis… uh… Rupert —y como Holger vacilara, el enano dio una patada en el suelo y añadió—. Sí, bien sé que de alguna manera el enemigo os ha vuelto a engañar. Querríamos oír cómo fue esta vez, ya que sabemos qué hemos de esperar.