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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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El hada tomó su mano y le besó la herida. Se cerró, como si nunca hubiera existido.

—No, debéis quedaros, sir Holger —le dijo suavemente—. Me decepcionaría terriblemente que fuerais tan descortés como para iros. —Más terrible será para mí quedarme —consiguió decir.

Se echó a reír y le tomó del brazo.

—Muy pronto la reina Morgana os llamará. Entretanto, venid, consideraos un prisionero de guerra capturado honorablemente. Y yo trataré de aliviaros la estancia.

—Pero mis amigos…

—No temáis, querido. Ellos no son una amenaza para el gran propósito. Puede permitirse que regresen sin daño —y añadió con un tono malicioso—: Desde la distancia, después de que el sol que me es fatal se hundiera, vi ciertas actitudes en vuestro campamento. Me parece que la doncella—cisne pronto se consolará de vuestra pérdida. Si no es esta misma noche, con seguridad sucederá en una semana.

Holger apretó los puños. Se sentía estrangulado. Ese indigno sarraceno…

Pero Alianora estaba demasiado ocupada de sí misma para preocuparse de los halagos de Carahue. ¡Su pequeño cerebro de ave!

Rusel puso una mano sobre el cuello de Holger. Sus labios estaban cerca de los del caballero. Este pudo ver cómo se hinchaban.

—De acuerdo —dijo—. Al menos vayamos a tu casa.

—¡Qué alegría me dais, galante señor! Veréis qué golosinas os han preparado. Y qué placeres, que los zafios habitantes de la superficie no pueden soñar que se encuentren en estas profundidades, donde el peso no estorba la libertad del cuerpo.

Holger podía imaginarlo bien. Ya que había sido apresado, ¿por qué no disfrutar de ello?

—Vayamos —repitió.

Rusel movió las pestañas.

—¿No os quitaréis primero ese feo vestido?

Holger miró sus prendas empapadas y después la miró a ella. Llevó las manos al cinturón.

Pero en lugar de eso cogió la daga del duque Alfric. Un re— cuerdo destelló en él. Por un momento se quedó rígido. Después agitó la cabeza, violentamente, y dijo:

—Más tarde, en la casa. Quizá las necesite de nuevo.

—No, Morgana os vestirá con seda y armiño. Pero no anticipemos mi pena cuando os tengáis que ir. ¡Vamos!

El hada partió primero. Holger la siguió, y, en comparación con ella, parecía que se moviera como un vapor de ruedas. Ella se dio la vuelta y se echó a reír nadando en círculos a su alrededor. A veces, se lanzaba a tocar la boca de Holger con la suya, pero se liberta antes de que él pudiera cogerla.

—Pronto, pronto —prometía. El lucio nadaba detrás. Sus ojos eran como linternas oscuras detrás de las mandíbulas.

La casa de Rusel no era el palacio de coral que él casi esperaba. Aquí los muros o tejados eran inútiles. Un anillo de piedras cubiertas de hierbas que se elevaban por la corriente ocultaban la vista, formando unas cortinas verdes y marrones que se agitaban, cambiaban y ondulaban. Los peces entraban y salían, pequeños pececillos que huían al acercarse el hada y truchas de escamas iridiscentes que con la boca le acariciaban los dedos. Al pasar a través de las hierbas, Holger sintió sobre su piel el tacto frío y viscoso.

Más allá particiones del mismo tipo indicaban una serie de grandes habitaciones. Rusel le condujo a la cámara del festín. Había allí sillas frágiles y fantasmales hechas con espinas de pez, alrededor de una mesa de piedra incrustada de conchas y nácar y sobre la que habían puesto unos platos de oro cubiertos.

—Observad, mi señor. Incluso tengo para vos vinos raros, con la ayuda de la reina Morgana —dijo, entregándole un recipiente esférico con un tubo taponado, que no se diferenciaba mucho de una bombilla sudamericana—. Tenéis que beber por aquí, para que el agua del lago no estropee sus contenidos. Pero bebed, para que nos conozcamos mejor.

Ella bebió del suyo. El vino era de una viña noble, lleno y fuerte. Ella se acercó a él, sus ventanas de la nariz se dilataron, sus labios le invitaban.

—Bienvenido — repetía—. ¿Queréis cenar ahora? O primero…

Puedo permitirme pasar aquí una noche, pensó. Notaba los latidos en las sienes. Claro que puedo. Incluso tengo que hacerlo, para desarmar sus sospechas antes de que intente escapar.

—Por el momento no tengo mucho hambre —dijo.

Ella emitió un ronroneo y comenzó a desatar su justillo. El empezó a juguetear de nuevo con su cinturón. Al quitárselo, ella vio la vaina vacía y la que estaba llena a un lado.

—No puede ser acero —exclamó—. Abría sentido la proximidad del hierro frío. Ah, ya veo.

Acercó la hoja para examinarla más atentamente.

—La Daga Ardiente —leyó—. Extraño nombre. Un trabajo de Faerie, ¿no?

—Así es, se lo gané al duque Alfric cuando lo vencí en batalla —se jactó Holger.

—No me sorprende, noble señor —dijo ella, apoyando la cabeza en el pecho de Holger—. Ningún otro hombre podía haberlo hecho, pero vos no sois otro hombre —su atención volvió a la daga—. Nunca antes he visto ese metal. Todo lo que tengo aquí abajo es de oro y de plata. No dejo de decirles a los sacerdotes bárbaros que quiero bronce, pero son tan estúpidos, incluso cuando se encuentran conscientes, por no hablar cuando están en trance profético, que nunca se les ocurre que el demonio del lago podría utilizar algo con un buen borde cortante. Tengo algunos cuchillos de pedernal de los tiempos antiguos, cuando se me ofrecieron, pero ahora ya están desgastados.

Holger quiso sujetarla, pero ella se curvó y comenzó a flotar a su lado. Necesitó de toda su voluntad para decir, con esa casualidad que estaba convencido que calaría en ella:

—Pues entonces, guarda esta hoja como recuerdo mío. —Encontraré muchas maneras de agradecéroslo, brillante señor —prometió. Iba a continuar quitándole a él las prendas, con dedos hábiles y juguetones, cuando él sacó la daga y comprobó el borde con su pulgar.

—Ahora está el filo embotado —dijo—. Déjame ir a la orilla y lo afilaré para ti.

—¡Oh, no! —la sonrisa de Rusel se volvió mueca de ave de rapiña. No estaba habituada a los seres humanos, por lo que su torpe acción podía engañarla, pero tampoco era estúpida—. Hablemos de cosas más agradables.

—Puedes sujetarme de los pies, atarme, o hacer cualquier otra cosa —dijo Holger—. Pero tengo que salir al aire para afilar este cuchillo. Este metal necesita el calor de un fuego.

Ella agitó la cabeza. Con una sonrisa humorística, él se relajó. Había sido un intento, y por el momento, teniendo a su lado a esa criatura ágil, no le preocupaba haber fracasado.

—Como desees —dijo, dejando el cuchillo y poniendo las manos en los costados de ella.

Quizá su falta de insistencia la engañó, o quizá, pensó Holger no sin una exasperada maldición interior, su destino tenía demasiado impulso para terminar allí, pero el caso es que ella dijo:

—Tengo una piedra de afilar entre mis sacrificios. ¿No servirá? Creo que estos dispositivos afilan una hoja.

—Mañana —contestó él, reprimiendo un estremecimiento.

Ella se liberó de su abrazo.

—Ahora, ahora —dijo Rusel. Sus ojos brillaban. El había observado también ese capricho lunático en las gentes de Faerie—. Venid, debéis ver mis tesoros —añadió, llevándole de la mano.

A desgana, Holger la siguió. El lucio se deslizaba por atrás. Su garganta estaba demasiado tensa para hablar, pero consiguió mantener una conversación:

—¿Decías que los bárbaros te hacen ofrendas?

—Así es —contestó con una risa burlona—. Cada primavera vienen hasta aquí para la veneración y echan al lago lo que piensan que me complacerá. A veces es así —apartó un muro vivo—. Los regalos los traigo aquí, a mi tesoro. Si no para otra cosa, las tonterías siempre sirven para una broma.

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