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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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El frío le envolvía, le comía por el interior y le hacía agitarse. Sus dedos eran torpes, y para ver el anzuelo tenía que entrecerrar los ojos. Y podría estar en Avalan en este mismo momento, pensó. O incluso, por los infiernos, en la Colina del Elfo, con Meriven. ¿Es que esa rústica muchacha—cisne no se da cuenta de lo que me está haciendo al pasear por ahí medio desnuda? Que Satán se lleve a todas las mujeres. Tienen un so— lo propósito en el mundo. Judas, yMeriven seguro que servía a ese propósito.

Su mano se deslizó. Se metió un anzuelo en el dedo. Se lo sacó con un juramento blasfemo, extrajo la daga de acero y apuñaló el leño, porque tenía que clavarla en algo.

La risa sonó como una catarata. Dio la vuelta a la cabeza y vio una forma blanca que se elevaba tras él. En un momento le habían puesto las muñecas en la espalda, un brazo le agarró por el cuello. Sintió que tiraban de él hacia atrás y hacia abajo. Y el lago se cerró por encima de él.

19

Sintiendo que se ahogaba, trató de dar patadas, pero ya se estaba desmayando. Su cerebro comenzó a girar hacia la noche. Cuando le soltaron, un extraño reflejo abrió su boca en un jadeo.

No se ahogó. Se sentó. Por un momento no pudo pensar quién era, o por qué estaba allí, ni dónde estaba. La conciencia retornó. Pero necesitó que pasaran varios minutos para ver las cosas, pues sus ojos no estaban acostumbrados a ellas.

Se sentó en la arena blanca que, formando graciosas ondulaciones, se extendía hasta donde se perdía la vista. Aquí y allá había piedras cubiertas de algas verdes brillantes, cuyos largos filamentos ondeaban hacia arriba. Una luminosidad llenaba el aire, semejante a la luz sin origen de Faerie, pero débilmente verdosa. Sólo que… no había aire. De su boca y nariz salían burbujas que se elevaban como si fueran pequeñas y pulidas lunas. Vio pasar un pez desde la palidez que tenía a su izquierda hasta las distancias sin perspectiva de la derecha. De un salto, se puso en pie, rebotó y se movió a la deriva con fantasmal lentitud. Le parecía que su cuerpo carecía de peso. Alrededor de cada movimiento el agua fluía sensualmente. —Bienvenido, sir Holger —le dijo una voz fría y dulce.

Se dio la vuelta y vio ante él a una mujer perezosamente colocada. Estaba desnuda y era blanca como el papel, aunque bajo la piel podía ver los delicados trazos verdes de las venas. Sobre los hombros le flotaba un cabello largo, fino y verde como las algas. Tenía un rostro ancho de nariz plana, ojos amarillos y boca gruesa y sensual. El cuello, torso, miembros y manos no eran por contraste demasiado humanos en su esbeltez. Salvo en las anguilas, Holger no había visto nunca una gracia de movimientos como la suya.

—¿Quién… quién… quién sois? —dijo sofocándose.

—Dejemos eso ahora —dijo ella riendo—. No eres un buho, sino un caballero de alto nacimiento. Bienvenido —añadió, acercándose más con una patada. Holger vio que sus pies eran palmeados y estaban llenos de dedos. Los labios y las uñas eran de color verde pálido, pero la visión no resultaba horrible. ¡Por el contrario! Holger tuvo que recordar que estaba en serios problemas.

—Perdona mi impetuosa invitación —dijo, formando unas burbujas brillantes en su boca. Algunas, como si fueran joyas, se pegaron a sus trenzas—. Necesitaba aprovechar el momento pasajero en el que no tuvieras hierro alguno y te encontraras en estado de ánimo e infeliz. Espero que no te haya hecho daño.

—¿Dónde diablos estoy? —explotó.

—Bajo el lago, en donde yo, su hada acuática, he habitado estos numerosos y solitarios siglos —lo tomó de las manos. Las de ella eran suaves y frías, pero bajo ellas subyacía una sensación de fuerza que le captó enseguida—. No temas. Mi hechizo impide que te ahogues.

Holger tomó su respiración. No parecía distinta de la habitual, salvo por una ligera pesadez en el pecho. Giró la lengua alrededor de la boca y arrojó saliva entre los dientes. Pensó, esforzándose por mantener la cordura, que de alguna manera las fuerzas llamadas mágicas debían extraer el oxígeno del agua para él, y formar con él una delgada capa protectora, quizá monomolecular, sobre su rostro. El resto de él se encontraba en contacto directo con el lago. Sus ropas colgaban empapadas. Sin embargo, se mantenía lo bastante caliente… ¿Pero de qué estoy hablado?¡Tengo que salir de aquí!

Trató de librarse de ella.

—¿Quién te ha incitado a esto? —preguntó Holger.

Ella extendió sus brazos por encima de la cabeza hasta que los cabellos verdosos se entrelazaron con la blancura de su cuerpo, se arqueó hacia atrás y se colocó sobre las puntas de los dedos.

—Nadie —respondió sonriendo—. No puedes imaginar lo fatigosa que es la existencia solitaria e inmortal. Cuando un guerrero joven y hermoso, con bucles como el sol y ojos como el cielo, acierta a pasar por aquí, lo amo al instante.

A Holger empezaron a arderle las mejillas. La parte distanciada de sí mismo reflexionaba que ella, por pertenecer al Mundo Medio, era inmune a la visión que le había disfrazado, haciendo que no pareciera el mismo. Pero aun así… ¿cómo conocía ella su nombre?

—¡Morgana le Fay! —consiguió decir hacia el exterior.

—¿Qué importa? —su capa caía a lo largo de todo el cuerpo—. Ven, mi casa está cercana. Te aguarda una fiesta. Después… —se calló. Bajó los párpados.

—Esto no es accidente —insistió—. Esperaba que Morgana nos encontrara. Cuando pasamos junto a este lago, ella lo dispuso todo. No creo que ni mis propias acciones fueran libres.

—Oh, no temas eso. Ningún mortal de buen carácter puede ser conmovido por el encantamiento a menos que él mismo lo desee.

—Bueno, sé cómo era mi carácter en aquel momento y sospecho que, aunque no me forzaran, me impulsaron a tener la actitud mental adecuada. Muy bien. ¡Desaparece! —exclamó Holger, trazando el signo de la cruz.

El hada del agua mostró su somnolienta sonrisa. Sacudió la cabeza, moviéndola lentamente hacia atrás y adelante mientras su pelo suelto se agitaba onduladamente.

—No, demasiado tarde. Ya que estás aquí, y que tus propios deseos te han traído, no puedes escapar tan fácilmente. Su majestad de Avalon me ordenó que acechara junto a la orilla y aprovechara mi oportunidad. Tengo que mantenerte aquí hasta que ella envíe a buscarte, lo que sucederá después de la guerra que casi ha empezado —en ese momento empezó a ascender hasta ponerse horizontalmente delante del rostro de Holger. Sus delgados dedos, fuertes como alambres, se extendieron para acariciarle el cabello—. Pero también esto es verdad, lo contenta que me ha puesto a mí, Rusel, buscarte, y todo lo que me esforzará para hacer gozosa tu estancia.

Holger se apartó y movió y pisó con fuerza la arena. Se lanzó hacia arriba. Sus miembros encontraban la resistencia del agua y nadó hacia la superficie invisible. El hada del agua se deslizaba a su lado, sin esfuerzo, sonriendo. No se oponía a él, sino que le atraía.

Aparecieron ante su vista unas formas delgadas. Unas mandíbulas chasquearon ante la nariz de Holger. Miró a los ojos en blanco y el pico delgado y dentado del lucio más grande que había visto nunca. Se acercaron otros, una docena, un centenar. Uno de ellos le desgarró la mano. Sintió una punzada de dolor. Su sangre salió como humo rojo. Se detuvo. El lucio daba vueltas por todos los lados. Rusel hizo otro gesto. Se fueron, pero lentamente, permaneciendo al borde del campo de visión.

Holger volvió a descender hasta la arena. Necesitaba unos minutos para recuperar el aliento y controlar los latidos de su corazón.

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